El interno Juan Antonio Flores, de 44 años, casado y padre de tres hijos, quien desde hace un año se halla fugado de la cárcel por la criminal desatención médica que ha sufrido en las cárceles donde ha estado recluido por un delito económico, presenta hoy para Fuentes Informadas la segunda entrega de su diario carcelario.
En el capítulo 1, Flores cuenta qué y cómo se sintió al ingresar en la cárcel de Soto del Real para cumplir una condena de 9 años por un delito económico, cuyo importe económico devolvió para aminar la pena.
En la cárcel le han destrozado su salud por déficit sanitario y no le llevaban a los especialistas para que le curasen los graves efectos que le estaba ocasionando la diabetes tipo 1 que se le generó durante su estancia en Soto del Real.
Tan graves son las dolencias sanitarias que sufrió sin que la cárcel le tratase adecuadamente (glaucoma, cojera, sordera y hasta un tumor en la pierna que requirió cambiarle el fémur por una prótesis), que el Ministerio del Interior, según tiene Flores acreditado, le indemnizó en secreto con 1,37 milones para que retirase la querella que interpuso contra los directivos y médicos de Soto del Real.
Interior no ha explicado aún de dónde sacó esa enorme cantidad de dinero.
A continuación, el CAPÍTULO DOS del diario carcelario escrito por el interno Juan Antonio Flores. En este momento aún no había sufrido la desatención médica, llevaba en Soto unas semanas y empezó a notar cosas extrañas en cómo le trataban dentro tras no seguir las orientaciones que le dieron respecto a qué abogado debía contratar.
«Busca a esta abogada y en dos semanas estás fuera…». Flores no hizo caso.
Los rebeldes están mal vistos. Un simple funcionarios, si quiere, le amarga la vida a cualquier preso. Le pone un parte, sobre algo cierto o incierto, presunción de veracidad para el funcionario, y eso trae serias consecuencias.
Este es el capítulo 2, escrito por el propio Flores.
«Después de semanas notando cómo el ambiente alrededor de mí empezaba a cambiar, ocurrió algo que jamás entendí realmente. Sin ninguna sanción. Sin ningún parte. Sin una explicación lógica o un motivo claro. Simplemente decidieron trasladarme al módulo 8.
Y ahí empezó para mí una historia completamente distinta a la vivida hasta ese momento.
El módulo 8 no tenía nada que ver con el 4. Era mucho más duro visualmente. Más antiguo. Más sucio. Con internos que llevaban muchísimo más tiempo dentro de prisión y que ya conocían perfectamente cómo funcionaba todo aquello.
Pero curiosamente, dentro de ese ambiente mucho más pesado, también encontré algo que no había visto antes: códigos.
Porque cuanto más tiempo lleva alguien en prisión, más importancia tiene el respeto. Allí no se faltaba a la palabra tan fácilmente. No se humillaba gratuitamente. No se intentaba devaluar constantemente a la otra persona como ocurría en otros módulos.
Evidentemente había de todo, como en cualquier sitio, pero existían ciertas líneas que nadie cruzaban a la ligera.
Yo ya me había tomado todo aquello como algo personal.
Pero entendí que si quería sobrevivir mentalmente en prisión tenía que convertirme en alguien todavía más fuerte. Y empecé a entrenar como una auténtica bestia.
Horas y horas. Gimnasio. Crossfit. Boxeo. Fútbol. Rutinas maratonianas todos los días. Me daba igual el cansancio. Era mi forma de mantener la cabeza viva dentro de un sitio que intenta destruirte poco a poco.
Y la gente empezó a fijarse y seguirme.
Entraban internos al gimnasio y me veían entrenar sin parar. Españoles. Albaneses. Gente de países del Este que llevaban años privados de libertad y que respetaban muchísimo la disciplina física.
Muchos se ponían conmigo a entrenar, a boxear o simplemente a compartir esas horas donde el cuerpo se convierte en la única manera de escapar mentalmente de la prisión.
Y eso no pasó desapercibido.
El jefe de módulo allí era Carlos. Y Carlos no tenía nada que ver con lo que yo había vivido en el módulo 4. Era completamente distinto.
Un hombre serio, con principios, que observaba cómo hacías las cosas bien o mal, pero sin prejuicios ni juegos raros. No necesitaba manipular a nadie ni generar tensión constante para mantener el orden. Era profesional de verdad.
Yo seguía siendo igual de reservado. Nunca he hablado demasiado. Pero él observaba. Observaba cómo me comportaba, cómo entrenaba, cómo otros internos empezaban a acercarse a mí y cómo, poco a poco, cada vez tenía más gente alrededor.
En aquella época, además, por los módulos corrían nombres muy conocidos como López Viejo (caso Gürtel), Rodrigo Rato, Bárcenas o algunos de los implicados en el procés. Gente de todo tipo.
Empresarios, políticos y perfiles mediáticos que habían acabado allí dentro.
Recuerdo perfectamente escuchar conversaciones constantes sobre disputas internas, privilegios, destinos de módulos y comentarios que parecían más propios de tertulias políticas que de un centro penitenciario. Aquello era una mezcla surrealista entre prisión común y titulares de periódico caminando por los patios.
Gracias a mis estudios de ingeniería electromecánica, me ofrecieron en la cárcel entrar a trabajar en uno de los talleres más valorados de prisión.
Lo llamaban “la NASA”. Y no era una exageración para lo que significaba estar allí dentro. Era un centro avanzado donde se realizan esquemas eléctricos y trabajos técnicos para una empresa del corredor del Henares. Un puesto que muchos internos tardaban años en conseguir.
Cuando vieron mi experiencia y cómo trabajaba, me metieron directamente.
Para mí aquello era sencillo. Era mi mundo. Lo hacía prácticamente con los ojos cerrados. Y eso también empezó a llamar la atención de los funcionarios.
El sueldo rondaba los 500 euros mensuales, algo que dentro de prisión era prácticamente un privilegio. Pero más importante que el dinero era lo que significaba realmente: confianza, responsabilidad y la sensación de volver a sentirte útil.
Y no solo eso.
También me nombraron ordenanza del polideportivo. Me encargaba del orden, de coordinar actividades, organizar entrenamientos y ayudar en todo lo relacionado con el gimnasio y las clases deportivas.
Y, sinceramente, ahí empezó probablemente la mejor etapa que viví dentro de prisión.
Hice amistades de verdad.
Y empecé a rodearme de gente mucho más competente, mucho más humana y muchísimo más equilibrada que la que había conocido cuando entre en prisión.
Por primera vez desde que había entrado en prisión, sentí que podía respirar un poco.
Pero además ocurrió algo que terminaría marcándome profundamente.
Durante aquellos meses empecé a leer numerosos autos y resoluciones del magistrado Arturo Beltrán, a quien muchos internos llamaban irónicamente “san Arturo” por la enorme influencia que tenía dentro de determinados procedimientos penitenciarios.
Y cuanto más leía, más entendía que el verdadero poder no estaba en los patios ni en los módulos, sino en los despachos donde se decide el destino de las personas.
Aquello despertó algo dentro de mí.
Comprendí que el Derecho no era solamente un conjunto de leyes. Era la diferencia entre que alguien conserve o pierda completamente su dignidad.
Y por eso decidí inscribirme en la UNED para realizar mis estudios de Derecho.
Necesitaba entender el sistema desde dentro. Necesitaba comprender cómo funcionaba realmente todo aquello que estaba viviendo. Mientras muchos contaban los días para salir, yo empecé a obsesionarme con estudiar, leer resoluciones judiciales y entender cada palabra jurídica que caía en mis manos.
Era mi manera de recuperar mentalmente una parte de mí que la prisión todavía no había conseguido destruir.
Pero la cárcel nunca deja que te acomodes demasiado tiempo.
Porque cuando apenas llevaba unos meses en el módulo, entrenando, trabajando y ganándome poco a poco el respeto tanto de internos como de funcionarios, me volvió a pasar algo inesperado.
Esta vez en un módulo de respeto.
Porque con aquellos trabajos ya eras considerado “productivo” para la prisión. Útil. Valioso. Y además llegaba el verano de 2019. Yo tenía el título de socorrista en vigor y allí prácticamente nadie lo tenía.
Después de años sin funcionar correctamente, querían volver a abrir la piscina y necesitaban a alguien que pudiera asumir ese papel.
Y ahí empezó probablemente mi mayor valoración dentro de prisión.
Porque había que impresionar. Había que demostrar imagen cara a la calle, organización y normalidad delante de determinados perfiles políticos y mediáticos que estaban ingresados en aquellos módulos especiales. Y mi función allí empezó a ser muy clara.
No pude evitar hacerme una pregunta que todavía sigo teniendo en la cabeza:
¿Entonces ahora sí era una persona “válida” para un módulo de respeto?
Porque yo era exactamente la misma persona desde el primer día que crucé aquellas puertas.
La única diferencia era que ahora ya había demostrado delante de todos que no podían romperme.
Y mientras algunos internos tenían que pasar meses o años demostrando quiénes eran realmente, otros —especialmente determinados perfiles políticos o mediáticos— parecían entrar directamente a ciertos módulos sin necesidad de demostrar absolutamente nada.
Todavía hoy sigo preguntándome por qué.
Ahí llegó el verano.
Y con él empezó la mayor desgracia que viví dentro de prisión. Una situación que estuvo a punto de costarme la vida, estuve en coma, por negligencia médica de la cárcel, cuyas consecuencias arrastro a día de hoy.
Eso os lo contaré en el siguiente capítulo.