Me contaban que un fraile bueno y virtuoso celebraba también con excelente regocijo las comidas abundantes que se compartían en el convento los días de los patronos. Con una inevitable cara de satisfacción, a los postres, el anciano religioso murmuró satisfecho: “Qué bueno es Dios con nosotros al darnos, además de este banquete, la vida eterna”.
Afortunadamente vivimos en una sociedad con leyes garantistas, defensoras en todo momento de las posibilidades que tiene cada enjuiciado y condenado en primera instancia, para recurrir a tribunales superiores hasta el más infinito de los cansancios. Nuestro expresidente pone cara de estar en el limbo, sabiendo que el limbo ya no existe, pero que él manifiesta como creador de una actitud que a nadie ya convence. Como le han advertido que no salga de España porque Maduro es el peor referente, él recurrirá a las últimas instancias hasta que se llenen de arrugas las lentitudes y ya no pueda ir a la cárcel, sino al banquete de su libertad y a la abundancia de sus recursos.
Ante juicios infinitos de aplicaciones imposibles, podrá exclamar también agradecido: “Y después, la vida eterna”.