Insinuaba Octavio Paz que todas las manchas de vino huelen a sangre. Sobre el mantel de España se ha derramado una cosecha entera de vinos picados, vinagres más bien que huelen a viejos rencores, a podridas mentiras, al torcimiento más procaz de los valores. Nunca Zapatero debió enfrentarnos nuevamente con sus leyes de estrangulamiento convivencial para vengarse de su propia desdicha. Su perversión y su atropello sólo le darán permiso para que, desde los barrotes de la cárcel, pueda seguir contando las nubes de su tormenta.
La Constitución del 78, tan bien elaborada, no supo prever respuestas para locuras desenfrenadas como la que el Presidente del Gobierno protagonizó el último miércoles en el Congreso de los Diputados. O está seriamente enfermo o su cinismo va más allá de lo soportable al señalar sus casos judicializados como meras aventuras de envidiosos perseguidores. Nos vino a decir, sin turbación alguna, que lo evidente es lo soñado.
Más que él, dan pena los corifeos que repiten sin pudor que todo es un acosamiento inabarcable… Será imposible olvidarlos.
Pedro Villarejo