¿Por qué los abogados son doctores?

2 de noviembre de 2026
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“Y aconteció que tres días después le hallaron [al niño Jesús] en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles”. — Lucas 2:46

¿Por qué los abogados son doctores? Porque el propio Jesucristo, el Creador del universo, así lo designó al llamarlos doctores de las leyes. Mucho antes de la aparición de las universidades, las maestrías o los títulos de Ph.D., el propio Dios interactuaba y dialogaba con los especialistas del derecho de su época bajo esta dignidad. Los Evangelios describen a estos profesionales como los custodios de la ciencia jurídica y la interpretación de las normas, confiriendo a la abogacía un respaldo histórico de origen divino que precede por siglos a cualquier estructura académica o burocracia universitaria moderna.

Esta primacía cronológica del derecho se consolidó en la Italia del siglo XII con la fundación de la Universidad de Bolonia. Es fundamental precisar que, en aquella época, los pergaminos oficiales que se entregaban a los estudiosos jamás llevaban la palabra «abogado»; el pergamino los investía estrictamente como Doctor Iuris (Doctor en Leyes) o Doctor Canonum (Doctor en Derecho Canónico). El estudioso no egresaba con el nombre de una función práctica, sino con dicha distinción doctoral grabada en su pergamino.

Las primeras universidades en el mundo otorgaban una titulación que expresaba «Doctor en Derecho» o «Doctor en Leyes», una terminología que antecedió por mucho tiempo a la palabra «abogado». Es un hecho irrefutable que los profesionales del derecho fueron los primeros doctores de la historia; de hecho, los profesionales de la salud —a quienes en la Edad Media se les llamaba «físicos»— adoptaron el término por imitación muchísimo tiempo después. 

Posteriormente, el rey Alfonso X «El Sabio» elevó esta tradición a rango legal en Las Siete Partidas, decretando que la ciencia del derecho era tan noble y vital para el reino que sus maestros merecían recibir los mismos honores, respeto y consideraciones que los caballeros de la alta nobleza de sangre.

Por lo tanto, el uso del término «doctor» para referirse a los profesionales del derecho es una de las tradiciones más solemnes, legítimas y vigentes de la cultura occidental. Este tratamiento no responde a una simple formalidad contemporánea, sino a un profundo reconocimiento milenario a la sabiduría, la interpretación de la justicia y la enseñanza del derecho, una herencia cultural que se extendió con orgullo por toda Hispanoamérica.

Para clarificar el panorama actual y erradicar el auto-sabotaje de algunos propios colegas, conviene hacer una distinción definitiva. Si reunimos en una mesa a un ingeniero, un arquitecto, un economista, un administrador y un farmacéutico, y alguno de ellos cursa un posgrado de tercer ciclo, estaremos ante un profesional con doctorado. En cambio, el abogado es Doctor por la naturaleza misma de su investidura.

Los demás profesionales necesitan un curso académico adicional para adquirir el adjetivo de «doctorado»; pero el abogado lleva el título de Doctor en el ADN histórico de su profesión, sellado y decretado nada más y nada menos que por el Rector de rectores, el propio Dios y Nuestro Señor Jesucristo, el Creador del universo.

Tan excelsa es la dignidad del doctor con la que el propio Dios distingue al abogado, que, con los años, para que pudieran llamarse doctores otros profesionales de diversas áreas del saber, se creó entonces el esquema del doctorado como grado académico. El abogado es un doctor por naturaleza e historia; y si además realiza un doctorado, es virtuosamente un doctor con un doctorado. Ha sido, precisamente, a propósito de la noble ciencia del derecho que nació la palabra doctor en el mundo civil.

Bajo esta perspectiva, resulta evidente que cualquier otra denominación que se le hubiese otorgado originalmente al abogado en lugar de «doctor» habría sido adoptada de igual manera por las universidades como la máxima distinción añorada por otras profesiones. La dignidad no proviene de la palabra, sino de la función e investidura del jurista; de modo que cualquier término asignado al defensor de las leyes se habría convertido en el título más codiciado por el resto de los egresados universitarios. Ser abogado constituye, en esencia, un respaldo y un diseño de origen divino.

Esta verdad conceptual se evidencia de manera irrebatible al observar la propia historia de la cristiandad. A colosos del pensamiento como San Agustín, San Jerónimo o Santo Tomás de Aquino se les otorgó el excelso título de «Doctores de la Iglesia» sin haber pisado jamás un aula de posgrado ni ostentar un diploma de tercer ciclo, figuras académicas inexistentes en sus épocas.

Fueron proclamados doctores única y exclusivamente por el significado puro y original del latín doctor, que define al maestro que posee e instruye con eminente sabiduría. Su investidura no dependió de la burocracia escolar, sino de su magisterio intelectual; el mismo magisterio y dignidad conceptual que cobija al profesional del derecho desde su origen divino y que ningún formalismo contemporáneo puede usurpar.

“Aconteció un día, que Él [Jesús] estaba enseñando, y estaban sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, de Judea y Jerusalén; y el poder del Señor estaba con Él…” — Lucas 5:17

Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario 

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