Cuando Ricardo Antúnez regresó de las Américas con muchos caudales conseguidos, quiso construir en Veraluz el primer edifico de tres pisos. Al principio hubo oposición casi colectiva, pero el regreso del americano imponía seguridad en sus convicciones señalando que el paisaje desde arriba iba a ser distinto y que, además, favorecería entre los vecinos la convivencia.
El problema se agudizó con la exigencia de un ascensor que nadie deseaba, aunque fue irremediable su instalación a causa de la normativa vigente. Los posibles compradores del tercero se contuvieron al principio de la compra firme por temor a un accidente, y eso que no habían leído la sentencia de Séneca: “cualquier altura es un despeñadero”.
Al final, Ricardo Antúnez bajó un poco el precio del “rascacielos” y se agotaron los pisos en unos días ya que las anchuras estaban ordenadas y no como en las casas, que hay rincones en todas partes y más necesidad de estar siempre limpiando. Verlauz comenzó así su desarrollo envidiado por los pueblos vecinos… aunque a los del tercero, eso de subir, les seguía resultando peligroso.
Pedro Villarejo