Cuentan que entró a la comisaría sin pedir permiso, como quien entra a su propia cocina. Ahí estaban los cuerpos de los finados Isidro y Vicente, tirados, tapados apenas con una hoja de diario —El Territorio, que chorreaba tinta aguada—, como se tapa a los bichos que se juntaron en la calle. Los habían tenido un tiempo en Quitilipi y después los pasaron a la comisaría de Machagai, y ahí quedaron, a la vista de todo el que quisiera mirar, que eran muchos. La policía casi convidaba a verlos, como se convida a mirar un puma cazado en el monte: los dos que habían hecho temblar al Chaco entero, ahora quietos bajo el diario. Era toda una conmoción.
Y ella los miró y no le pareció. No le pareció que a unos cristianos los tuvieran ahí, dados vuelta para que los mirara cualquiera. Así que dijo lo que tenía que decir —porque doña Chiña decía las cosas de frente, sin vueltas— y se puso a lavarlos. Los lavó a los dos, ella misma, con sus manos, con agua y sin apuro, como se lava a los que uno quiere. Lo que la policía había vuelto espectáculo, ella lo devolvió a su sitio: dos hombres que había que despedir limpios. Después lo contaba como quien cuenta una hazaña o un milagro chico. Porque eso era doña Chiña: la que hacía lo que había que hacer cuando nadie más se animaba.
A ella le decían la Chiña Pito —Bernardina Gómez de nombre y papeles, aunque en el barrio El Temblor su nombre casi no se usaba—. Vivía ahí, pegada al costado de las vías, cerca de la reserva 3, al lado del barrio Los Pinos, sobre el ejido de Machagai. Le dicen el Temblor por el tren: cuando pasaba la formación, temblaba todo, vibraban las chapas, se movían las cosas de la mesa, y la gente ya ni levantaba la cabeza. Uno se acostumbra a que la tierra tiemble, si es todos los días.
Los Gómez eran muy humildes. Doña Chiña nunca tuvo marido fijo, ningún hombre metido en la casa que se supiera, y sin embargo la casa estaba siempre llena: unos cuantos hijos, unos cuantos nietos. El ex intendente Lilo Vega recuerda de gurí a dos de ellos, a Chiviro y a Marungo —de esos con los que uno se agarraba a las piñas de chico y, ya grande, se saluda con cariño en la esquina—. Todos vivían ahí nomás, en ese barrio donde nadie andaba lejos de nadie. Y doña Chiña era jovial y derecha, de las que te miran a los ojos y te dicen la verdad aunque no la hayas pedido.
Con el tiempo quedó viviendo con uno de sus hijos, Machico, que era del gusto de los hombres —y en el pueblo, que bautiza con ternura y con crueldad, tenía su mote, de esos que se dicen sin escándalo y con escándalo, según quién los diga—. Machico era devoto, y de los grandes: todos los años armaba el baile en honor a San La Muerte, ese santo flaco de la gente del litoral, el que ampara al que nadie más ampara. Y no faltaba nadie: se juntaba medio pueblo a bailarle al santo de la buena muerte, a pedirle protección, a pagarle promesas. La madre lavaba a los muertos; el hijo le bailaba a la muerte. En esa casa junto a las vías, la muerte era una vecina más, de esas a las que se trata con respeto para que lo trate bien a uno.
Machico se fue antes de tiempo —como se van, dirá algún mal pensado, los que le rezan de más a la muerte—. Y doña Chiña, que había lavado a los finados más temidos del Chaco cuando nadie quería tocarlos, tuvo que lavar también a los suyos. A esa altura ya lo sabía: la misma mano que despide a un extraño es la que un día despide a un hijo.
Porque lavar a un muerto es de lo más viejo que hay, más viejo que la ley y que las jinetas de la policía. En cualquier parte del mundo, cuando cae la noche, hay alguien inclinado sobre un cuerpo, con un jarro de agua, haciéndole al que ya no está el último favor. En Machagai, esa noche, fue ella. Y no es poca cosa: a aquellos dos que el Estado había querido rebajar a trofeo, el pueblo terminó rezándoles como a santos —les levantó una ermita, les ató cintas rojas y verdes, les cantó chamamés—; pero antes que el pueblo, antes que las cintas, estuvo el agua de doña Chiña. La devoción empezó ahí, en ese lavado que a ella le pareció, apenas, lo que había que hacer.
Ahora doña Chiña también se fue. Falleció hace un tiempo. Pero en el Temblor, cuando pasa el tren y tiembla todo, hay quien todavía se acuerda de ella: la Chiña Pito, la que no le tenía miedo a la muerte, la que lavaba a los muertos porque le parecía que hasta el más pobre, hasta el más solo, hasta el más perseguido, merecía irse limpio y no tapado con un diario.
Para situar la historia
Isidro Velázquez y Vicente Gauna fueron los últimos bandoleros rurales del Chaco. Acorralados por años de persecución policial, murieron en una emboscada en el cruce de Pampa Bandera el 1º de diciembre de 1967. La policía expuso sus cuerpos como trofeos, pero el pueblo pobre los convirtió en objeto de devoción: todavía hoy, cada 1º de diciembre, hay quienes les llevan flores y velas. Esta crónica rescata a una de las mujeres que estuvo en el principio de esa leyenda.