La pérdida de apetito durante los días de calor extremo responde a una necesidad del organismo por mantener la temperatura interna estable, priorizando los mecanismos para enfriar el cuerpo frente a la sensación de hambre.
Procesar alimentos pesados y copiosos exige un esfuerzo metabolico que produce calor interno, motivo por el cual el hipotálamo regula los circuitos hormonales para frenar las señales de hambre y ralentizar la digestión.
La preferencia por platos frescos y refrigerados activa directamente los receptores cerebrales sensibles al frío, generando una agradable sensación de alivio térmico instantáneo en los circuitos de recompensa del cerebro.
Dormir mal debido a las altas temperaturas nocturnas altera hormonas clave como el cortisol, la grelina y la leptina, lo que empuja al día siguiente a buscar alimentos más rápidos o azucarados.
Los especialistas recuerdan que el agua es imprescindible para combatir la fatiga asociada a la vasodilatación, recomendando alimentos ricos en minerales y agua como el gazpacho o la sandía para mejorar la absorción celular.
Las bebidas muy azucaradas pueden empeorar la hidratación al ralentizar la digestión, y se aconseja beber líquidos de forma constante sin esperar a sentir sed, especialmente en el caso de las personas mayores.