En las afueras de Guadix (Granada), junto al cementerio municipal de San José, todavía se escucha el sonido de las escobas barriendo el polvo de los caminos y del agua cayendo sobre las flores.
Allí, en una especie de ermita habitan los últimos monjes fossores de España, dos hombres con hábito que dedican sus días —y sus noches— a cuidar de los muertos y a consolar a los vivos.
Son los Hermanos Fossores de la Misericordia, una congregación religiosa fundada en 1953 por fray José María de Jesús Crucificado, cuya misión era sencilla y radical: enterrar a los muertos y consolar a los vivos.
Dos en Guadix y tres en Logroño, ‘los últimos mohicanos‘
Hoy, noviembre de 2026, solo quedan cinco fossores en toda España: dos en Guadix y tres en Logroño.
No hay novicios ni nuevas vocaciones. Son los últimos de una estirpe que desaparece en silencio, fiel a una tarea que el tiempo y la prisa del mundo han vuelto casi invisible.
En su rutina diaria no hay grandes gestos. Se levantan al amanecer, rezan frente a la cruz, limpian lápidas, retiran flores secas, acompañan entierros y, al caer la tarde, se sientan un momento entre los cipreses para orar por los olvidados.
Viven en una casa-cueva excavada en la roca, junto al camposanto. Sin televisión, sin lujos. Su jornada es silencio, tierra y oración.
“Aquí no enterramos cuerpos; cuidamos recuerdos”, dice el hermano Hermenegildo García Oliva, superior general de la congregación.
En tiempos donde la muerte se esconde y el duelo se acelera, ellos siguen ofreciendo algo tan simple como inusual: presencia y ternura.
El cementerio de Guadix, cuidado por los Fossores, está limpio, ordenado, lleno de flores y respeto. A diferencia, por ejemplo, del de San Fernando de Sevilla, que arrastra desde hace años denuncias por abandono: lápidas rotas, hierbas altas, zonas de fosas comunes degradadas…
Los Hermanos Fossores de la Misericordia llegaron a tener comunidades en media España: Burgos, Zaragoza, Valencia, Córdoba o Madrid.
Hoy solo quedan dos casas abiertas:
El cementerio de San José, en Guadix, no parece un lugar de muerte. Es un jardín ordenado, donde el blanco del mármol brilla bajo el sol andaluz.
Cada tumba tiene flores, cada cruz está limpia. No hay olvido, sino presencia.
“La muerte solo da miedo cuando se la deja sola”, comentó un fossor accitano en una reciente entrevista.
El sosiego de los cipreses que caminan hacia el camposanto de Guadix enseña que la muerte también puede ser un acto de amor, que cuidar de los muertos es una forma de cuidar de la vida y que hay santidad en lo pequeño, en lo que nadie ve, en lo que solo el corazón comprende.
Cuando ya no queden fossores, el eco de sus pasos seguirá resonando entre los cipreses de Guadix. Porque, como ellos han dicho entre las paredes del cementerio: “Aquí nadie muere del todo”.