En los últimos años, fumar shisha se ha convertido en una práctica social cada vez más extendida, especialmente entre jóvenes. Su estética relajada, su aroma dulce y la falsa sensación de ser menos dañina que el cigarrillo han contribuido a su popularidad. Sin embargo, nuevos estudios ponen el foco en un riesgo que muchos desconocen: la posible intoxicación por monóxido de carbono (CO), incluso en situaciones aparentemente seguras.
La shisha —también conocida como hookah o narguile— funciona mediante la combustión de carbón que calienta el tabaco. Es precisamente este proceso el que genera monóxido de carbono, un gas incoloro e inodoro, pero altamente peligroso. A diferencia de lo que muchos creen, el paso del humo por el agua no elimina estas sustancias nocivas.
Los datos recientes muestran una realidad preocupante. La intoxicación por CO asociada al consumo de shisha no es algo anecdótico, sino una situación que se repite con cierta frecuencia. En muchos casos, afecta a personas jóvenes que consumen en grupo, especialmente en espacios cerrados como cafeterías o locales.
Los síntomas pueden aparecer de forma repentina y, en ocasiones, incluso después de abandonar el lugar. Entre los más habituales destacan el dolor de cabeza, la fatiga, los mareos o incluso la pérdida de conocimiento. También se han registrado náuseas, debilidad y, en situaciones más graves, alteraciones neurológicas como convulsiones.
Uno de los aspectos más preocupantes es que este riesgo no desaparece al fumar poco tiempo o hacerlo al aire libre. De hecho, algunos casos se han producido tras menos de una hora de consumo o incluso en espacios abiertos. Además, la exposición pasiva —es decir, estar cerca de alguien que fuma shisha— también puede provocar efectos negativos.
Esta realidad desmonta uno de los mitos más extendidos: que fumar shisha es una alternativa más “suave” o segura. En términos de exposición al monóxido de carbono, puede ser incluso más peligrosa que otros métodos de consumo de tabaco.
Más allá de los efectos inmediatos, la exposición continuada al monóxido de carbono puede derivar en problemas de salud a largo plazo. Entre ellos, destaca la policitemia, una alteración en la sangre que aumenta el número de glóbulos rojos como respuesta a la falta de oxígeno. Este tipo de afección suele aparecer en personas que consumen shisha de forma habitual.
Ante este escenario, los expertos insisten en la importancia de la prevención. En espacios cerrados, es fundamental contar con sistemas de ventilación adecuados y detectores de monóxido de carbono. Estos dispositivos pueden marcar la diferencia entre una situación controlada y un episodio grave.
También es clave fomentar la información. Muchos usuarios desconocen los riesgos reales de esta práctica y la asocian únicamente a un momento de ocio. Sin embargo, entender que el monóxido de carbono es un enemigo silencioso puede ayudar a tomar decisiones más responsables.
En definitiva, la shisha no es tan inocente como parece. Y en cuestiones de salud, lo que no se ve… también puede hacer daño.