En estos largos días de campaña electoral me duele pensar en los enredos del corazón humano, en las trampas que esconden todas las leyes o en la tristeza que deja la cal viva cuando se arroja sobre la verdad. Me duelen los precipicios que simulan llanuras, los sucedidos besos de Judas y los barcos de vela que se desplazan con el viento de los demás. Me duele que no seamos honestos porque alguien sufrirá las consecuencias.
Por eso acudo con necesaria costumbre a los versos de don Antonio Machado, que son candela sosegada, campana silenciosa para acallar tumultos y sabiduría precisa que intenta poner cordura a los desvaríos: “Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas!… ¿Adónde el camino irá»?
El camino irá adonde le llevan nuestros pasos, que suelen ser casi siempre pasos de pobre si se detienen en el hoy sin preocuparse por los horizontes del mañana. Maimónides, que se firmaba ·el español”, lo dejó dicho: “Un día no muy lejano, las cepas pisoteadas crecerán de nuevo, ya la savia se prepara, y otra vez habrá vides en las viñas y manos de hombre para cuidarlas y acariciar los racimos, habrá uvas y vino. ¿Qué importa si no es para nosotros”?
Pedro Villarejo