En esta segunda entrega sobre el arquetipo de María Elena la jueza psicópata, permitiremos que sea su propia voz —aquella que resuena en la intimidad de su despacho y en la frialdad de su conciencia— la que devele la arquitectura de su maldad. No estamos ante un arrebato de locura, sino ante la lucidez absoluta de quien ha decidido convertir el estrado en un instrumento de cacería personal, despojado de cualquier rastro de humanidad o empatía.
«Me siento plenamente satisfecha conmigo misma, pues gozo de las inconmensurables ventajas que me otorga mi particular forma de existir. Mi día a día es una filigrana de manipulaciones urdidas en la ausencia total de una conciencia que me limite o me fustigue. No experimento remordimiento, y esa carencia es, precisamente, el origen de mi inmenso poder sobre aquellos que aún están encadenados a la cursilería de la moral».
«Observo a los justiciables y a mis subalternos como piezas de un tablero que manejo a mi antojo. He aprendido a imitar sus gestos de preocupación, sus tonos de voz compasivos y su fingida indignación ante la injusticia, hasta que finalmente confían en mi investidura. Es en ese momento de vulnerabilidad cuando disfruto asfixiarlos con el mazo, sabiendo que su fe en el sistema es la venda que me permite operar con absoluta impunidad».
«Muchos me llaman ‘Su Señoría’, desconociendo que mi verdadera soberanía no emana de la Constitución, sino de mi capacidad para decidir quién conserva su libertad y quién la pierde por un simple capricho de mi pluma. Me divierte redactar sentencias condenatorias contra inocentes; hay un placer estético en construir una narrativa de culpabilidad sobre la nada, viendo cómo la lógica jurídica se dobla ante mi voluntad destructora».
«No soy una santa, soy una psicópata, y lo digo con el orgullo de quien ha superado las limitaciones de la especie humana. Mientras otros jueces se desvelan buscando la equidad, yo descanso plácidamente tras haber arruinado una reputación o haber destruido un hogar. El sufrimiento ajeno no me perturba; por el contrario, es el combustible que alimenta mi narcisismo y me confirma que estoy por encima del bien y del mal».
«Mi despacho no es una oficina administrativa, es mi laboratorio de experimentación social. Me deleito grabando conversaciones privadas, utilizando la tecnología para recolectar secretos que luego usaré para socavar el prestigio de quien ose cuestionar mi autoridad. La intimidación no es una herramienta para mí, es un estilo de vida que ejecuto con una sonrisa encantadora mientras preparo la siguiente ejecución civil».
«La toga que visto es el disfraz perfecto para mi perversión polimorfa. Bajo la seda negra no late un corazón comprometido con la justicia, sino un motor de pulsiones destructoras que encuentran en el proceso penal el escenario ideal para su despliegue. Cada expediente es un trofeo de caza, y cada audiencia es una puesta en escena donde yo soy la única directora, la única jueza y la única verdugo».
«Amo el riesgo y la transgresión de la norma. Me excita saber que puedo bordear la ilegalidad utilizando el mismo lenguaje de la ley para encubrir mis atropellos. La arquitectura de mis fallos es falaz, pero posee una apariencia de logicidad que engaña a los incautos. Soy una artista del dolo procesal, una arquitecta de la mentira judicial que disfruta viendo cómo la verdad fáctica sucumbe ante mi ‘verdad’ decretada».
«A diferencia de los criminales vulgares, yo no necesito armas de fuego para matar. Mis sentencias son disparos de precisión que aniquilan el futuro de los ciudadanos honestos. La muerte civil que impongo es mucho más limpia y duradera; es una agonía administrativa que disfruto observar desde la comodidad de mi silla giratoria, sabiendo que el sistema de justicia es el escudo que protege mi sadismo institucional».
«Me deifico cada vez que dicto una providencia que arremete contra mis enemigos o contra aquellos que simplemente no se arrodinan ante mi grandiosidad. La justicia es solo el nombre que le doy a mi sed de control absoluto. En mi cosmovisión, el tribunal es un altar donde sacrifico la honra ajena para alimentar mi ego, convirtiendo el derecho en una farsa necesaria para seguir operando desde la sombra del poder».
«Aquellos que abogan por evaluaciones psiquiátricas y pruebas de Hare me temen porque saben que mi máscara es perfecta. Puedo pasar años engañando a los consejos de la magistratura, ascendiendo peldaños mediante el fraude y la compra de voluntades, mientras mi esencia permanece inalterable. El conocimiento técnico que poseo es mi instrumento de tortura, aplicado con la frialdad de quien firma un oficio rutinario».
«He dicho en mis círculos íntimos que la justicia es una ilusión para los débiles. Para mí, el estrado es el lugar donde ejerzo mi derecho natural a la depredación. Soy el arquetipo de la jueza integrada, la que camina gigantesca sobre las ruinas de las vidas que ha destrozado, recordándole al mundo que, mientras yo tenga el mazo en la mano, la única ley que impera es la de mi propia psicopatía».
Canon: El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria diseñado bajo el arquetipo «María Elena», como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial, con el fin de ilustrar los vicios procesales desde una perspectiva académica y docente. Es imperativo que el público comprenda que, tras la apariencia de normalidad, coexisten perfiles de psicopatía subclínica cuya prevalencia estadística sugiere que al menos el 5% de la población posee esta estructura. Se advierte que, si bien el narcisismo es el género que los engloba, el psicópata representa la especie más letal; pues si bien todo psicópata es necesariamente narcisista, no todo narcisista alcanza la peligrosidad del psicópata. Ante esta realidad, surge la necesidad urgente de que todo aspirante a la magistratura, así como los jueces en ejercicio —especialmente aquellos envueltos en controversias que escapan a la normalidad procesal— sean sometidos a valoraciones psiquiátricas semestrales o anuales que incluyan el Test de Hare (PCL-R). Sin este monitoreo constante de salud mental, la sociedad queda expuesta a una justicia herida de muerte por la malevolencia de quienes deberían protegerla.
«Hay que ser un poco menos «juez» y un poco más «persona», porque cuando se pierde la humanidad, la ley se convierte en un crimen». Gabriel García Márquez
«El poder es como un pecado: si no se tiene conciencia de él, termina por devorar al que lo ostenta». Mario Vargas Llosa
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario