Juan Ávila, un amigo de toda la vida, de esos a los que la maldad nunca pudo encontrar, ante las altas temperaturas que se sufren en Valencia y en toda España, sin estrenar aún el verano, me sugiere una receta aliviadora: Sombra y gazpacho.
Sombra la que nuestros árboles procuran viéndonos fatigados por el sol y apremiantes acontecimientos. Y gazpacho, fresco y rojo, que las manos de nuestras madres maceraban con buen aceite de oliva, ajos suficientes, vinagre y sal apenas y la espesura de un tomate criado si es posible, como los de Juan, en la huerta de su casa.
Otras sombras de cárcel, sin embargo, han arruinado la vida de un hombre condenado a muchos años por unas violaciones que nunca cometió y que estremece escuchar de sus labios la injusticia. Ahora le indemniza el Estado con dos millones y medio de euros, como si el tiempo sin libertad pudiera repararse con un puñado de oro. Somos humanos y, por lo tanto, erráticos, pero al que le toca el “descuido” en sus propias carnes y desvelos, sólo Dios puede devolverle en eternidad su tiempo perdido. Y, si Juan Ávila se entera del sitio donde vive, es capaz de mandarle, con tomates propios, su mejor gazpacho.