Como el ave Fénix, esa madre renace hoy de sus cenizas

28 de junio de 2026
5 minutos de lectura

Hoy renace Camelot a través de los sentimientos de esa madre que es, quien de verdad cuenta, esta triste historia.

La mano que manejaba esos escritos entonces fue quien apartó a Camelot del escaparate público de sus escritos. Todo por el inmenso dolor y pesar que destruyó su vida y sus ilusiones tras la pérdida de su querido hijo. Y también dejó sin voz a ese Camelot, que fue el bonito recreo infantil de su tesoro más preciado: su niño querido.

Por fin, hoy, ese dolor ha quedado bien guardado en el corazón de esa madre, hasta ese último día de su vida en el que su alma viaje fuera de su cuerpo al morir. Después, esa envoltura corporal que cobijó su alma con respeto y amor será incinerada y enterrada, pero su alma, por mandato divino, se reencontrará con la de ese hijo que se marchó de madrugada hace un año, sin hacer ruido, al romperse en mil pedazos su castigado corazón.

Y como el ave Fénix, Camelot le ha puesto de nuevo alas a esa madre para poder volar con sus escritos y continuar expresándose sin alteraciones, solo con sus expresiones, pensamientos, sentimientos y reflexiones que cada uno lleva gracias a su formación familiar, donde solo reinan el amor y el respeto.

Es una liberación poder verbalizar los sentimientos, esos que quedan encapsulados haciendo daño dentro de ti. Pero cuando lo más importante de tu vida se pierde al desaparecer tu único hijo, es hora de quitar ese lastre que amordaza y altera tu propio entendimiento. Camelot no es un comodín; es un hermoso recuerdo que hoy dejará de serlo y se hará visible de nuevo, con la intención de aproximar sus reflexiones —vivencias, pesares, penas y alegrías— para limpiar lo malo y hacer renacer todas las esperanzas que se perdieron en los caminos de nuestra vida.

En sus últimos meses de vida, ese hijo, en sus escritos por WhatsApp a su madre, desgarraba su alma y se explayaba con dolor, sincerándose con ella, haciéndole partícipe de todo lo que estaba viviendo desde hacía demasiado tiempo con ese calvario de incomprensión en el que vivía. Ella guarda esos mensajes como su mayor tesoro y los lee y relee; son demasiado dolorosos para una madre, aunque reconoce en ellos el sentimiento de los últimos días de su querido hijo.

Pasaba por una depresión que le hacía sentirse desvalorizado y anulado dentro de su propio hogar, aislado de los proyectos en familia por la alteración que sufría, apartado, sin ningún tipo de ilusión y muy cansado. Le producían inseguridad y miedo esos resultados médicos bajos en su recuperación y, con unas visitas de seguimiento demasiado espaciadas, parece ser que la praxis no estaba actuando apropiadamente.

Él, ante esa situación y sin apoyo, se fue despojando de todos sus valores; sin autoestima y sin reconocimiento alguno, se sumergió en un estado de dolor, tristeza y una amargura infinita, sintiendo una falta total de cariño. Se apartó de todos y se metió en su mundo al no recibir ninguna ayuda afectiva ni parabién; luchaba solo, hasta que se cansó de hacerlo poco a poco.

Esa mente tan brillante no podía soportar lo que le estaba pasando. Él lo sabía y se quedó sin voz; decía que nadie le escuchaba y se sentía carente de importancia entre los suyos, por lo que se quedaba en silencio durante horas. Necesitaba cariño y sentía la necesidad de salir y buscarlo al sentirse solo en su propia casa, sin la más mínima salida, sin vida, sin futuro y, lo peor, con temor a perder ese hogar por el que luchó y esa familia que creó. Pero los miedos le invadían y nadie a su lado los suavizaba. La incomprensión, la falta de afecto y el miedo al día siguiente le angustiaban y le torturaban; es muy común en una depresión sentir la soledad, y esa sensación empeora mucho la evolución de la enfermedad.

Fue una lucha constante consigo mismo de la que nadie informó a su madre por ese distanciamiento que crearon. Así que, aquella madrugada del mes de julio, hace un año, se marchó para siempre al serle arrebatada su vida al dejar de funcionar su dolorido y triste corazón. Veinte años de matrimonio, más o menos, una vida rota por esa maldita depresión y un entorno que no fue su mejor apoyo al irlo apartando de cualquier proyecto familiar, dejándolo a un lado, haciéndole sentir solo y con su autoestima destrozada.

Esa madre, ese día, murió mentalmente sin entender nada, y el dolor la invadió destrozando sus expectativas hacia su querido hijo, no siendo capaz de admitir su muerte durante un tiempo. Después de la catarsis sufrida, con la certeza de lo evidente, comenzó a vivir de nuevo, sabiendo conscientemente que ese adorado hijo ya no permanecía en este mundo. Ha pasado un año y ella recobra a Camelot, que regresa con muchas ganas de crear con sus reflexiones en voz alta, sus vivencias, sus historias y esos cuentos para quitar las tensiones que oscurecen nuestros sentidos.

Por eso, en el transcurso de un año de penas y pesares, luchando consigo misma y tras un largo camino de renovación, Camelot ha resurgido de nuevo, sin esas tinieblas que no le permitían ver el maravilloso paisaje de esta vida con luz propia. La justicia divina siempre ampara a los que sufren; Dios, sobre todo, es quien conoce bien el porqué y el cómo de todo lo que nos atormenta y nos hace sufrir. Así que la historia de su hijo ha resultado ser demasiado dolorosa, pero muy necesaria para tenerla presente y no olvidar nada de esa trayectoria que vivió hasta su final.

Esta es la verdadera historia de una mujer, madre sobre todo, a la que se le rompió el corazón una madrugada del mes de julio pasado al perder a su único hijo. Es una historia que enseña, estremece y hace ver que, ante cualquier cambio de conducta con aislamiento, es necesario ponerse en manos de psicólogos. Pero para eso está esa familia que convive a su lado y lo quiere, para detectarlo con comprensión y cariño, además de acompañarlo.

Esta madre, gracias a los sencillos y pequeños artículos y reflexiones en su periódico de cabecera, Fuentes Informadas, y gracias sobre todo a su director —que le tendió su mano dándole la oportunidad de resurgir de sus cenizas, como el ave Fénix, y le animó para que intentase renovarse y recobrar su paz interior—, ha logrado salir adelante.

Camelot, ese nombre que eligió como guía en recuerdo del hijo que se marchó a otro lugar —donde ella, con su fe, cree que se reencontró con todos los que lo conocieron y quisieron en su vida terrenal, y que hoy goza con la proximidad de Dios, que lo abrazó al ofrecerle la vida eterna—, es el nombre con el que quiere renovar sus nuevas historias, con esperanza y ganas de entretener, siempre con esa sencilla moraleja final.

Esta ha sido una historia demasiado triste, pero ha merecido la pena contarla, pues, a través de ella, esa madre ha sido capaz de seguir adelante. Saludemos a la vida con entusiasmo y seamos capaces de gestionar la nuestra basándola en el amor, el perdón y la esperanza; esa es la más importante, pues nos mantiene y no nos mata: la ilusión.

Historias, reflexiones, artículos… ¿qué más da? Solo son eso: los pequeños escritos de Camelot.

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