Los Podemitas llegaron a la Puerta del Sol en enero de 2015 con el ansia de que España estrenara un nuevo compromiso de solidaridad y regeneración. Taparon el kilómetro cero con tiendas de campaña porque la vida, con ellos, también de cero empezaría. Muchos intelectuales, corazones de buena voluntad y algún que otro cura confuso les brindó amparo y esperanzas. Con Podemos “se podía” regenerar un Pueblo entero que ellos iluminarían con antorchas de pilas resentidas. Habían pasado algunos por la universidad, pero la universidad no había pasado por ellos, sólo el escalofrío de una ambición galopante que consiguieron con los votos de los desaprensivos.
La cabeza visible de la pandilla llegó a vicepresidente de gobierno y en seguida nombró ministros a los suyos para que edificaran conjuntamente el nuevo Congreso de la Patria. Libertad, igualdad, fraternidad… pero se fueron comprando chalés exclusivos, parieron hijos y, con los altísimos sueldos del Estado, consiguieron niñeras que muchas fueron secretarias con sueldo derivado. De la Puerta del Sol salieron pronto, mucho antes del verano.
De todos ellos quedan cuatro diputados y ya mismito empezarán, por fin, a trabajar.