El histórico colaborador del diario catalán Juan José López Burniol ve rota su relación de décadas con la cabecera tras remitir «La revancha», un artículo que la dirección rechazó publicar.
Juan José López Burniol, notario, abogado, profesor universitario y colaborador de La Vanguardia desde hace décadas, se ha quedado sin espacio en el periódico tras el rechazo de su última columna, titulada «La revancha».
Según relató el propio autor a sus contactos, remitió el texto el pasado miércoles para su publicación habitual del sábado. Sin embargo, ese mismo día recibió un correo del director del diario, Jordi Juan Raja, en el que le comunicaba —de acuerdo con el editor, Javier de Godó— la retirada del artículo y la suspensión de su colaboración.
López Burniol ha señalado que, a su juicio, lo procedente era dar por extinguida la relación y ha atribuido la ruptura a «varias causas interrelacionadas», aunque sin hacer públicas las razones concretas alegadas por la dirección del periódico.
Ante la imposibilidad de ver publicado su texto, el columnista optó por difundirlo directamente entre sus contactos a través de sus canales privados de comunicación. Lo acompañó de una carta en la que presenta su postura como una «defensa de España como nación y del Estado que la articula jurídicamente».
En «La revancha», López Burniol sostiene que en España se ha ido consolidando durante los últimos años un afán revanchista respecto a la Guerra Civil. El autor describe esta situación como una nueva «guerra civil híbrida», librada mediante una «fractura social deliberada» y una «polarización radical», en lugar de con ejércitos convencionales.
Sitúa el origen de esta dinámica en la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero y considera que se ha intensificado durante el mandato de Pedro Sánchez, a quien atribuye el propósito de acabar con la monarquía y con el Estado de derecho surgido de la Constitución de 1978, así como de instaurar una «Tercera República presidencialista, plurinacional y confederal».
El columnista vaticina un choque institucional a corto plazo —en el plazo máximo de un año, según su propio texto— que podría coincidir con un agravamiento de la situación en Ceuta y Melilla. Asimismo, anticipa un desenlace marcado por la derrota y el aislamiento internacional de España.
El artículo concluye con una referencia al historiador Juan-Francisco Fuentes y a su libro Hambre de patria, dedicado al exilio republicano. López Burniol reclama finalmente un liderazgo capaz de sacar al país de la situación actual «desde la ley, con la ley y por la ley», invocando los ejemplos históricos de Charles de Gaulle y Winston Churchill.
Junto al artículo, el columnista difundió una carta explicativa. Dice así:
«Desde hace algunos años, ha ido tomando cuerpo en España una insistente ansia de revancha de nuestra última contienda fratricida, que estalló hace noventa años. Esta revancha se libra como una nueva guerra civil, afortunadamente híbrida, en la que no se combate con ejércitos convencionales y en campos de batalla tradicionales, sino mediante la fractura social deliberada y azuzada, el bloqueo y el colapso institucionales y la polarización radical de las posturas, que desembocan en un enfrentamiento civil. Lo que se manifiesta en el alineamiento de dos bandos separados por un muro. Un maldito muro erigido en mala hora por el presidente Sánchez. Estos bandos son los mismos que definió el Pacto de San Sebastián en 1930 y se enfrentaron en 1936. Por un lado, las izquierdas de distinto octanaje, más las derechas separatistas catalana y vasca; y, por otro, el resto de las derechas.
El objetivo que persigue esta revancha, iniciada ¡desde el poder! por el presidente Rodríguez Zapatero y potenciada sin límite por el presidente Sánchez, es: a) poner fin a la segunda restauración monárquica instaurada en la persona del rey don Juan Carlos; b) derogar la Constitución de 1978; c) abrogar el régimen implantado por ella; d) derrocar al rey don Felipe para conectar directamente con la legalidad de la Segunda República —profanada en su día, primero por un bando y luego por el otro—; y e) instaurar una Tercera República presidencialista, plurinacional y confederal que ponga fin a España como nación, es decir, como un ámbito de solidaridad primaria e inmediata conformado por la geografía y por la historia, en el que todos los españoles son iguales.
Otra vez las malditas “dos Españas”. Y seamos claros: no son adversarias, sino enemigas. La resolución de su conflicto no atenderá, por tanto, a unas reglas aceptadas por todos, sino al respectivo poder de las fuerzas en presencia, con el apoyo sicario de sus respectivas tropas auxiliares mediáticas.
El choque se iniciará pronto. A lo más tardar, en un año. Y este conflicto civil coincidirá quizá con el estallido de la crisis larvada y agravada de Ceuta y Melilla, que, vistos los antecedentes, acabará en un nuevo 98. Será el “Desastre” final. España estará más sola que nunca, gracias a una política exterior demencial, y no tendrá ni el consuelo de salvar su honor gracias, como siempre, al sacrificio de sus soldados, como sí se salvó en Cuba y Filipinas. ¿Y las consecuencias de esta debacle? Eso, sábelo Dios. En cualquier caso, España perderá. Y entonces todos, absolutamente todos, podremos decir, refiriéndonos a España: “Entre todos la matamos y ella sola se murió”. No habremos sabido preservar ni el legado que recibimos.
En medio de esta penosa situación, que nos aboca al despeñadero, puede ser aleccionador, e incluso ameno, leer un libro reciente del historiador Juan-Francisco Fuentes, catedrático del ramo en la Complutense, que recoge su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia. Se titula Hambre de patria —un título que no refleja la sutileza del texto— y recoge con minucioso rigor muchos aspectos de la peripecia vital, intelectual y sentimental del exilio republicano tras la Guerra Civil. Una peripecia que cristalizó en una verdad como un templo: la Transición —prescindir del pasado para pactar el futuro— se soñó en el exilio mucho antes de que los de dentro acertásemos ni tan siquiera a imaginarla. Por eso, considero hoy a muchos de los líderes republicanos de entonces como si fuesen “míos” de toda la vida, mientras que desconfío y reniego de nuestros actuales dirigentes. Son legítimos, pero carecen para mí de auctoritas, de credibilidad.
Ojalá un líder, tan demócrata como patriota, saque a España de este mal trance desde la ley, con la ley y por la ley. Como cuando De Gaulle levantó a Francia de su “extraña derrota” —Marc Bloch—, llevándola a figurar luego entre los vencedores de la guerra. Y como cuando Churchill llevó al Reino Unido a resistir primero para vencer después. Todos necesitamos, a veces, un milagro. Así sea».