Deben dar miedo los que no temen a nadie y campan con sus arrebatos como caballos de Atila por praderas inocentes. Dan miedo ciertos muelles sueltos en la familia, de esos que se invitan a bodas y bautizos, pero de menor extravío. Da miedo encontrarte con una sentencia, como la de Tommouhi, condenado a dieciocho años de cárcel cumplida siendo inocente: la señora jueza, hoy ministra, debe ocupar en llantos el tiempo que le queda. Da miedo que los gobiernos de turno gasten en payasadas, devaneos, arbitrariedades, insensateces y veleidades lo que Hacienda debe emplear en servicios provechosos y no en corruptelas varias de las que, al parecer, son doctores sin honor ni causa.
Más miedo todavía dejan en el temblor de las naciones aquellos que tienen en su capacidad de decidir los resortes de la destrucción, abren o cierran estrechos con la incertidumbre de los barcos, tiran bombas de racimo en lugar de racimos de uvas, toneladas de pan o esperanzas concretas de dignidad… Miedo dan si, además, son viejos millonarios y nada tienen que perder porque ya todo lo han perdido, salvo esa soberbia de creer que son eternos como el mar y que, sin ellos, serían desdichadas las primaveras.
Pedro Villarejo