Cuando Jorge Drexler subió al escenario de los Óscar y, en lugar de dar un discurso convencional, decidió cantar a capela, demostró que la sencillez tiene un poder capaz de desarmar cualquier formalismo.
Detrás de ese gesto hay una historia larga que el cantautor uruguayo suele rescatar en sus conciertos: la crónica de la espinela, una estructura poética nacida en el siglo XVI que hoy se resiste a quedar encerrada en los libros de historia gracias a los creadores que la siguen llevando a los escenarios.
En pleno Siglo de Oro, el malagueño Vicente Espinel diseñó un armazón de versos que rozaba la perfección matemática. Lope de Vega quedó fascinado de inmediato y sentenció que la décima de Espinel era el molde ideal para expresar el dolor y la queja.
Sin embargo, España —con esa tendencia tan nuestra a descuidar el patrimonio propio— la fue arrinconando con el paso de los siglos. Y fue en ese momento de olvido cuando la espinela cruzó el Atlántico, viajando casi de incógnito en los barcos que iban hacia el Nuevo Mundo.
América la recibió con las manos abiertas, hasta el punto de que no sólo adoptó su estructura, sino que la vistió de gala con el habla local, los acentos de cada región y las penas y alegrías de su gente hasta convertirla en un pilar de su propia identidad.
Aunque la fórmula técnica de sus diez versos se mantuvo intacta, y así permanece, los poetas populares de cada país borraron cualquier rastro de denominación española, para hacerla sentir tan propia como la tierra que pisaban.
De forma y manera, que la décima echó raíces profundas en la cultura popular de cada país americano.
En Cuba floreció como el Punto Guajiro, brotando en los campos de tabaco. En el Río de la Plata y en Chile se unió a la figura del gaucho a través de la Payada, convirtiéndose en el arte de medir el destino y la agudeza mediante rimas improvisadas en mitad de la pampa.
En Venezuela y Colombia la convirtieron en Galerón. El folclore mexicano la transformó en Valona y Huapango, y en Puerto Rico arraigó con una fuerza única bajo el nombre de Seis.
El insigne malagueño, que también tuvo la genialidad de añadirle la sexta cuerda a la guitarra para darle mayor profundidad, no podía imaginar en 1591 que su esquema métrico iba a servir de refugio para tantos creadores libres en el Nuevo Mundo.
Mientras la península dejó marchar ese ingenio poético en los galeones, perdiendo de vista su propia joya, América la multiplicó y la mantuvo viva en la memoria oral.
Puerto Rico ha sido un custodio especial de este legado.
En una época en la que la décima languidecía, la Isla del Encanto defendió con orgullo y terquedad la pureza de estos diez versos, y es en Puerto Rico donde el milagro alcanza su cénit de nobleza.
La isla caribeña custodia esta herencia con la misma hidalguía con que custodia su blasón, aquel que el rey Fernando otorgara en nombre de los Reyes Católicos.
Este blasón es el escudo más antiguo de América sin cambiar, y sus leones parecen guardar apasionadamente con su cordero entre castillos, la pureza de la décima espinela.
Pero actualmente es Jorge Drexler, ganador de un Óscar a la canción más original, quien en pleno siglo XXI volvió a encender los focos sobre la décima, dándole vida en sus canciones y definiéndola como un «algoritmo del espíritu», una estructura exacta donde el sentimiento desborda la rima. Al final, parece que nació con un destino de fantasma: ser amada por todos, pero olvidada por su madre España.
El Silencio de un Hombre y la Elegancia de una Fundación. En este viaje de ida y vuelta, hay un misterio reciente en un silencio, como es el de enviar la décima titulada “Nacionalidad Reparativa” (que todo lector de este artículo puede escuchar ahora mismo), a Omar Santiago, presidente de Decimanía, y recibir a cambio sólo la mudez absoluta. Es el desdén del que olvida que la tradición es, ante todo, cortesía y abrazo.
Un silencio que duele, porque son unos versos huérfanos de respuesta en el mismo corazón donde debe latir el entusiasmo por el arte, pues Decimanía se define como “entidad cultural que se ocupa de la preservación, prolongación y difusión de la tradición de la décima, la trova y la música típica en Puerto Rico”.
Pero el destino, caprichoso y romántico, guarda siempre una compensación de luz y alegría. Donde el hombre calla, la Historia habla: la importante Fundación Luis Muñoz Marín, custodia de la memoria y del alma de Puerto Rico, ha abierto sus archivos para recoger la obra.
No ha sido un simple acuse de recibo; sino un sencillo acto de justicia poética, al declarar su secretario que reciben con «mucho agrado» esa «valiosa pieza», la Fundación Luis Muñoz Marín ha hecho lo que España olvidó hace siglos: reconocer que la décima sí tiene casa.
Es la victoria de la palabra sobre el vacío: los archivos de la eternidad se abren para que esta décima no sea solo un soplo de aire, sino un documento custodiado por el tiempo, porque hay instituciones que aún saben que un poema es un tesoro que no se debe dejar morir.
Pero todo este relato de siglos, de olvidos españoles y de glorias americanas, cobra sentido, una vez más, en una voz presente. Adjuntamos aquí la décima de referencia que es, en sí misma, una humilde contribución de la “Nacionalidad Reparativa”, a juicio de su autor, y que duerme orgullosa en los archivos de la citada Fundación Luis Muñoz Marín:
Escúchenla aquí.
(Nota del autor: Dada la relevancia actual del tema en Puerto Rico, informo que, aunque comparto apellido con el profesor Rafael Maldonado de Guevara —cuya labor en la tesis de nacionalidad reparativa es conocida, —declaro que no nos une ningún vínculo familiar ni profesional; sólo la coincidencia nominal y el interés por la dignificación de nuestra historia común).
José Carlos Maldonado