Jocosamente y sin que nadie pueda ofenderse, un profesor en la universidad propuso a la clase esta advertencia: “Hay tres cosas absolutamente inútiles: lavarle la cabeza a un burro, confesar a monjas. Y predicar a curas”. Yo, humildemente añadiría una cuarta: Pretender un diálogo con los fanáticos. La comprobada experiencia sobre el particular nos señala que el fanático dice que va a dialogar, pero lo que pretende es que el opinante contrario claudique. De lo contrario, siguen en sus trece, como el Papa Luna, aunque Benedicto XIII, sin ser fanático, tenía argumentos reivindicativos que no se tuvieron en cuenta.
La buena voluntad que asiste a la Iglesia promoviendo encuentros más intensos de diálogo con otras religiones, es prácticamente un ensayo de caridad sin consecuencias. Siglos llevamos así sin que se hayan trasladado las posiciones. Los independentistas de cualquier País o credo son una especie de ayatolás que mantienen en los turbantes sus fijezas inamovibles, por eso nunca se los quitan.
El fanatismo es una tiranía y acabar por la fuerza con ella puede que sea un despropósito. Pero qué hacemos… Entre dos males, el menor.