Si se juntaran todas las herencias de abuelas generosas en pedrería no creo que alcanzaran ese millón trescientos mil euros que, supuestamente, vale la colección de joyas del insigne el expresidente, que durante tanto tiempo nos deleitó con impuestos que brillaron más que sus alhajas. Ese dinero aproximado que valen los engarces de zafiros y esmeraldas guardados en la sombra de una caja fuerte, son cálculos de subasta. Cualquier hortera con dinero que pujara por ellos, estaría dispuesto a pagar mucho más porque, a tal suntuosidad, hay que añadirle el precio de la pertenencia. Viniendo de donde vienen, esas barrocas maravillas, habrán multiplicado por tres su valor de mercado.
La inocencia bloqueada siempre dice que no es verdad lo que se ve, justificando las razones de un milagro invisible. Por eso “las baratijas” señaladas por canales de televisión expertos en socialismo, han pretendido llevarnos a todos, por el ronzal de sus ideas, a creer en la bondad de lo imposible, diciéndonos que los zafiros encontrados son sólo reflejos que quedan al aire cuando el ex cierra los ojos; y las esmeraldas, señales de esperanza de que nunca se atreverían a registrarlo.
Pedro Villarejo