Esperar sin deseo

25 de agosto de 2026
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Matrimonio

Juana y Humberto decidieron, después de diecinueve años de relación sin posibilidades de vivienda propia, irse a vivir con los padres de él, que ya rozaban los noventa. Cuarenta y dos años tenía ella y él 45 cuando acordaron dar el paso de casarse por la Iglesia, aunque ya el pueblo de Veraluz se había acostumbrado al escándalo social de que, viviendo juntos, pudieran tener relaciones carnales. En aquellos momentos, aún estaba eso mal visto. Intentaron tener hijos pero temían que a la noche, con el desvelo de la ancianidad los padres, que no estaban sordos, escucharan la intensidad de los gemidos. Y se contenían. El cura parece que tampoco tuvo mucha fe en su descendencia porque omitió esa oración en la que pide al Señor que los nuevos esposos vean a los hijos de sus hijos.

Así fue como a Juana y a Humberto se les pasó el tiempo y las ganas. Esperaron mucho a que los ancianos murieran pero no lo deseaban porque eran buenos y, además, les dejaron vivir en las habitaciones de arriba hasta que ellos también se hicieron viejos y tuvieron que acceder a una trastienda en el piso de abajo, detrás del hueco de la cocina donde estaba el frigorífico. Muy al final tuvieron casa propia y, por chiripa, no murieron antes que los padres generosos.

Pedro Villarejo

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