A veces creemos ser lo que no somos. Incapaces de distinguir el valor del precio. Si el acto debe justificarse, entonces el gesto realizado no ha sido el correcto. Seguir órdenes afectadas por los escombros o ampararse en la falsa creencia de la buena voluntad no reconvierte en noble la actuación viciada.
Reunidos en torno a la mesa, la diferencia entre hombres solo es el precio que cada uno se pone así mismo. Algunos se ofrecen de saldo, apenas nada. Es evidente que no todo vale. Que el temor o miedo a perder lo que en realidad no se tiene no debería condicionarnos hasta el extremo de sobrepasar las mínimas reglas de la ética y razón.
Si deseamos construir para todos, dejar algo que mínimamente valga la pena, no deberíamos exhibir balances ni cifras. Los que se oponen con sensatez, y aún se indignan, son los que merecen la pena y acabaran dejando huella. El resto puede seguir pasando hasta que definitivamente desaparezcan.