«Te has quemado las manos por voluntad propia y con ello estás quemando tu alma»
«No hurtarás.» Éxodo 20:15
La apropiación indebida de lo destinado al necesitado constituye una transgresión que trasciende lo material para instalarse en una esfera de condena absoluta en el fuego del infierno, donde el arrepentimiento suele llegar tarde ante la gravedad del sacrilegio cometido. Cuando una persona actúa como conducto para canalizar recursos destinados a mitigar la urgencia del prójimo, pero decide, por su propia descomposición moral y espiritual, retener dicho caudal, no solo vulnera el derecho del desvalido, sino que activa un mecanismo de condenación eterna irreversible, marcando el inicio de su tránsito directo hacia las llamas del infierno.
La negación de su mea culpa, por quien se cree más listo o lista, porque piensa que nadie le observa al retardar la entrega de lo encomendado para una persona necesitada o menesterosa, olvida que su propia conciencia —si es que la tiene— le está juzgando; es el mecanismo de defensa de la persona inmoral que ha decidido traicionar la confianza depositada por quienes, con un corazón generoso, buscaron paliar una necesidad imperativa de los que sufren y padecen.
El receptor o depositario de una bondad que es para otros, que se queda o retarda lo que no es suyo , para beneficio propio, se autoengaña al no concienciar la horrorosa y demoníaca realidad de sus manos: que son manos contaminadas por la corrupción moral y espiritual; manos putrefactas, leprosas, fétidas, hediondas y llenas de pus satánica, por quedarse o retener lo qué ha sido destinado para la caridad del necesitado.
Esta persona pretende desentenderse de su propia infamia como si el daño causado fuese una acción nimia sin trascendencia espiritual, mediante el autoengaño, ocultando las infectadas llagas de sus manos que ya destilan un hedor nauseabundo, producto de la decisión de retener lo que no es suyo, y mediante ese analfabetismo espiritual se está preparando para entrar a quemarse en los círculos del infierno. Es la evidencia física de un alma que ya arde en el fuego del averno y que se encuentra en un estado leproso, cubriéndose de llagas espirituales por la propia e infame resolución de quedarse con lo que no es suyo, creyendo erróneamente que Dios no está viendo, cuando sus ojos vigilan todo.
Resulta imperdonable que la persona se afinque precisamente en el robo y el hurto en el momento menos indicado: cuando más se necesita de su integridad. El victimario aprovecha la crisis extrema, el instante de mayor desamparo del angustiado, para ejecutar su vileza; se afinca cuando la urgencia del prójimo clama por auxilio inmediato, revelando que su naturaleza demoníaca busca seguir causando sufrimiento, transformando el socorro encomendado en un saqueo despiadado que le condena sin remisión a las llamas del infierno. Es la traición ejecutada con mayor perversión en el punto crítico donde la integridad ajena era el único soporte del desvalido, un acto que no admite perdón ante la justicia divina.
Aquel que recibe un encargo de bondad y lo convierte en botín personal, está jugando con las llamas de la condenación eterna, las cuales operan una sentencia inexorable. Es aquí donde la metáfora del fósforo cobra una relevancia aterradora: se quema la cabeza —las manos que tocaron el fuego y que ahora se caen a pedazos por la putrefacción de la culpa— y, posteriormente, el resto del cerillo se consume en un proceso que simboliza cómo el alma entera termina siendo pasto de sus propias acciones. Así quema su alma quien mete las manos en el fuego por quedarse con lo que se le ha entregado para el necesitado; la negación de este pecado es una farsa que busca mantener una apariencia de normalidad mediante el autoengaño, ocultando la huella indeleble de un comportamiento que ha traicionado a Dios.
La problemática aquí expuesta nos obliga a plantear una solución necesaria: el retorno urgente a la transparencia y la rendición de cuentas, y sobre todo al temor de Dios; pilares fundamentales en cualquier gestión de auxilio. No basta con el simple arrepentimiento; es imperativo, por justicia, la restitución total de lo apropiado, reconociendo el daño causado a quien, en su vulnerabilidad, esperaba el alivio prometido confiando en la integridad de sus congéneres. Cada persona que funge como intermediario debe comprender que su función es de servicio, pues el receptor de esta ayuda es el único legítimo dueño y quien la retiene se condena irremediablemente.
La moraleja de esta reflexión es que el auxilio encomendado para ser entregado con generosidad a quienes sufren, jamás debe ser alterado en su destino por aquellos que son designados administradores de la bondad ajena, porque quedarse con lo que Dios ha dispuesto para otros es traicionar y pretender burlarse del propio Creador. Paradójicamente, quienes son encomendados de entregar algo al necesitado no entienden que esa labor ha sido designada por Dios, aun cuando el alma de quien recibe la tarea no sea consciente de ello; el fuego del infierno ya empezó a consumir irremediablemente el alma de quien ha osado retener lo que no le pertenece, y ninguna cortina de humo puede ocultar la verdad ante la mirada omnisciente de Dios.
La integridad es un bien preciado que, una vez perdido bajo el peso de haber causado daño al prójimo, es imposible de recuperar sin un proceso de restitución absoluta y purificación profunda. La persona que ha decidido quedarse con lo encomendado para mitigar el dolor de quien sufre, debe comprender que está cargando con material candente proveniente del infierno que le impedirá caminar hacia los atrios del cielo.
El llamado es a abandonar el autoengaño, a mirar las propias manos putrefactas, a oler el hedor de tu corazón si es que así procedes y a devolver con urgencia lo retenido, pues solo mediante el verdadero acto de reparación , purgarás tu pecado y evitarás la consumación total de tu alma en la condenación eterna por el fuego que, por tu acción inicua , degradante voluntaria y consciente, has decidido entregar a tu alma inmortal a Luzbel, el amo del abismo eterno.
«No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana.» Levítico 19:13
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario