En 1918, Juan Ramón Jiménez dejó al mundo sorprendido con uno de sus excelentes poemas referidos a la palabra: “Vino primero pura, / vestida de inocencia. / Y la amé como un niño… Luego se fue vistiendo / de no sé qué ropajes / Y la fui odiando, sin saberlo”.
La palabra es un agua deliciosa que refresca o quema la lengua, según la boca de la que sale. Puede ser dulce o amarga, sólida o frágil, plañidera, mentirosa, ruin o envenenada… siempre es, sin embargo, el arma más eficaz para conseguir lo que se pretende. Pido a Dios que a las mías acuda un enjambre de abejas, como a Platón, y deje en los labios de la carne o del ordenador la miel indispensable.
La utilización sibilina de nuestro lenguaje desdora la música que la palabra lleva. Los poetas, Juan Ramón uno de los mejores, amó la recta inocencia de las palabras que nacían y desembocaban en la verdad. Luego, los políticos sobre todo, la fueron vistiendo de ropajes malditos y, poco a poco, las vamos odiando en quienes mentirosamente las pronuncian. Seca queda la lengua sin su música.