Escribía Juan Ramón Jiménez con aislada intención poética que todas las rosas son la misma rosa, concluyendo que, al fin, el amor es la única rosa. Todas las vidas, también, son la única vida, pero cada una, en el jardín de todos, exhala un perfume diferente, una singular textura , un color nacido para distinguirse. Y ahí es donde convergen los diferentes anhelos y aportaciones, las singularidades enriquecedoras. Todos somos hijos de nuestra historia, de la recibida educación y de las aspas de molino de la vida que día a día tritura nuestros sueños. También un día, a todos, nos cubrirán las estrellas.
INFORMAR
Las informaciones son los necesarios argumentos que dan soporte a la decisión que hemos de tomar. Y sirven para según qué tiempo, medida o capacidad aunque, igual que en los ordenadores, son imprescindibles las actualizaciones.
Algunos de mis amigos o gente conocida han dejado de practicar la fe porque descuidaron informarse crecidamente acerca de ella. El conocimiento que recibimos en la catequesis de la primera comunión a los ocho años, por ejemplo, no contiene la fundamentación que se necesita en la adultez. Del mismo modo que aquel traje no podríamos colocárnoslo hoy con este cuerpo… Al no modificar, llega entonces a nosotros la desolación de las medidas.
FORMAR
Si en la familia que tuvimos, en la escuela donde fuimos alumnos, entre los amigos o la universidad que supo cobijarnos, nos dijeron que los ríos son azules y los mares del color de la tierra, que los pájaros vuelan porque primeramente fueron al gimnasio y que las cigüeñas emigran aprovechando la temporada alta para alquilar sus nidos… nos han mentido sobre una verdad que ahora no ven nuestros ojos.
Las inocencias confundidas desembocan en rebeldías inconcretas que brotan como tempestades imprevistas por el calentamiento global de perversas ideas que, hábilmente, supieron manipular los beneficiarios del desconcierto.
El mar no es terroso ni los ríos azules ni los pájaros aprendieron a volar en el gimnasio. Tampoco las cigüeñas alquilan sus nidos como si fueran buitres que acaparan. Las cosas no son como nos dicen o como nos dijeron, sino como somos capaces de deducir tras el estudio y la contemplación. Sócrates nos convenció de que nada sabemos por mucho que hayamos aprendido.
REFORMAR
Cuando las reformas son lentas o inexistentes es porque se ha llegado a la conclusión de que nada merece la pena. Si no cerramos los ojos, como Pablo Guerrero, para abrir la memoria de los deseos, habremos condenado la vida a la mediocridad.
Conocí a un chico que venía casi a diario a pedirme un euro para droga. Vestía con ropas encontradas en los contenedores y se limpiaba las lágrimas con pañuelos de papel doblados. Un día le propuse: ¿por qué no cambias, Carlos?: eres joven y capaz, tienes estilo y posibilidades… Pero no tengo sueños, me contestó, nadie se alegraría si yo rectificara, si fuese otra vez aquel que fui en un tiempo en que tampoco nadie me miraba.
…Mejoraríamos la vida si alguien de enfrente lo esperase, si notásemos anhelo y compañía en medio de la propia soledad. Los que nunca recibieron abrazos verdaderos, venden su destino a precios irrisorios: nacieron a oscuras, sin lámparas alrededor, entre bosques desamparados… sin embargo, a pesar de todos los túneles siempre hay al fondo una lucecilla que tiembla.
TRANSFORMAR
Sería el último escalón de la escalera convivencial. Yo nunca he creído en las parcialidades del amor que se vive, sino en el amor que un día lejano se alcanzará, sin arena ya en los ojos. En este mundo, los amores tintinean al son de campanillas desafinadas: al amor llegaremos cuando lleguemos a Dios, que transforma y trasciende los pálpitos humanos. Estos besuqueos y ternuras creemos que es amor porque no hemos conocido aún otras honduras, otras aguas que sacien del todo la sed continua.
Hasta que llegue ese día, vamos por el camino entretenidos sabiendo que detrás de esas montañas una vida sin enredos nos espera, que el manantial de sueños se ha convertido en realidad. “A nadie te pareces desde que yo te amo”, susurró Neruda a su mujer Matilde, pero el suyo era un amor gastado, como el de todos, un rizo en el laberinto de la huida. Me refiero a lo que ha de cumplirse sin saber bien de qué se trata.
Transformarse es reconocerse eterno, inabarcable, revestido de vidas singulares nacidas desde “un saber no sabiendo toda ciencia trascendiendo”. Porque únicamente se alcanza aquello que se busca sin saber adónde y sabiendo, sin embargo, que al misterio apetece llegar por tanto como esconde.
Quien aprende a inclinarse ya se ha transformado.
Pedro Villarejo