Siempre recordaré una poesía que mi padre nos enseñó a todos sus hijos, incluida la más pequeña, que llegó a nuestras vidas como una gran sorpresa, también para nuestra madre.
Los tres mayores teníamos una gran diferencia de edad con la recién llegada al mundo: veinticinco, veinte y quince años tenía entonces el más pequeño.
Todos nos involucramos en aquella espera, después de haber sopesado cómo sería la vida con un bebé en casa. La idea nos producía un desasosiego enorme por la salud de nuestra madre, así que esperábamos el acontecimiento con expectación.
Mi padre esperaba, lleno de felicidad y orgullo, al nuevo hijo que venía. Era verano y faltaban menos de dos meses para el feliz día.
Estábamos de excursión por el campo con mi padre cuando me preguntó si conocía el poema La nacencia, de Luis Chamizo. Negué con la cabeza y fue entonces cuando mi padre me lo recitó entero, en castúo, tal y como estaba escrito. Me quedé asombrada: eran palabras llenas de un sentimiento que te llegaba al alma, con un sonido muy diferente.
Leerlo es una experiencia profunda, tierna y de una dulzura infinita. Nos muestra cómo un campesino, duro como la tierra que lo vio nacer, se estremece ante el nacimiento de su hijo, en un recodo de un camino, en medio del campo, junto a esa madre, su mujer, que gime de dolor con la esperanza y la valentía de hacer que su hijo venga al mundo. Eso es la maternidad consciente.
Fue entonces cuando me interesé por aquel escritor de la tierra de mi padre, que tanto le atraía desde sus años de estudiante, cuando vivía en la tierra donde nació.
Aquella tarde, emocionado con la llegada de su nuevo hijo, me habló del escritor Chamizo y de su libro El miajón de los castúos.
Mi padre, como buen extremeño, amaba su tierra, a pesar de vivir en el norte de España, donde se casó y se enamoró de aquella tierra que vio nacer a sus tres hijos mayores.
Era un ser maravilloso, lleno de verdad y de limpieza de espíritu. Amaba su tierra extremeña y la tierra vasca de sus hijos.
Siempre nos hablaba, muy orgulloso, de aquellos descubridores de su tierra que nunca habían visto el mar y fueron capaces de cruzar océanos, convertidos en aventureros en busca de nuevas tierras.
Estaba lleno de esperanza, ilusión y felicidad ante el nacimiento de su nuevo hijo o hija. Por aquel entonces, no se conocía el sexo del bebé hasta su nacimiento, pero eso le daba lo mismo: estaba realmente dichoso.
Y quizás por eso, después de conocer el poema La nacencia por boca de mi padre, sentí un infinito respeto por todas esas madres que guardan dentro de sus cuerpos a sus hijos, contando los meses y los días y que, al sentirse portadoras de ese maravilloso tesoro, esperan con valentía ese momento tan especial del alumbramiento. Y eso que yo aún no había experimentado ese increíble regalo de la vida.
El nacimiento de los hijos no es solo un canto a la vida; es la más maravillosa de las sinfonías, no escrita por un compositor, sino por esos padres y esas madres que se aman. Y ese hecho tan increíble, que se produce nueve meses después, es el gran milagro de la vida.
Hoy nos toca, por salud mental, ante la serie de problemas que los españoles estamos viviendo, lanzar una oda al nacimiento de todos esos niños que llegarán a ser hombres y mujeres con poder sobre su propio destino, gracias a la formación moral transmitida por sus padres.
Ayudemos, como adultos, a esos pequeños que serán nuestro futuro y no miremos hacia otro lado, precisamente por amarnos a nosotros mismos.
Aunque no seáis creyentes, hace muchos siglos nació un niño al que su madre puso por nombre Jesús.
Cuando se hizo mayor, quiso mezclarse entre la gente para conocerla. De aquella entrega a los demás nos queda una frase profunda y maravillosa, pronunciada cuando los niños se le acercaban y algunos pretendían apartarlos para que no lo molestasen:
Así se lo contaba yo a mi hijo cuando era pequeño y también a mis alumnos más pequeños. En clase, solía acompañar estas palabras con música. Cuando los niños preguntaban con curiosidad, se sentían protagonistas de aquella historia.
«Dejad que los niños se acerquen a mí».
Son nuestra esperanza de vida.