Así es como se ha dado en llamar a una antología poética de mi amigo José Manuel Martín Portales, a la que tuve el honor de prologar. Pero el título no acompaña a la verdad de una lectura que fatiga por lo intensa y que, si se niega a ser descubierta del todo, es porque todo vivir sigue siendo un misterio. El poeta calla mucho más de lo que dice por no agraviar al ignorante.
Asistimos estos días, sin embargo, a una multitud de comparecientes ante los tribunales de justicia cuyos relatos no expresan la nada porque la nada sea inexplicable, sino que la han escondido porque “su nada” ha sido “un todo” vergonzoso del que “no se acuerdan” ya que tienen envenenada la memoria con el cianuro de los intereses. La osadía en sus diferentes descaros debería ser argumento de tesis doctorales.
Se sabe que mienten, como testigos obligados a decir la verdad, y no pasa nada. Ya se ha comprobado que a algunos, por mentir tan bien, le han correspondido con alguna consejería generosamente remunerada. Son malas gentes con apariencia de buenas que, como náufragos, se suben a la primera barca que pase. Aun así, no encontrarán orilla.
Plena de razón la crónica. Conocemos de antemano ciertas declaraciones ante los tribunales. Cuando testigo y posible investigado podría ser lo mismo la parafernalia de lo que se cuenta, efectivamente, es la nada. Nada sorprende, excepto la sensación aparente de que este mundo está hecho para los mismos.