Cuando no se sabe si lo que vemos está boca arriba o boca abajo

8 de noviembre de 2026
2 minutos de lectura

Una reflexión sobre cómo nuestras creencias, experiencias y prejuicios pueden distorsionar la realidad y alejarnos de la verdad, la convivencia y la auténtica fe

No descubro nada si reflexiono en voz alta sobre los distintos modos de lo que se ve y lo que se vive. Los diferentes enfoques dependen de la cultura, de las propias experiencias, de los genes, de la educación recibida, de la familia… Todo eso,  movido en la coctelera de la inteligencia, produce en nosotros lo que unos llaman desvarío y otros cordura.

De ahí que convivir sea tan difícil pues, aunque haya datos objetivos y verdades incuestionables, cada uno lleva el agua al molino de sus propias turbaciones.

Cuenta Paloma Alarcó una  sabrosa anécdota surgida del encuentro en París de dos grandes Pablos y pintores: Pablo Picasso y Paul Klee. El suizo le mostraba uno de sus dibujos al malagueño y éste lo estaba mirando boca abajo. Paul Klee, con innegable sarcasmo, dijo a Picasso: “Es igual, puede darle la vuelta sin problema, como sabe, hoy todo está patas arriba”… “El gato” y “El castillo con sol” son para mí genialidades salidas del pintor universal que siempre tuvo pasaporte alemán.

Como todo está hoy patas arriba, en lo social, en lo comunitario, en el día a día de la convivencia, nos cuesta trabajo distinguir lo de arriba con lo de abajo ya que este mundo nuestro navega, como aquel, entre impresionismos, expresionismos y supremos egoísmos.

CON LA FE SUCEDE LO MISMO

Escribía José Hierro que él nunca podría morir porque había sentido una vez en sus manos temblar la alegría. Yo pido a Dios cada mañana que me conmueva una luz suficiente y una jovialidad sensata, capaces de alejarme de los apasionamientos y de los fanatismos que enturbian sin remedio la verdad y nos hacen confundir las arboledas con los desiertos o los arroyuelos con el Misisipi. Aunque, desde Alberti, se han perdido, o se van perdiendo, todas las arboledas, imprescindibles para que el aire puro nos consuele de tanta quemadura. Nunca moriremos si descubrimos que en el cuenco de las manos se esconden primaveras.

En el fondo sabemos apreciar, porque hay crisoles y parámetros, lo bueno de lo malo, lo azul de lo nervioso, el patín de la ambulancia, los lobos de los corderos… La cualificación de estas cosas, y de otras muchas, no tiene que ver con los puntos de vista, sino con la obcecación que no quiere dar su brazo a torcer. Yo recomiendo que os dejéis torcer el brazo porque, una vez torcido, el brazo ya no duele.

Con Jesucristo sucedió algo parecido a lo que sigue pasando en el libre desarrollo de la creencia. Suelo recordar que las cosas no son como a uno le parece, sino como son, independientemente de los subjetivos parecimientos.

Seguimos hoy pontificando que Cristo puede que sea Juan, que ha resucitado; o Elías o cualquier profeta… Cada uno quiere ver a Jesucristo según  le convenga y no el Dios encarnado que verdaderamente es. La diferenciación que hacemos con su Persona pone “de patas arriba” la decencia de la fe. “Lo que sabemos de Dios es precisamente lo que no es Dios”, afirmaba con suprema humildad el santo y sabio Juan de las Cruz. El Mesías-Maestro debió ponerse triste al comprobar que, después de tanto, tan pocos le conocían. Es lo que puede suceder con cualquiera de nosotros, que nos pasamos la vida en transparencias y al final sólo nos reconocen en las loas obligatorias del funeral.

Dejémonos de teologías caseras y precipitadas y que la Iglesia diga, que ella oriente, que interprete: “lo que atareis sobre la tierra quedará atado en el cielo”… Y obedezcamos, incluso en aquellas cosas con las que no coincidimos, aunque nos puedan parecer atrevimientos.

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