El colesterol elevado tiene una característica que lo hace especialmente peligroso: no genera ningún síntoma perceptible. Una persona puede sentirse completamente sana mientras la arteriosclerosis avanza en silencio durante años.
Javier García Fernández, miembro del Grupo de Trabajo de Lípidos y Riesgo Cardiovascular de la SEEN, explica que en España aproximadamente la mitad de los adultos tiene el colesterol elevado. De ellos, casi la mitad no lo sabe.
Según el especialista, solo uno de cada cuatro pacientes con riesgo cardiovascular alto o muy alto mantiene su colesterol LDL dentro de los objetivos que marcan las guías médicas. Corregir esta situación exige revisar el tratamiento en cada consulta, no conformarse con un control parcial.
La única manera fiable de conocer los niveles reales de colesterol es a través de un análisis de sangre. El dato que realmente importa es el LDL, conocido popularmente como «colesterol malo», responsable directo de que la grasa se deposite en las paredes de las arterias.
Según el experto, tanto los estudios genéticos como los epidemiológicos y los ensayos clínicos coinciden en un mismo punto. El LDL provoca arteriosclerosis, y reducirlo disminuye el riesgo de infarto e ictus de forma proporcional.
García Fernández insiste en que lo relevante no es una cifra puntual, sino la exposición acumulada a lo largo del tiempo. Describe el proceso como silencioso y sumativo, comparándolo con el efecto progresivo del tabaco sobre el organismo.
El problema surge cuando finalmente aparece algún síntoma, ya sea un dolor en el pecho, un infarto o un ictus. Para entonces, la arteriosclerosis lleva ya décadas desarrollándose sin que el paciente lo supiera.
Las guías europeas de prevención cardiovascular recomiendan medir el perfil lipídico a partir de los 40 años en los hombres. En el caso de las mujeres, la referencia se sitúa en los 50 años o tras la menopausia.
El especialista defiende que cualquier adulto debería haberse hecho al menos un perfil lipídico completo en algún momento de su vida. Recomienda adelantar esa edad en personas con diabetes, hipertensión, obesidad, enfermedad renal o tabaquismo.
También aconseja revisarlo antes si existen antecedentes familiares de infarto o ictus precoz, antes de los 55 años en hombres y de los 65 en mujeres. En mujeres con menopausia precoz, preeclampsia o diabetes gestacional, la revisión también está justificada.
La decisión de iniciar medicación no depende únicamente de la cifra de colesterol, sino del riesgo cardiovascular global de cada paciente. Una misma cifra puede ser aceptable en una persona joven y sin otros factores de riesgo, pero preocupante en alguien con diabetes o antecedentes de infarto.
La alimentación y el ejercicio siguen siendo la base del tratamiento en todos los casos. Sin embargo, el especialista advierte de que una dieta equilibrada reduce el LDL en torno a un 15% como máximo.
Cuando el objetivo terapéutico exige una reducción mayor, prolongar únicamente la intervención dietética solo retrasa el inicio de un tratamiento necesario.
El fallo más frecuente entre pacientes con colesterol alto es abandonar el tratamiento en cuanto la analítica mejora. El colesterol vuelve a subir en pocas semanas, porque el fármaco controla la hipercolesterolemia, pero no la cura.
Otro motivo habitual de abandono es el miedo a los efectos secundarios de las estatinas. Según el especialista, en ensayos clínicos diseñados para estudiar esta cuestión, hasta el 90% de los síntomas atribuidos al fármaco aparecían igualmente en pacientes que tomaban un placebo.
Eso no significa que las molestias no sean reales, sino que en muchos casos no las provoca la medicación. El especialista recuerda que existen otras alternativas terapéuticas, orales e incluso inyectables, pero insiste en que ningún tratamiento debe suspenderse sin consultarlo antes con el médico.