Leticia Sala publica este miércoles 13 de mayo su ensayo Dame veneno que quiero vivir (Anagrama), una obra en la que analiza el impacto de la industria cosmética y la presión estética en las mujeres. La autora sostiene que la industria juega con un «pensamiento mágico» que inocula el miedo al envejecimiento para vender soluciones inmediatas. Tras investigar el sector, Sala afirma que, aunque la presión social es casi inevitable, comprender sus mecanismos ayuda a afrontar este fenómeno con una conciencia más crítica.
En el texto, la escritora identifica dos pilares que sostienen este sistema: el machismo y el edadismo. Sala describe estos conceptos como «monstruos» que se retroalimentan y dificultan un proceso tan natural como es el paso del tiempo. Para profundizar en esta realidad, ha entrevistado a mujeres de diversos perfiles, desde niñas hasta mujeres trans, buscando crear un «flujo de conciencia» que evite el juicio categórico y la división entre las propias mujeres por sus decisiones personales.
Una de las tesis centrales del libro es que la actual obsesión por el rostro no es casualidad, sino una respuesta al auge del movimiento body positive de la década de 2010. Según Sala, cuando parecía que se ganaba terreno en la aceptación de la diversidad de cuerpos, la industria desplazó el foco de vigilancia hacia la cara, convirtiéndola en un nuevo territorio de control. Sin embargo, la autora aclara que su intención no es generar culpabilidad en quienes deciden hacerse retoques, sino denunciar la falta de espacios para las mujeres mayores.
Sala también alerta sobre la llegada de esta presión a la infancia, analizando tendencias como las Sephora kids. Para la escritora, no se debe normalizar que niñas pequeñas empleen su tiempo en rutinas de cuidado de la piel en lugar de jugar. Ante este escenario, reclama una regulación publicitaria más estricta que prohíba términos como «antienvejecimiento» en campañas dirigidas a menores y un control firme por parte de las autoridades sobre el contenido en redes sociales.
Finalmente, el ensayo explora la estética como una posible declaración política, citando fenómenos como la Mar-a-Lago Face del entorno de Donald Trump, donde el retoque maximalista busca ser evidente. Sala reflexiona sobre si la arruga terminará siendo interpretada como una marca ideológica, subrayando que el rostro se ha vuelto un elemento «inescapable» que comunica nuestra posición ante el mundo incluso antes de que lleguemos a pronunciar una sola palabra.
«Uno está bajo el paraguas de la presión estética y de la industria cosmética y eso siempre va a ser más fuerte que uno mismo. Pero me veo con la cabeza un poquito más amueblada tras haber investigado sobre el tema», ha explicado la autora en una entrevista con Europa Press.