Él se llevó el peso del madero completo, pero cada uno de nosotros tiene su astilla. A lo largo de las generaciones se repite la pregunta de por qué Cristo salvó al mundo sufriendo muerte de Cruz pudiendo haberlo hecho de otro modo.
Los misterios no tienen respuesta, sin embargo, una aproximación puede hacernos descansar un poco manifestando que el dolor es una lección suprema de entrega y de conocimiento.
Cuando uno se entrega por amor hasta la muerte, nadie puede dudar de su grandeza. Porque la Cruz no nos ha salvado, sino el Amor que Cristo puso en ella. Dentro del signo que se ve palpita el corazón de Dios enamorado. La Cruz se toca, pero es inabarcable el manantial que nace de ella.
Y es conocimiento de las barreras humanas. La humildad, tan escasamente ejercitada, surge tras una enfermedad o un contratiempo recordándonos el ancho sufrimiento de la limitación. Llega un momento en que se viene abajo la grandeza que hemos conseguido: las astillas de la cruz son necesarias para que nunca nos presentemos como dioses que hubieran conquistado lo que sólo a Dios pertenece.
Pedro Villarejo