Bares

3 de abril de 2024
1 minuto de lectura
Cafetería Calena.

Algunos sitios son lugares de encuentro. Son más de lo que aparentan y siempre importan. Así ocurre con los bares antiguos de barrio, tan adheridos a nuestra existencia que no es posible evocar nuestra adolescencia y juventud sin acordarnos de ellos. Eran el centro de reunión y de ahí se partía a cualquier otro sitio. Ningún tema lo merecía si no afloraba en una mesa repleta de cervezas. Ninguna opinión válida, ni a considerar, si se exponía fuera de ese ámbito.

Sus ocupantes creaban el lugar y este era intransferible, no podía traspasarse junto al negocio si esto se producía. En este caso sí importaba más el destino que el camino, y este era un mero trámite para llegar a aquel. Es más; el destino es la excusa perfecta para hacer el camino. Los bares se transformaban de esta forma en un bien colectivo, compartido, que no podía inventarse o recrearse, ya que era consustancial a todos los que formaban parte de él.

El bar, siempre abierto a todos y para todos. Se forjaban durante años pero dejaban de ser en un breve instante. Hoy están ya en vías de extinción, pero los pocos que quedan siguen siendo puntos de información y encuentro. Son el último bastión contra el olvido de otros tiempos. El único lugar que cuando te vas se te recuerda como realmente eras, y no como pretenden los que apenas te conocían.

Así ocurre con un local de este estilo llamado “Bar Calena” que lleva más de 30 años haciendo amigos en el barrio de Tetuán, muy cerca de los Edificios de los Juzgados, en la zona de Plaza de Castilla.

Carlos y Elena que lo regentan devuelven a los que allí diariamente acudimos un aire de familiaridad, que desgraciadamente se va perdiendo en el impenetrable mar de las franquicias. Alexandra es quién atiende a los invitados, que no son meros clientes. Cuando traspasas sus puertas, sabes que allí sí que importas. Que lo que digas tiene su importancia, que se tendrá en cuenta, y que junto a los clientes que habitualmente lo habitan formas parte de un algo impreso en la memoria.

Te sientes bien, sin prisas. Allí carece de importancia lo que pidas, que siempre será de lo mejor, sino quién te lo sirve. Por eso se acude a pasar el rato, sin hora para el regreso. Llegas y enseguida descubres que ese es tu sitio como hace muchos años también otros lo eran. Pensativo evocas a los ya ausentes, y lamentas que otros no tendrán la suerte de acudir a un lugar en el que podrán sentirse menos solos.

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