La mafia de las Marías: radiografía de la perversión judicial

30 de octubre de 2026
7 minutos de lectura

Tienen la osadía de hacerse creer muy correctas y muy santas, pero las manchas las delatan y todo el mundo lo sabe y todo el mundo lo ve

«La divina Madre no cesa de interceder por nosotros ante su Hijo, deseando colmarnos de gracias; mas la obstinación de los pechos empedernidos en la iniquidad rechaza el bálsamo de su misericordia para entregarse al imperio de las pasiones terrenales.» — San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María

¿Por qué tu alma no puede comportarse como la Santísima Virgen María? Porque el nombre de María debería hacerte más santa, no más demonia. ¿Acaso necesitas de un exorcismo? Y si eres varón, deberías comportarte más bien como el patriarca san José.

Introito

Tú te puedes llamar María, te puedes llamar Germán, te puedes llamar Lucía, o simplemente puedes llamarte Francisca o Josefina; también te puedes llamar Pedro, Jesús o Marco. Pero si tu praxis, tus silencios cómplices, tu membresía a las mafias y a los grupos estructurados de delincuencia organizada y tu conducta judicial se asimilan a lo que aquí se describe y narra, entonces no hay duda: tú perteneces por perversión propia a la mafia de las Marías.

A propósito del nombre María

En la geografía cultural de Occidente y en la cotidianidad latinoamericana, el nombre de María se alza de manera indiscutible como el apelativo femenino más extendido, universal y arraigado en la memoria colectiva de los pueblos, trascendiendo el ámbito estrictamente devocional para permear todas las esferas de la vida material y comercial. Esta ubicuidad nominal se refleja de forma palpable en un conjunto de productos y referencias de uso masivo que llevan su impronta.

En el sector alimentario y de consumo diario destacan la clásica galleta María —símbolo intergeneracional de la merienda—, el arroz María, las harinas de trigo y la galletería artesanal o bizcochos secos populares. A ello se une la ciencia gastronómica con el universal método del baño María, heredado de la alquimia, junto con la industria del menaje del hogar que comercializa teteras, ollas y sartenes bajo la denominación de Santa María o María.

La impronta del nombre abarca asimismo los más diversos renglones de la historia, la cultura y la industria. Se encuentra presente en la navegación universal con la nave capitana de Cristóbal Colón, la nao Santa María; en la expresión de la artesanía popular a través de las tradicionales muñecas de trapo conocidas como las Marías; y en el ámbito de los espirituosos con diversas etiquetas de ron, anís y licores tradicionales.

De igual modo, la nomenclatura alcanza las líneas de papelería escolar con lápices y cuadernos, la industria del tabaco y las marcas antiguas de cigarrillos, la botánica medicinal con la hierba de Santa María, e incluso las expresiones del argot popular, demostrando cómo el nombre más universal de mujer bautiza por igual los instrumentos, las tradiciones y los objetos más heterogéneos del quehacer humano.

Advertencia necesaria sobre el nombre de María

Es menester aclarar desde estas líneas que la mención del nombre de María a lo largo del presente análisis no alude en modo alguno al registro civil, al bautismo tradicional ni a la identidad biológica de persona alguna. Da igual que el sujeto en cuestión responda legalmente al nombre de Daniel, de Petra o a cualquier otro patronímico de uso cotidiano; si su praxis, sus complicidades institucionales, sus silencios cómplices o su sumisión a las directrices de mafias judiciales encajan en los patrones que aquí se denuncian, quedará automáticamente incorporado a la mafia de las Marías.

El apelativo funciona aquí como una categoría de conducta y un arquetipo de comportamiento corporativo, de modo que cualquier semejanza con las actitudes de los personajes aquí retratados no es una coincidencia nominal, sino la dolorosa constatación de que pertenecen por derecho propio a la mafia de las Marías.

Las Marías de la historia y el rigor del poder

La memoria de la historia universal guarda registro de que el apelativo de María no solo ha bautizado los objetos más cotidianos del quehacer humano, sino que también ha sido llevado con frecuencia por soberanas, regentes y figuras públicas cuyas trayectorias estuvieron marcadas por el absolutismo, la represión, la intriga cortesana y conductas profundamente inhumanas.

Pareciera que sus padres se lo hubieran colocado con la devota esperanza de que se parecieran a la Santísima Virgen María; pero en el ejercicio de sus actos, por sus conductas inhumanas sin temor al Altísimo, por la forma en que descuidaron sus almas sin entender que les llegaría el momento de entregar cuentas ante el tribunal de Dios; terminaron pareciéndose más a Satanás.

Entre ellas desfilan sin atenuantes la implacable María I de Inglaterra y sus ejecuciones masivas de disidentes; la ambiciosa y turbulenta María de Médici en los pasillos del poder francés; la convulsionada y conspiradora María Estuardo; la intolerancia y el rigor administrativo de María Teresa I de Austria; y el suntuoso desdén ante la miseria popular encarnado en María Antonieta, sumadas a la rigidez dogmática de María I de Portugal.

Todas ellas configuran un linaje histórico de ejercicio arbitrario del mando que demuestra, por la vía de los hechos, cómo este nombre ha sabido cobijar también los perfiles más oscuros, déspotas y desprovistos de empatía en los anales del poder.

La marea de las Marías y la falacia del desvío

En los pasillos del foro y en los laberintos de la judicatura, esta cofradía adquiere su expresión más devastadora bajo la forma de la marea de las Marías. Su presencia no busca dirimir justicia ni encauzar derecho alguno, sino provocar un oleaje constante de confusión; marean el expediente con artificios dilatorios, marean al litigante de buena fe y marean al foro entero que conoce de sobra sus manejos torcidos y dolosos, impregnados de ese narcisismo, psicopatía y maquiavelismo propios de la tríada oscura de la personalidad.

Ese mareo constante constituye una maquinaria deliberada de artificios procesales cuyo único objetivo es desviar la atención del fondo del litigio, enredar la verdad jurídica y sembrar dudas artificiales donde solo hay dolo evidente. Quieren ocultar su desvergüenza simplemente fingiendo demencia, luciendo un puro caradurismo, sabiendo todos que son corruptas y que se están llenando de dinero negro y de dinero sucio.

Tienen la osadía de hacerse creer muy correctas y muy santas, pero las manchas las delatan y todo el mundo lo sabe y todo el mundo lo ve. Operan con la misma desfachatez de quien camina con una prenda blanca manchada de sangre menstrual ante los ojos de todos: la evidencia flagrante de la podredumbre y el chanchullo salta a la vista de cualquier observador atento en el tribunal.

Entre murmullos de pasillo se escucha la constatación colectiva: «Mire, María está completamente manchada», mientras ella, en su delirante universo, cree que su toga está impoluta y camina con una jactancia y prepotencia inauditas, pavoneándose como quien no oculta nada.

Ocurre exactamente igual que en el cuento clásico del rey que vestía desnudo, donde todos fingían admirar las inexistentes vestiduras hasta que la inocencia de alguien fue capaz de decir la verdad incómoda: el rey está desnudo.

Aquí, aunque la mancha escarlata de la desvergüenza salta a la vista de todos y la náusea moral acompaña cada uno de sus pasos en ese patético desfile de vanidades, la mafia sigue inmutada, surfeando sobre una marea de complicidades y fingida hidalguía.

«Pero han comprado toda la tiquetería para entrar al infierno, por su corrupción, perversión y vilezas; por sus extorsiones, coimas y sobornos; por su caradurismo, desparpajo y desvergüenza; arder en las llamas eternas es su destino inexorable».

La falacia del desvío y la perversión hermenéutica de la norma

Para comprender a fondo la maquinaria de esta mafia, es menester examinar el núcleo operativo de su falacia del desvío, la cual constituye una auténtica trampa atrapa-tontos diseñada para subvertir el derecho. Cuando la ley dice libertad, ellas entienden condena; cuando el texto positivo establece con claridad meridiana que no hay castigo, su mente torcida interpreta que sí hay castigo, agregando o mutilando palabras a capricho y conveniencia. Su lectura del proceso y de los expedientes jamás se rige por el principio de inocencia ni por el cristal de la libertad jurídica, sino que interpretan todo bajo el dogma perverso de la culpabilidad presunta, operando con el único propósito de exprimir económicamente a cada persona injustamente procesada.

En su devoción por el fraude procesal, operan mediante una lógica de contradicción absoluta: si la defensa técnica demuestra con pruebas irrefutables que un hecho es de color verde, ellas sentencian arbitrariamente que es celeste; si es rojo, sostienen con descaro que es amarillo. No buscan la verdad ni la justicia, sino llevar la contraria de manera caprichosa para sembrar el caos, maximizar la confusión mediante la trampa de su falacia del desvío y, en medio de ese lodazal, obtener dinero de manera ilícita, convirtiendo la majestad de la judicatura en un vulgar mostrador de extorsión, cohecho y chantaje.

Corolario final

¿Querido lector: luego de la explicación del porqué se ha llamado la mafia de las Marías, de los múltiples ejemplos cotidianos y de las figuras que han llevado este nombre a lo largo de la historia, cuál cree usted que es el sustrato filológico y filosófico que ha llevado al autor a escoger el nombre de María como el apelativo rector de esta corrupción judicial?

«El mal absoluto no necesita de grandes tronos para reinar; le basta con habitar en el alma de aquellos que, vistiendo togas de pretendida majestad, han convertido la justicia en un mercado de iniquidades.» — San Alfonso María de Ligorio (Inspiración doctrinal)

Doctor Crisanto Gregorio León 
Profesor Universitario

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