[La Virgen María sufrió, mucho, en distintos momentos de su existencia: ver crucificado a un hijo, cuando este se le perdió durante días en el templo, tener que huir a Egipto, cuando Simeón le vaticinó el calvario que viviría su Niño (“Y a ti misma una espada te atravesará el alma…”)
En este texto, el profesor Rubén Martínez desgrana esos siete dolorosos momentos maternos y traslada a ahora mismo, mirando en ese espejo, antídotos vitales contra el sufrimiento, contra la enfermedad, contra la pérdida del ser querido… Frente al padecimiento, elevado a la intensidad del que sintió la Virgen, están las señales de alivio. Y es ahí donde refulge la ESPERANZA ]
ESTE ES EL TEXTO de Rubén Martínez
«Hablar de los siete dolores de la Virgen María es hablar del dolor de una madre, pero también de la manera en que una persona puede atravesar los momentos más difíciles de su vida sin perder la fe, sin dejar de amar y sin abandonar a quienes necesitan de ella.
María no fue ajena al sufrimiento.
Desde el comienzo de la vida de Jesús, la Virgen María tuvo que enfrentar situaciones que seguramente nunca hubiera elegido. Tuvo que escuchar palabras que anunciaban sufrimiento, huir para proteger a su hijo, experimentar la angustia de perderlo, encontrarse con Él cargando la cruz, verlo morir, recibir su cuerpo entre sus brazos y finalmente acompañarlo hasta el sepulcro.
Pero hay algo profundamente conmovedor en todo esto:
María nunca abandonó.
Y quizá esa sea una de las grandes enseñanzas de sus siete dolores.
Porque muchas veces no podemos evitar que llegue el dolor. Lo que sí podemos decidir es cómo permanecer frente a él.
1. ESCUCHAR
La profecía de Simeón
Cuando María y José llevaron a Jesús al templo, Simeón tomó al niño en sus brazos y anunció cosas extraordinarias sobre Él.
Pero también pronunció unas palabras que debieron atravesar profundamente el corazón de María:
“Y a ti misma una espada te atravesará el alma.”
María acababa de recibir a su hijo con toda la alegría y la esperanza que puede tener una madre.
Y, sin embargo, tuvo que escuchar que el camino de aquel niño estaría marcado por el sufrimiento.
Este es quizá uno de los dolores más difíciles:
el dolor de saber que algo puede suceder y no poder evitarlo.
También nosotros hemos tenido que escuchar palabras que nos han cambiado la vida.
Una enfermedad.
Una pérdida.
Una separación.
Una noticia inesperada.
La muerte de alguien querido.
Un problema familiar.
Una dificultad económica.
Una traición.
A veces el dolor comienza simplemente con unas palabras.
Unas palabras que escuchamos y que, desde ese momento, hacen que nuestra vida ya no vuelva a ser exactamente igual.
María nos enseña a escuchar incluso aquello que no queremos escuchar y, aun así, continuar caminando con fe.
2. HUIR
La huida a Egipto
Herodes buscaba al niño Jesús para matarlo.
José recibió la advertencia y tuvo que tomar una decisión inmediata: salir de allí y huir a Egipto.
María tuvo que dejar atrás su casa, su tranquilidad, sus seguridades y todo aquello que conocía para proteger a su hijo.
Hay ocasiones en la vida en las que también nosotros tenemos que huir.
No necesariamente de un lugar.
A veces tenemos que alejarnos de una situación que nos destruye.
De una relación que nos hace daño.
De un ambiente que nos roba la paz.
De una persona que nos lastima.
De una circunstancia que ya no podemos controlar.
Huir no siempre significa cobardía.
A veces significa proteger la vida.
A veces significa tener el valor de reconocer que debemos cambiar de camino.
María nos enseña que también hay momentos en los que debemos dejar atrás lo conocido para proteger aquello que verdaderamente importa.
3. PERDER
Jesús se pierde en el templo
Cuando Jesús tenía doce años, María y José regresaron de Jerusalén y, después de un tiempo, descubrieron que Jesús no estaba con ellos.
Lo buscaron desesperadamente.
Durante tres días vivieron la angustia de no saber dónde estaba su hijo.
Pensemos por un momento en lo que significa para una madre perder a su hijo.
Es una angustia difícil de explicar con palabras.
María buscó.
Preguntó.
Regresó.
No se quedó paralizada.
Siguió buscando.
También nosotros hemos perdido personas, oportunidades, relaciones, sueños o etapas de nuestra vida.
Y hay pérdidas que no se recuperan.
Pero la enseñanza de María está precisamente en seguir buscando.
Buscar respuestas.
Buscar consuelo.
Buscar sentido.
Buscar a Dios.
Porque algunas veces, cuando sentimos que hemos perdido todo, descubrimos que todavía nos queda algo que nadie puede quitarnos:
la esperanza.
4. ENCONTRARSE
María se encuentra con Jesús camino del Calvario
Quizá uno de los encuentros más dolorosos que puede vivir una madre es encontrarse con su hijo en medio del sufrimiento.
María se encuentra con Jesús camino del Calvario.
Ya no está frente al niño que cargaba en sus brazos.
Está frente a un hombre golpeado, herido y cargando una cruz.
Y María no puede quitarle la cruz.
No puede detener a quienes lo están lastimando.
No puede evitar su sufrimiento.
Pero puede hacer algo profundamente importante:
puede estar con Él.
Y a veces eso es todo lo que podemos hacer por alguien que amamos.
No podemos solucionar su problema.
No podemos quitarle su enfermedad.
No podemos devolverle a alguien que perdió.
No podemos cambiar lo que sucedió.
Pero podemos estar.
Podemos escuchar.
Podemos acompañar.
Podemos abrazar.
Podemos rezar.
Y muchas veces, cuando una persona sufre, nuestra presencia vale más que cualquier palabra.
5. VER
María ve a Jesús crucificado
María tuvo que ver morir a su hijo.
Hay dolores que no necesitan explicación.
Simplemente basta con mirar.
Ver sufrir a alguien que amamos puede ser uno de los dolores más grandes que existen.
Y María permanece.
No huye.
No abandona.
No deja solo a Jesús.
Permanece junto a la cruz.
Esto nos lleva a una pregunta muy profunda:
¿Qué hacemos cuando vemos sufrir a alguien que queremos?
¿Nos alejamos porque no sabemos qué decir?
¿Nos incomoda su dolor?
¿Preferimos no verlo?
¿O somos capaces de permanecer a su lado?
Vivimos en una sociedad que muchas veces quiere evitar todo aquello que incomoda.
Pero María nos enseña algo diferente:
amar también significa permanecer cuando la vida deja de ser bonita.
6. RECIBIR
María recibe el cuerpo de Jesús
Después de la muerte de Jesús, María recibe su cuerpo.
El mismo hijo que alguna vez sostuvo como un bebé ahora está muerto entre sus brazos.
Es una imagen profundamente dolorosa.
Una madre recibe nuevamente a su hijo, pero de una manera completamente diferente.
Hay momentos en nuestra vida en los que también recibimos aquello que jamás hubiéramos querido recibir.
Una noticia.
Una despedida.
Una pérdida.
Una realidad que no podemos cambiar.
Y entonces tenemos que aprender a aceptar lo que no podemos modificar.
Aceptar no significa que no duela.
Aceptar tampoco significa estar de acuerdo con lo sucedido.
Significa reconocer una realidad y, poco a poco, aprender a vivir con ella.
María nos enseña que incluso con el corazón destrozado se puede seguir amando.
7. ENTERRAR
María acompaña a Jesús hasta el sepulcro
Finalmente, María acompaña a Jesús hasta el sepulcro.
Es el momento de la despedida.
Ese momento en el que una madre debe aceptar que ya no podrá abrazar nuevamente a su hijo de la misma manera.
El sepulcro representa el final de una etapa.
Y todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, hemos tenido que enterrar algo.
A veces enterramos físicamente a una persona que amamos.
Pero otras veces enterramos un proyecto.
Una relación.
Una ilusión.
Una etapa de nuestra vida.
Un sueño que no pudo cumplirse.
Y cada entierro deja una pregunta:
¿Cómo seguir viviendo después de esto?
La respuesta cristiana de María es profundamente poderosa:
seguir creyendo.
Porque el sepulcro no era el final.
UNA REFLEXIÓN PERSONAL
Y después de conocer los siete dolores de María, quizá deberíamos hacernos dos preguntas.
¿CUÁL DE LOS SIETE DOLORES FUE MÁS FUERTE PARA MARÍA?
¿Fue escuchar la profecía de Simeón?
¿Fue huir a Egipto?
¿Fue perder a Jesús durante tres días?
¿Fue encontrarse con Él camino del Calvario?
¿Fue verlo crucificado?
¿Fue recibir su cuerpo?
¿Fue enterrarlo?
Es difícil saber cuál fue el más doloroso.
Tal vez no necesitamos elegir uno.
Porque una madre puede sufrir de muchas maneras y cada dolor tiene su propia profundidad.
Pero ahora viene una pregunta todavía más personal:
¿CUÁL DE LOS SIETE DOLORES TUYOS ES EL MÁS FUERTE?
Quizá tú también has tenido que:
ESCUCHAR una noticia que cambió tu vida.
HUIR de una situación que te estaba haciendo daño.
PERDER a alguien que amabas.
ENCONTRARTE frente al sufrimiento de alguien querido y no poder solucionarlo.
VER una realidad dolorosa que hubieras querido evitar.
RECIBIR una pérdida que nunca esperabas.
ENTERRAR físicamente a alguien o, emocionalmente, una etapa de tu vida.
Y entonces vale la pena preguntarnos:
¿Cómo has vivido ese dolor?
¿Te ha hecho más fuerte?
¿Te ha acercado a Dios?
¿Te ha hecho valorar más a las personas que amas?
¿Te ha enseñado a perdonar?
¿Te ha enseñado a acompañar a otros cuando sufren?
¿O todavía llevas dentro una herida que no has podido cerrar?
Quizá la verdadera reflexión no consiste solamente en contemplar el dolor de María.
Quizá consiste también en reconocer nuestros propios dolores.
Porque todos tenemos una historia.
Todos hemos perdido algo.
Todos hemos tenido que escuchar alguna noticia que nos cambió.
Todos hemos tenido que despedirnos de alguien o de algo.
Todos tenemos heridas que los demás no siempre pueden ver.
Y por eso, cuando encontremos a una persona que está sufriendo, quizá deberíamos recordar que no conocemos toda su historia.
No sabemos qué dolor está cargando.
No sabemos qué acaba de perder.
No sabemos qué batalla está librando en silencio.
Por eso debemos ser más pacientes.
Más comprensivos.
Más humanos.
LOS SIETE DOLORES Y NUESTRA PROPIA VIDA
Los siete dolores de María pueden convertirse en un espejo para nuestra propia vida.
Porque el dolor forma parte de nuestra existencia.
Nadie está completamente protegido contra él.
Podemos tener dinero, salud, una familia, una buena posición, proyectos y muchas seguridades, pero hay cosas que simplemente no podemos controlar.
La vida cambia.
Las personas cambian.
Las circunstancias cambian.
Y algunas veces también nosotros tenemos que cambiar.
Lo importante no es solamente preguntarnos:
“¿Por qué me pasó esto?”
También podemos preguntarnos:
“¿Qué puedo aprender de esto?”
“¿En qué persona me puede convertir este dolor?”
“¿Cómo puedo utilizar mi propia experiencia para ayudar a alguien más?”
Porque quizá uno de los sentidos más profundos del sufrimiento sea que, después de haber pasado por él, podamos comprender mejor el dolor de los demás.
Quien ha perdido puede comprender al que pierde.
Quien ha llorado puede acompañar al que llora.
Quien ha tenido miedo puede entender al que tiene miedo.
Y quien ha necesitado una mano puede aprender a tender la suya.
MARÍA: UNA MADRE QUE NO ABANDONÓ
Si hubiera que resumir los siete dolores de María en una sola palabra, quizá podría ser:
PRESENCIA.
María estuvo.
Estuvo cuando recibió buenas noticias.
Estuvo cuando llegaron las dificultades.
Estuvo cuando tuvo miedo.
Estuvo cuando buscó.
Estuvo cuando encontró.
Estuvo al pie de la cruz.
Estuvo en la muerte.
Estuvo en el sepulcro.
Nunca dejó de estar.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de amar.
No siempre podemos solucionar.
Pero podemos permanecer.
No siempre tenemos respuestas.
Pero podemos escuchar.
No siempre podemos quitar el dolor.
Pero podemos acompañar.
UNA REFLEXIÓN PARA NUESTROS TIEMPOS
Vivimos en una época en la que muchas veces queremos que todo sea rápido.
Queremos soluciones inmediatas.
Queremos respuestas inmediatas.
Queremos dejar atrás rápidamente aquello que nos duele.
Pero hay dolores que necesitan tiempo.
Hay heridas que necesitan paciencia.
Hay pérdidas que necesitan lágrimas.
Hay despedidas que necesitan silencio.
Y hay procesos que no podemos acelerar.
María nos enseña que también hay que saber permanecer.
Permanecer cuando no entendemos.
Permanecer cuando duele.
Permanecer cuando tenemos miedo.
Permanecer cuando parece que ya no hay respuestas.
Y sobre todo:
permanecer con esperanza.
LOS SIETE DOLORES: UN CAMINO QUE TERMINA EN ESPERANZA
Los siete dolores de María no terminan realmente en el sepulcro.
Después del Viernes Santo llega la Resurrección.
Por eso el mensaje de María no es únicamente un mensaje de sufrimiento.
Es un mensaje de esperanza.
Nos recuerda que una noche difícil no significa que no llegará el amanecer.
Que una pérdida no significa que nuestra vida haya terminado.
Que una herida no significa que no podamos volver a amar.
Que una despedida no significa que no podamos volver a sonreír.
Y que incluso cuando caminamos por uno de los momentos más oscuros de nuestra vida, Dios puede estar preparando un nuevo camino.
Quizá hoy alguien que lea estas palabras esté atravesando uno de sus siete dolores.
Quizá esté escuchando algo que no quería escuchar.
Quizá esté huyendo de una situación.
Quizá haya perdido a alguien.
Quizá esté viendo sufrir a una persona que ama.
Quizá esté recibiendo una noticia difícil.
Quizá esté enterrando una etapa de su vida.
Si es así, quizá este mensaje pueda recordarle algo:
NO ESTÁS SOLO
El dolor puede ser muy grande.
Pero la esperanza puede ser todavía más grande.
Y María nos enseña que, aun con el corazón herido:
se puede seguir amando,
se puede seguir creyendo,
se puede seguir caminando,
y se puede seguir esperando.
Porque después de los siete dolores todavía queda la esperanza.
LA ESPERANZA.
Y quizá esa sea la enseñanza más grande de todas:
EL DOLOR NO TIENE LA ÚLTIMA PALABRA.
LA ÚLTIMA PALABRA LA TIENE LA ESPERANZA.
He leído este artículo hiperreligioso y extenso y no me arrepiento, se dicen cosas prácticas para si se sufre. Cuando era niño los psicólogo ni existían. la gente iba a la iglesia y rezaba para conseguir alivio.
La esperanza nunca se pierde decía mi abuela