Han pasado más de dos décadas desde uno de los errores judiciales más impactantes en España, pero las consecuencias siguen muy presentes en la vida de Dolores Vázquez. En recientes declaraciones, ha asegurado que, a día de hoy, no ha recibido ninguna compensación económica por el daño sufrido tras ser condenada injustamente por el caso Wanninkhof. Una afirmación que vuelve a abrir el debate sobre la reparación a víctimas de fallos judiciales.
Su testimonio llega en un momento significativo, durante un acto de reconocimiento en el marco del Día Internacional de la Visibilidad Lésbica. Allí, Vázquez no solo habló del pasado, sino también del proceso personal que ha vivido a lo largo de los años. Aunque reconoce que el tiempo le ha permitido sanar en parte, las heridas emocionales siguen siendo profundas.
El caso Wanninkhof marcó un antes y un después en su vida. La presión mediática fue intensa, hasta el punto de que ella misma ha descrito cómo se sentía expuesta, vigilada y sin capacidad para escapar de una situación que le generaba miedo y ansiedad constantes. Durante años, su día a día quedó paralizado, afectando incluso a aspectos básicos de su vida cotidiana.
Más allá de la falta de indemnización, el impacto de lo vivido ha sido emocional, social y personal. Vázquez ha relatado cómo, tras salir de prisión, tuvo que enfrentarse a una realidad marcada por la desconfianza, el rechazo y la dificultad para reconstruir su vida. Sin trabajo estable ni una pensión, su situación sigue siendo frágil.
El apoyo de su familia fue clave en ese proceso. Sus hermanas, como ella misma ha destacado, estuvieron a su lado en los momentos más duros. También ha sido fundamental la ayuda psicológica, que le permitió gestionar la rabia y el dolor acumulados durante años.
Con el tiempo, ha logrado dar un paso importante: el perdón. No como un gesto hacia los demás, sino como una forma de liberarse emocionalmente. Según explica, mantenerse enfadada la alejaba de sí misma y le impedía avanzar. Este proceso no ha sido fácil ni rápido, pero ha sido necesario para recuperar su identidad y su estabilidad.
A pesar de ese avance personal, Vázquez insiste en que aún queda un camino por recorrer. Más allá del perdón individual, reclama un reconocimiento más amplio por parte de las instituciones y la sociedad. Considera que su caso no puede quedar en el olvido y que es necesario asumir responsabilidades.
El hecho de no haber recibido una indemnización refuerza esa sensación de falta de justicia completa. Para ella, no se trata solo de una cuestión económica, sino de un gesto que simbolice el reconocimiento del daño causado.
El caso también deja una reflexión importante sobre el papel de los medios y la presión social en procesos judiciales. La exposición mediática, en su caso, contribuyó a crear una imagen pública difícil de revertir, incluso después de demostrarse su inocencia.
Hoy, Dolores Vázquez mira al futuro con una mezcla de serenidad y reivindicación. Ha conseguido reconstruirse en parte, pero sigue esperando que su historia tenga un cierre más justo. Porque, como ella misma sugiere, la verdadera reparación no solo pasa por el tiempo, sino también por el reconocimiento y la responsabilidad colectiva.