«El trastorno explosivo intermitente de la abuela Adams: la fisura psiquiátrica»

31 de mayo de 2026
3 minutos de lectura

«Un censor una vez intentó hacerme una encuesta. Me comí su hígado con un poco de habas y un buen vino Chianti», Hannibal Lecter, El silencio de los inocentes.

«El narcisismo es el cimiento sobre el que se alza la tríada oscura: psicopatía, narcisismo y maquiavelismo», sostiene el psiquiatra Delroy Paulhus. Al aplicar este diagnóstico a la abuela Adams, no hallamos a una líder, sino a una depredadora que instrumentaliza su investidura para el beneficio personal. Su narcisismo se nutre de un delirio de grandeza, mientras que su maquiavelismo le permite diseñar esquemas de extorsión, cohecho y chantaje para enriquecerse ilícitamente. Esta figura ha corrompido la institución a su cargo, acumulando una fortuna de dinero negro que ostenta mediante signos exteriores de riqueza. Su carencia absoluta de remordimientos la lleva a sacrificar el bienestar de los profesionales bajo su mando en el holocausto de su propia codicia, utilizando el cargo para amasar un patrimonio obtenido a través de actos delictivos que hoy reposan, detallados, en expedientes custodiados por investigadores que aguardan el momento de la exposición pública.

El núcleo de su conducta es el trastorno explosivo intermitente (TEI), una patología caracterizada por episodios recurrentes de agresividad impulsiva, desproporcionada e incontrolable frente a cualquier provocación mínima. Para la abuela Adams, este trastorno no es un arrebato accidental, sino una herramienta de dominación. Cuando ella siente que su incompetencia o sus actos de corrupción están a punto de ser descubiertos, activa esta agresividad como una medida profiláctica. Su violencia —gritos, insultos, denigraciones— funciona como una barrera defensiva para aterrorizar a quienes sospecha que poseen las pruebas de su traición institucional. Al desmoronarse su fachada de dulzura ante el público, emergen su verdadero yo y su agresividad, revelando que su explosión es, en realidad, un grito de pánico ante el miedo a ser despojada de su poder y desenmascarada ante la sociedad.

Su estrategia de mando es el trato diferenciado: una manipulación calculada donde otorga un trato correcto a quienes considera aliados o útiles para su fachada, mientras reserva un trato de incorrección, vejámenes y degradación para aquellos profesionales independientes o externos que representan una amenaza para su estabilidad o que ella decide aplastar.Con ellos, aplica el efecto Golem: al someterlos a una expectativa de fracaso constante y humillación pública, busca anular su capacidad de cuestionamiento. Su agresión no es falta de comunicación, es una táctica deliberada. Utiliza el improperio y la grosería como mecanismos de coerción para proteger su red de corrupción. Este comportamiento, propio de una figura que sufre el síndrome de hubris —un orgullo desmedido y una pérdida de contacto con la realidad producto de su poder—, la vuelve patológicamente no idónea para ejercer mando alguno.

«El sujeto maquiavélico es un estratega emocional que utiliza la máscara de la moralidad para ocultar su vacío ético», advertía el psiquiatra Hervey Cleckley. La abuela Adams es una analfabeta funcional en su propia profesión. Al carecer de conocimientos técnicos sólidos, se refugia en el efecto Dunning-Kruger: una incapacidad cognitiva para reconocer su propia ineptitud. Cuando un profesional le presenta una evidencia que demuestra su ignorancia, ella se siente ofendida, pues su psiquismo no permite la admisión de su vacuidad intelectual. Prefiere reaccionar con un volcán de agresión verborreica antes que enfrentar el hecho de que merece un «póngale cero» por su desconocimiento técnico. Esta reacción violenta es la prueba definitiva de su patología; ante la verdad de su incapacidad, el psicópata siempre optará por la negación destructiva contra el portador de la verdad.

La dinámica de control de la abuela Adams responde a lo que el psicólogo forense Robert Hare denomina el núcleo de la depredación emocional. Su inconsistencia afectiva genera un clima de inseguridad crónica donde nadie está a salvo. Esta autoridad no promueve el desarrollo, sino que ejerce una vigilancia punitiva que castigaría cualquier atisbo de autonomía o inteligencia crítica. A pesar de sus esfuerzos por ser el centro, su conducta solo logra alienar a sus colaboradores, perpetuando un aislamiento emocional que ella confunde con un respeto ciego. El daño que infringe no se detiene, pero su estructura de poder es frágil, construida sobre el engaño y el atropello, convirtiéndose en un laberinto donde su propia patología se convierte en la principal causa de su inminente colapso.

«La envidia es el cáncer del psiquismo y el motor principal de las conductas destructivas en la tríada oscura», señalaba la psicoanalista Melanie Klein.

La abuela Adams transforma cada entorno en un escenario de tensión insoportable mediante maniobras calculadas. Su tendencia a la devaluación constante es el arma con la que intenta nivelar el campo de juego, eliminando a quienes demuestran capacidad o ética superior a la suya. Sin embargo, no hay ocultamiento que el tiempo no desvele, ni sombra que no sea finalmente alcanzada por la luz de la verdad. Aquellos profesionales que han sido objeto de su infamia han documentado minuciosamente cada acto de extorsión y cada abuso de poder.

Ella vive bajo la sombra de su propia maldad, aguardando el momento en que la estructura que ha edificado se derrumbe, comprendiendo, finalmente, que su caída es un proceso inevitable.

«La gente no viene a mí por miedo, sino porque necesita desesperadamente que alguien, cualquiera, les diga qué hacer con sus propios monstruos», Hannibal Lecter, El silencio de los inocentes.

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