Después de que se oculta el sol

1 de noviembre de 2026
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Cuando la noche acalla los teléfonos de la extorsión y los guardaespaldas se retiran a descansar en la antesala, el juez corrupto se queda a solas con su propia podredumbre moral

«El juez corrupto desarma su alma de la protección divina y, expuesto a la intemperie de los demonios, no tiene otro destino que la condenación eterna».

«La kriptonita contra un juez corrupto que se cree un súper juez o una súper jueza es el destino que tiene en el infierno por toda la afrenta a Dios y a las leyes de los hombres».

Introito

Esto es exclusivamente en contra del juez malo, del juez prevaricador que no lee, que no estudia, que no sabe, y que es corrupto y además despreciable. Este artículo no es para los buenos, ni para los honestos, ni para los que estudian, ni para los que son agradables ante los ojos de Dios.

Crónica

Durante el día, en los despachos donde la toga ha dejado de ser el manto de la justicia para convertirse en el estandarte de un mercadeo abyecto, los prevaricadores despliegan un desfile de vanidades tan grotesco como insostenible. Tratando al justiciable inocente —aquel que acude en busca de tutela— como escoria de cuarta categoría, y aplicando con rigor sádico los manuales de la tríada oscura de la personalidad, estos operadores de la iniquidad creen que su reino es perenne.

Saben perfectamente que delinquen, conocen el peso exacto de sus coimas y extorsiones, pero caminan anestesiados por una soberbia desafiante, ignorando olímpicamente el ardor del fuego eterno y las consecuencias de hipotecar su propia alma.

Tienen tanto pánico de sus propios actos, tan presente llevan el terror a ser linchados por la furia contenida de quienes han destrozado, que andan permanentemente sitiados por un séquito de guardaespaldas. No caminan un solo metro sin escoltas armados; hombres que los flanquean, que vigilan sus vehículos y que los acompañan hasta las puertas mismas del baño, aterrorizados de que la vida terrenal les cobre de golpe la factura de sus tropelías. Son tiranos de barricada, resguardados por una muralla artificial que paga el erario de la infamia.

Pero la maquinaria de la extorsión encuentra su combustible más perverso en el retardo procesal. La demora judicial no es simple negligencia ni saturación de expedientes; es una estrategia deliberada, un compás de espera cínico donde los togados hacen tiempo, estiran los plazos y congelan los derechos del ciudadano, esperando pacientemente a que la desesperación doblegue al justiciable y le ofrezcan dinero a cambio de una sentencia favorable. Se comercia con la justicia al mejor postor, convirtiendo el sagrado derecho a ser juzgado sin dilaciones en un mercado persa donde la libertad y el patrimonio se subastan al peso de las divisas.

Sin embargo, el poder temporal es efímero y la toga más temprano que tarde se desploma. ¿Qué ocurre cuando, por caprichos del destino o mutaciones políticas, estos operadores de justicia pierden el cargo? Cuando por cualquier circunstancia ya no son titulares ni provisorios de esos despachos donde tanta ostentación explotaron para perjuicio de quienes no pudieron o no quisieron pagar por una sentencia a su favor; cuando se desvanecen los oropeles del poder y se quedan sin el blindaje del tribunal, la intemperie terrenal se vuelve insoportable.

Olvidan, en su soberbia, lo que aquel esclavo le susurraba al oído al general romano que desfilaba embriagado de gloria bajo los arcos triunfales, recordándole su frágil condición humana para que pisara tierra y bajara la vanidad: «Memento mori, respice post te, hominem te memento» — Recuerda que morirás, mira detrás de ti, recuerda que eres un hombre.

Y que nadie intente tergiversar la advertencia confundiendo la justicia del espíritu con la vileza de las amenazas terrenales; aquí no hay acepción de matones ni coacciones de la calle, sino el rigor inexorable que el propio Dante Alighieri esculpió en los portales del abismo.

Recordarles el infierno a los prevaricadores no es desearles el mal, sino seña de que la divina justicia —tal como advertía el Alighieri al retratar a los barateros, a los defraudadores y a los corruptos sumergidos en la pez o brea hirviente de la Malebolgia— no hace tratos en los pasillos de los tribunales ni acepta sobornos en divisas, pues el lugar que cavaron para otros en la tierra será el fuego que devore sus propias almas por toda la eternidad.

En el fondo de esta tragedia institucional ocurre lo que el inolvidable Robin Williams, interpretando al doctor Patch Adams en la célebre pantalla, denunciaba con preclara lucidez ante la fría rigidez de los tribunales de la academia: lo verdaderamente alarmante no es solo el deterioro o la dolencia del sistema, «sino la peor de las enfermedades: la indiferencia».

Una indiferencia fría, cínica y calculada que deshumaniza al vulnerable, lo vuelve invisible y lo trata como tramo de descarte, olvidando que cuando el ser humano se aleja de la empatía más elemental, se llena de la más absoluta podredumbre espiritual. Verbigracia en el proceso penal, jueces supuestamente modernos que aún condenan a la ergástula a los inocentes sin hacer abstracción de los tipos de ergásulas en el proceso civil.

Aun así, la verdadera contabilidad de la conciencia no se liquida bajo los focos de la corte, sino después que se oculta el sol. Es aquí cuando al juez o la jueza encabritada se le sube el demonio encima y se desespera de puro pánico y terror. E incluso eso apenas son los tráilers, porque la película principal será cuando estén entrando al infierno y sepan que ya no hay regreso.

¡Tú crees que nadie te ve cuando cobras la coima producto de tu extorsión y el chantaje a que sometes a los justiciables para enriquecerte ilícitamente! Pero en lo secreto Dios te observa y te estás comprando toda la tiquetería para entrar en el infierno. Y esto es contigo, sabes que es contigo, quien, como fiel secretario, vives de la desgracia de otros y explotas su necesidad.

Cuando la noche acalla los teléfonos de la extorsión y los guardaespaldas se retiran a descansar en la antesala, el juez corrupto —incluso el ya depuesto, el que perdió el cargo y camina desnudo de influencias— se queda a solas con su propia podredumbre moral.

Es en esa penumbra donde se manifiesta con crudeza lo que los ignorantes confunden con mito: la parálisis del sueño. El íncubo —la materialización palpable de sus culpas, de sus sentencias vendidas y de sus años de perversión— se posa con un peso asfixiante sobre el pecho del togado indefenso, robándole el aliento antes de que pueda articular palabra.

Ahí es cuando descubren, con el terror congelado en la garganta, aquello de que no es lo mismo llamar al diablo que verlo venir. Lo han invocado cotidianamente durante años enteros con cada retardo procesal calculado, con cada coima cobrada, burlándose impunemente de la ley divina y terrenal. Y ahora lo contemplan de pie, al borde de su lecho, cobrando el anticipo de una condena sin apelación.

El contraste final es de una desolación absoluta: en la tierra gastaron fortunas para que un ejército de hombres armados les guardara las espaldas hasta en los rincones más íntimos por miedo a la justicia de los hombres; pero al momento de entrar al infierno, cuando el alma desciende sin retorno al abismo de su propia perduración, absolutamente nadie los va a acompañar.

«El juez corrupto nunca piensa en el daño que causa a su propia alma y a su descendencia, pero como en la tierra la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento, obrar en contra de la ley de Dios no lo libra del infierno».

Dr. Crisanto Gregorio León 
Profesor universitario

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