¿Por qué usted dice que tengo problemas mentales? No, ¿por qué insiste?

1 de junio de 2026
4 minutos de lectura

“El mundo es un teatro donde los más peligrosos son aquellos que creen tanto en su papel que, cuando se les cuestiona, reaccionan con la violencia de quien teme perder su única identidad”. — Hannibal Lecter, El silencio de los inocentes

En el ejercicio riguroso de la psicología forense, resulta fascinante observar cómo la fachada de normalidad de un individuo es, a menudo, una estructura de cristal extremadamente frágil que oculta fracturas profundas. Muchas personas con trastornos psiquiátricos logran mimetizarse en la vida cotidiana mediante lo que denominamos una máscara social; sin embargo, esta estabilidad es puramente aparente y está sujeta a la presión constante de cualquier estímulo, por nimio que sea, que invite a una mínima introspección. Cuando un observador técnico pregunta a un sujeto «¿se siente usted bien?», al percibir un semblante extraño o una disonancia evidente en su conducta, la respuesta que emana del sujeto no es la del individuo sano que descarta la inquietud ajena, sino la de quien se siente amenazado por su propia realidad interna, revelando que su sistema defensivo se encuentra en estado de alerta permanente.

La reacción típica de una persona sin patologías ante tal interrogante sería una extrañeza moderada, una respuesta cordial de negación o una breve explicación sobre su estado sin mayor relevancia emocional. En cambio, cuando el sujeto responde con un estallido defensivo diciendo: «¿por qué usted se empeña en decirme que yo tengo problemas mentales? Yo no tengo problemas mentales», estamos ante un fenómeno de proyección reveladora. La pregunta inicial del observador no contenía ninguna referencia explícita a la psiquis, pero el sujeto, al sentirse asediado por su propia fragilidad, proyecta su temor inconsciente hacia el exterior y termina «confesando» la existencia de un problema que nadie, hasta ese preciso instante, había mencionado.

“La negación defensiva es, en esencia, un mecanismo que delata la existencia de un conflicto psíquico que el sujeto intenta, infructuosamente, mantener fuera de su consciencia”. — Sigmund Freud

Como bien señala Carl Jung“el inconsciente no puede ser engañado; a menudo, el paciente revela su diagnóstico no a través de lo que confiesa, sino a través de lo que intenta negar con demasiada energía”. Esta vehemencia, lejos de demostrar un estado de cordura, actúa como una señal de alarma clínica de alta precisión. La respuesta acalorada del sujeto delata que la noción de enfermedad mental es una preocupación constante y dominante en su vida privada, lo cual confirma que su «normalidad» es apenas un esfuerzo consciente y agotador por mantener a raya una patología que ya se manifiesta, de manera incontrolable, en sus reacciones interpersonales más básicas.

Desde la perspectiva de la psiquiatría clínica, Karl Jaspers observaba que “el fenómeno de la negación apasionada es una evidencia de la ruptura de la autoconciencia, donde el sujeto necesita reafirmar su yo frente a una realidad que él mismo siente que se desmorona”. Cuando alguien reacciona de forma tan desproporcionada, está intentando, mediante la agresión verbal, evitar la angustia insoportable que le produce el hecho de que su máscara ha sido vulnerada por una simple mirada profesional. La falta de control en la respuesta es, en sí misma, el síntoma más claro de la descompensación del juicio de realidad que el sujeto intenta ocultar desesperadamente.

La psicología forense nos permite entender que esta autodelación es el resultado directo de un «yo» fracturado que busca refugio en la negación. Al exigir que el interlocutor no le tilde de enfermo, el sujeto está externalizando un conflicto interno que le sobrepasa. No se trata solo de una respuesta impulsiva frente a un tercero, sino de un síntoma inequívoco de que el juicio de realidad ha sido severamente perturbado. La persona no está reaccionando a las palabras literales del otro, sino a la sospecha interna de que su precario equilibrio se ha hecho evidente ante un ojo experto, validando la confirmación diagnóstica de que carece de la introspección necesaria para aceptar su propia condición psiquiátrica.

En este sentido, autores contemporáneos de la talla de Otto Kernberg han subrayado que “la estructura de personalidad fronteriza a menudo se manifiesta mediante una fachada social impecable, pero ante la mínima frustración o señalamiento clínico, el sujeto recurre a mecanismos de defensa primitivos como la proyección masiva, revelando así su profunda desorganización interna”. Esta observación fundamental refuerza la idea de que la reacción agresiva ante una pregunta inofensiva no es un evento aislado ni casual, sino la fisura por la cual se filtra una organización de personalidad que ha perdido, de forma definitiva, su capacidad de autorregulación frente a la mirada escrutadora del perito.

Asimismo, Wilfred Bion sostenía con gran acierto que “la incapacidad para soportar la verdad sobre la propia mente conduce inevitablemente a una alienación proyectiva, donde el individuo expulsa hacia el exterior aquello que le resulta insoportable reconocer en su interior”. Cuando el sujeto clama, con una energía desbordada, que no tiene problemas, está intentando desesperadamente expulsar de sí el diagnóstico que su propia conciencia, en el fondo, ya reconoce como una realidad innegable. Es un proceso de autoexposición que el sujeto, paradojalmente, intenta presentar como su única defensa posible ante el mundo exterior.

Es pertinente recordar la perspectiva de Aaron Beck sobre la distorsión cognitiva: “El pensamiento negativo obsesivo se convierte en un mecanismo de defensa cuando el sujeto siente que su percepción del mundo está siendo cuestionada, disparando una respuesta de lucha que delata la fragilidad del autoconcepto”. La respuesta del sujeto no constituye un diálogo real, sino un acto reflejo de protección ante una verdad que, aunque no ha sido pronunciada en voz alta por el observador, ya habita en el espacio compartido de la interacción clínica. Es el momento en que la estructura defensiva colapsa y permite ver la patología subyacente que siempre estuvo allí.

Por consiguiente, cuando una persona es incapaz de gestionar una duda razonable sobre su bienestar y responde atacando, no solo se expone ante el profesional, sino que valida la necesidad urgente de un examen clínico riguroso. Este tipo de autodelación es la prueba fehaciente de que el mecanismo de defensa ha fallado completamente, dejando al descubierto la patología que se pretendía ocultar. La psiquiatría moderna confirma que, en estos casos, la negación apasionada no es el final del problema, sino la confirmación definitiva de que el trastorno psiquiátrico está controlando el comportamiento del sujeto.

“Aquello que negamos con vehemencia ante los demás es, frecuentemente, el reflejo de la lucha que sostenemos en el silencio de nuestra propia patología”. — Melanie Klein

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

Responder

Your email address will not be published.

No olvides...

La crisis sistémica del poder judicial en el Zulia

"La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho". — Ulpiano…

«El trastorno explosivo intermitente de la abuela Adams: la fisura psiquiátrica»

"Un censor una vez intentó hacerme una encuesta. Me comí su hígado con un poco de habas y un buen…

Entre la excelencia académica y la indigencia intelectual en la judicatura. ¿De qué lado está usted?, porque no son todos los que están, ni están todos los que son

«El abogado, y más aún el juez, que no vive en el estudio constante, se convierte en un peligro público;…

¡Fuera de aquí, aberración!

“El psicópata es un depredador que ve a la sociedad como un campo de juego diseñado para satisfacer sus propios…