Entre ayatolás, mulás y demás expertos en libros sagrados, justicia social, democracia y misericordia, han ajusticiado en Irán a cinco muchachos, entre 19 y 20 años, porque tuvieron la desfachatez de levantarse contra los dirigentes religiosos de un País donde no se respetan las alternancias y se consideran las demás religiones como gestos de libertinaje.
Nada justifica la pena de muerte por aquello de que el ser humano no es una pasión inútil, sino una posibilidad transformadora. Cinco muchachos, rebeldes con la tiranía, han sido ahorcados por un clero fanático que no puede representar a ninguna divinidad con ese argumentario.
Si en Irán se protesta, se es homosexual o se quitan las chicas el velo, no queda otro remedio que, en plaza pública, martirizarlos… esta aberración no puede ser pasivamente contemplada por ninguna civilización que crea en la dignidad del ser humano. Si una ley universal prohíbe intervenir en estos atropellos personales, se da pábulo a que los dictadores puedan seguir con sus villanías sin el juicio de nadie.
¿Qué tendrá que ver Dios con estas barbaries?