En ejercicio de la libertad de cátedra, explico una de tantas hipótesis de cómo se distorsiona la realidad para ser introducirla a juicio.
«¡Oh, vosotros que entráis, abandonad toda esperanza! El Octavo Círculo del Infierno abre sus fosas para los fraudulentos, donde aquellos que falsificaron la verdad con pluma y palabra son sumergidos en el tormento eterno de su propia mentira.» (Paráfrasis del Octavo Círculo del Infierno, Dante Alighieri).
La oficina de investigaciones está en penumbra, saturada por el olor a café rancio y el miedo que emana de las paredes. Cinco hombres y una mujer se rodean en un círculo de desprecio mutuo. Sobre el escritorio de metal, el expediente del ciudadano inocente reposa como una sentencia de muerte fabricada en serie.
Andrés (Detective): —Yo no voy a hundirme por ti, Mendoza. Esto ya cruzó la línea de lo que puedo callar. Acabo de revisar las actas que mandaste a Fiscalía y me quedé frío. ¡Es el colmo de la demencia y la impunidad! Ni siquiera te tomaste la molestia de pedirnos firmar. Tú mismo falsificaste las rúbricas de todos nosotros, una por una, imitando trazos para darnos una falsa autoría. ¡Todas las firmas las hiciste tú, malvado, creyéndote dueño de nuestras manos y de nuestras conciencias!
Elena (Detective): —Es que es un insulto a la inteligencia, Mendoza. ¡Todas se ven a simple vista con el mismo trazo y la misma profundidad! Cualquier tonto se daría cuenta de que son firmas hechas con el mismo bolígrafo y por la misma persona. Ni siquiera te esforzaste en disimular la presión del trazo. Es una evidencia física de tu desesperación por amarrarnos a tu delito.
Ricardo (Detective): —Pero lo más grave, Mendoza, es que ni siquiera cuidaste la cronología. ¿Acaso no te has dado cuenta de que las horas entre las actas, entre los hechos inventados y entre las experticias no concuerdan? ¡Le estás restando toda la trazabilidad a las pruebas! En una página la víctima está en la sede y en otra, a la misma hora, supuestamente está firmando un acta en el sitio del suceso. Es un desastre técnico que delata nuestra torpeza.
Mendoza (Inspector Jefe): —(Soltando una carcajada seca) Nadie se va a dar cuenta de eso, Ricardo. Nadie se va a enterar. Los jueces y fiscales solo leerán los títulos y confirmarán los hechos porque confían en nosotros. Lo condenarán y nadie hará nada por ellos, porque ¿a quién se le va a ocurrir que nosotros montamos este fraude procesal? A nosotros nos conocen por «serios y correctos» en la institución; nadie sabe nada de lo que realmente hacemos en estas cuatro paredes. Nuestra reputación es el escudo que permite que este Deus Ex Machina funcione.
Marcos (Detective): —Te equivocas. Esa soberbia nos va a matar. Además, lo hicimos tan mal que hasta la denunciante se sorprendió de las lesiones que le inventamos. La mujer víctima se enteró de manera sorpresiva en pleno juicio, cuando el fiscal la conducía en el interrogatorio favorable a la acusación. Se quedó pálida, tratando de entender de qué le hablaban, hasta que finalmente «cayó en cuenta» y le siguió la corriente al fiscal para no hundirse con nosotros. Esa mujer está involucrada hasta los tuétanos.
Elena (Detective): —Es que involucraste a todos, Mendoza. Los médicos forenses firmaron peritajes de lesiones que la supuesta víctima no conocía hasta que las escuchó en el juicio. No hubo respeto por los protocolos, no hubo cadena de custodia. Estamos ante una colusión criminal donde el Ministerio Público está alimentando a la sociedad con mentiras y falsedades, validando un fraude procesal que da asco.
Andrés: —¡No esta vez, Mendoza! No había elementos de interés criminalístico en el sitio. Lo sacamos de su casa a rastras, vulnerando su hogar, sin orden y sin motivo legal. Es un inocente. Lo pateaste salvajemente mientras estaba arrodillado y sin defensa, de manera cobarde. Y tú crees que falsificar nuestras firmas y alterar las horas de las actas te va a salvar de la responsabilidad penal.
Mendoza: —¡Cállense de una vez! El fiscal ya recibió su parte, ya tiene su comida asegurada para ignorar los vicios evidentes y la falta de trazabilidad. Ese hombre ya está preso, y se quedará allí porque la máquina ya decidió que es culpable para que nosotros sigamos libres.
El término Deus Ex Machina proviene del latín y significa «Dios surgido de la máquina». Esta expresión tiene su origen en el teatro griego antiguo, donde una grúa (la máquina) bajaba a un actor que interpretaba a una deidad para resolver un conflicto que parecía no tener salida. En la actualidad, este concepto se utiliza para describir un recurso narrativo en el que se introduce una solución externa, inesperada y artificial para resolver una situación desesperada.
Para que no existan interpretaciones equívocas, debemos entender que un Deus Ex Machina es, en esencia, una «salida fácil». Ocurre cuando los autores de un expediente introducen elementos que no tienen base en la realidad de los hechos para forzar una conclusión conveniente.
Lo que se revela en la confesión anterior es la ejecución de un Deus Ex Machina judicial. Este recurso es utilizado por los funcionarios cuando su propia torpeza los lleva a un callejón sin salida: la aprehensión de un hombre inocente bajo una flagrancia inexistente. Al percatarse de que han violado todos los derechos fundamentales y constitucionales, y ante el temor de enfrentar responsabilidad penal por su mala praxis, recurren a esta salida artificial.
Ese «Dios» que surge de la máquina son las pruebas sembradas, las firmas falsificadas con el mismo trazo burdo y los peritajes «cocinados». Para lograr este engaño, los perpetradores se escudan en el Efecto Halo: esa sesgada percepción cognitiva donde, debido a que los detectives son percibidos socialmente como figuras de autoridad, se asume ciegamente que su palabra es verdad. Los operadores de justicia, bajo este efecto, no cuestionan las incongruencias ni la falta de ilación, permitiendo que la arbitrariedad se disfrace de justicia y logre criminalizar con éxito a quien no ha cometido delito alguno.
«Más abajo, en el Noveno Círculo, donde el hielo de la traición nunca se funde, aguarda el silencio eterno para los que traicionaron la fe pública. Allí, donde la bota del verdugo se congela, no habrá vástago de ley que oculte la infamia de haber condenado a un justo.» (Paráfrasis del Noveno Círculo del Infierno, Dante Alighieri)
Nota editorial: El presente texto constituye una abstracción académica y un caso de estudio teórico enmarcado en el análisis de la fenomenología procesal. Los hechos y diálogos descritos se presentan como una hipótesis de trabajo bajo el ejercicio de la libertad de cátedra, con fines estrictamente pedagógicos y científicos.