El belicismo arrecia en un mundo incierto

9 de abril de 2026
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Bombardeo israeli en Jiyam, al sur de Líbano. | Fuente: EP

Con Donald Trump, Washington parece haber renunciado a su rol de garante del orden internacional liberal para adoptar una postura obstinada y solitaria

El frágil cese al fuego entre Irán y Estados Unidos, que había sido negociado con pinzas por la diplomacia de Pakistán, se está tambaleando, y, con él, la seguridad del mundo entero se asoma al precipicio.  

Los ataques con bombas y misiles, como los que vimos ayer en Líbano y otros puntos estratégicos de Oriente Medio, no son sólo fogonazos de violencia aislada, sino el eco de una inestabilidad que amenaza con devorar los equilibrios geopolíticos globales. 

Esta nueva espiral de violencia llega en un momento de especial vulnerabilidad; la economía mundial apenas comenzaba a recuperar el aliento tras las secuelas de la pandemia, y una conflagración de esta escala en el corazón energético del planeta amenaza con disparar los precios, romper las cadenas de suministro, atorar el flujo de los insumos y hundirnos en una nueva era de precariedad.

Lo que estamos presenciando hoy no es una excepción geográfica o un malentendido diplomático; es el síntoma más agudo de una tendencia que ha marcado el último lustro: el retorno del belicismo como una herramienta legítima –o al menos peligrosamente tolerada– de la política internacional. Como si de una versión moderna de la Caja de Pandora se tratase, una vez que se levanta la tapa de la agresión militar, los males que emergen resultan casi imposibles de volver a confinar. 

La invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022 fue el momento en que el dique de las normas básicas de convivencia internacional terminó de agrietarse. Desde entonces, el uso de la fuerza militar ha dejado de percibirse como el fracaso absoluto de la política para transformarse, en diversos rincones del planeta, en una opción estratégica viable para dirimir disputas territoriales o ideológicas.

Las cifras, frías y contundentes, respaldan esta percepción de un mundo que se prepara para lo peor. Según los datos del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), el gasto militar mundial en 2025 fue de 2.63 billones de dólares, alcanzando el nivel más alto desde que existen registros comparables. Este incremento no es un fenómeno aislado de las superpotencias tradicionales. Incluso regiones que históricamente se mantenían al margen de estas fiebres militares están desviando recursos vitales hacia la defensa, confirmando que el miedo es hoy la moneda de cambio global.

Sin embargo, lo más preocupante no es sólo el volumen del gasto, sino la naturaleza misma de la guerra contemporánea. El conflicto se ha vuelto sofisticado y, paradójicamente, más impersonal. El auge de los drones, los sistemas autónomos y las capacidades cibernéticas ha transformado el campo de batalla en un espacio donde la distancia física entre el atacante y el atacado se ensancha. 

Esta deshumanización de la guerra reduce drásticamente los costos políticos inmediatos para quienes toman las decisiones. Es mucho más sencillo autorizar un ataque cuando no hay cuerpos que regresan en ataúdes envueltos en banderas.

El resurgimiento del espíritu bélico coincide con un deterioro alarmante del multilateralismo. Las instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial para evitar que la humanidad se destruyera a sí misma, con la ONU a la cabeza, atraviesan una crisis de relevancia sin precedentes. 

En este tablero, el papel de EE UU es crítico. Con Donald Trump, Washington parece haber renunciado a su rol de garante del orden internacional liberal para adoptar una postura obstinada y solitaria. Al privilegiar intereses inmediatos sobre las reglas colectivas, se ha generado un vacío de poder que otros actores están más que dispuestos a llenar con agresividad.

El resultado es un sistema fragmentado donde impera la lógica de suma cero: para que uno gane, otro debe perderlo todo. La carrera armamentista no es sólo un síntoma de desconfianza, es su principal combustible. Cada nuevo misil en un lado de la frontera es percibido como una amenaza existencial en el otro, alimentando un efecto dominó que parece no tener fin. La Caja de Pandora permanece abierta y los males que de ella escaparon –la incertidumbre, el miedo y la violencia– se han instalado como rasgos permanentes de nuestra realidad.

*Por su interés reproducimos este artículo de Pascal Beltrán del Río publicado en Excelsior.

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