El aula como santuario o campo de batalla: docentes creadores de mártires

12 de septiembre de 2026
1 minuto de lectura

«Quien utiliza el estrado como un trono para el desprecio, termina por convertir el aprendizaje en un martirio y al estudiante en su víctima». Crisanto Gregorio León.

En la vida académica de las aulas, abundan profesionales que, aun careciendo de formación docente específica, son un auténtico reflejo de luz. Su grandeza no emana únicamente de la destreza en las disciplinas científicas que imparten, sino de la claridad con la que transmiten el conocimiento a sus alumnos. Son seres humanos con una sensibilidad evolucionada que asumen los estudios con alegría y sin traumas, proyectando un carisma que inspira. Es de esperar que la mayor nobleza provenga de quienes poseen formación docente y se desenvuelven como profesores, salvo aquellos que, lamentablemente, carecen de verdadera vocación.

El docente jamás debe plantearse la clase como una batalla donde los alumnos son el enemigo a someter. Hacer de cada encuentro de aprendizaje un campo de guerra donde se sojuzga y amedrenta psicológica y anímicamente al estudiante es una traición al espíritu académico. Esta actitud empuja al alumno a desistir de su derecho humano y constitucional al estudio, convirtiéndolo en un desertor forzoso ante la implementación de estrategias de desmoralización. En lugar de esto, se requiere un «corazón dispuesto» para tratar con tacto a quienes decidieron ser útiles a sí mismos, a sus familias, a Dios y a la patria, asumiendo bidireccionalmente y con entusiasmo la hermosa aventura del aprendizaje.

Como un reflejo de sus propias carencias, existen quienes, en el ejercicio docente, se desenvuelven cual tiranos, con una actitud déspota y despiadada. Parecieran cobrarse con inocentes las peores experiencias sufridas en su vida personal; un desorden psiquiátrico en el que el pequeño y pasajero protagonismo en cada ciclo de estudios con nuevos discípulos los hace metamorfosearse en monstruos. Ante esa pequeña dosis de «poder» que las circunstancias les han concedido, hacen un uso irracional de su posición académica para intentar vencer y humillar al estudiante.

¿Qué necesidad hay de colocar piedras en el camino de otros seres humanos para impedir su formación, en vez de allanar la travesía facilitando el aprendizaje sin que se pierda la pertinencia científica y académica? Hay muchos seres humanos en ejercicio docente, pero, tristemente, hay demasiados docentes carentes de ejercicio humano.

«La verdadera maestría no se mide por la capacidad de doblegar voluntades, sino por la facultad de encender vocaciones». Crisanto Gregorio León.

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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