Escribo estas líneas con el corazón dividido entre el asombro del descubrimiento y el dolor de su pérdida irreparable. Hace algún tiempo, se halló entre los restos de una vieja biblioteca de un caserón de Fuentidueña de Tajo, un Misal del siglo XII, encuadernado en madera y piel de ciervo. Lo que contenía en sus márgenes era una profecía prohibida sobre nuestra Reina Urraca I y el pueblo romaní.
El hallador de tan antiguo texto, pasó semanas transcribiendo cada palabra al castellano actual, fascinado por una caligrafía que parecía quemar el pergamino. Pero la tragedia llegó de la mano de lo cotidiano: en el caos de las reformas de la desvencijada casa, alguien que no supo ver más que papel viejo y humedad, seguramente arrojó el misal a la basura.
Buscó el hallador en cada rincón, en cada contenedor, pero el objeto físico no volvió a ser encontrado. Sin embargo, no se perdió algo muy interesante de su contenido. Se logró salvar la transcripción íntegra de lo que aquel clérigo anotó hace novecientos años.
Lo que sigue no es ficción; es el testimonio de un libro que el tiempo guardó para nosotros y que el descuido nos arrebató justo después de darnos su mensaje. Fuentidueña tiene una enorme deuda con su propia historia. Y yo, como último depositario de ese mensaje, me dispongo a revelarlo.
A veces la historia no se busca, se encuentra. El hallador de tan antiguo texto se vio sumergido en una labor casi arqueológica: clasificar una biblioteca olvidada, donde legajos de cuentas agrícolas se mezclaban con devocionarios desdentados por los siglos. Allí, oculto entre la humedad y el olvido, apareció un ejemplar que le detuvo el pulso: un Misal de transición del siglo XII, encuadernado como hemos dicho en madera y piel de ciervo.
Lo que hacía a este libro tan excepcional no era sólo su antigüedad, sino las glosas marginales (anotaciones al margen) escritas en una letra carolina tardía, propias de un clérigo de la corte de la Reina Urraca I.
Tras semanas de limpieza y estudio de su tinta ferrogálica, el hallador logró rescatar un pasaje que la historia oficial, por temor o dogma, decidió silenciar.
La anotación del libro traducida, narra una noche de tempestad en la fortaleza de Fuentidueña, donde a la Reina Temeraria —la primera mujer en reinar por derecho propio en la Cristiandad— se le apareció una mujer de «extrañas gentes y faldas de colores». Los antiguos conocedores de la historia auguraron que se trataba de una adivina romaní, un ser que parecía habitar en los pliegues del tiempo.
El texto original, en un romance castellano primitivo que aún eriza la piel, rezaba así:
<< … et tomo la mano de la Reyna et dixole: “Señora, vuestro nombre no morirá, ca en este lugar, quando la piedra cayere et fuere tornada a levanter, morarán los de mi sangre et harán casa de memoria para vos et para nos”>>.
La adivina profetizaba que, esa impresionante y magnífica fortaleza, tras siglos de progresivo desmoronamiento, y que la historia reconocerá como Castillo de Doña Urraca, renacería de sus ruinas para albergar un Sagrario de Memoria del Pueblo Romaní.
Una revelación asombrosa: la primera reina de España y la primera mujer de una estirpe libre, unidas en un pacto de piedra novecientos años antes de que los museos existieran.
Urraca rió ante aquel augurio, pero la extraña mujer desapareció con el alba dejando un aroma a romero que parece haber quedado impregnado en los cimientos de la fortaleza.
Hoy, mientras contemplo las ruinas del castillo, entiendo que no estamos ante la obligación de una simple restauración arquitectónica; sino que estamos ante un indudable mandato histórico que no se puede eludir.
Este hallazgo —del que sigo transcribiendo pasajes— nos obliga a mirar al castillo no como un histórico monumento en ruinas, sino como el escenario de una profecía que espera ser cumplida: la de su reconstrucción y recreación para albergar el Museo de Arte Romaní «Reina Urraca», un Sagrario de Memoria del Pueblo Romaní como estaba escrito en las guardas de un misal del siglo XII que el tiempo ha querido que llegara hasta nosotros, y que conociéramos al menos una parte importante de su contenido, para recordarnos quiénes somos, mediante un tesoro rescatado del abismo.
Muchos lectores del relato se habrán preguntado por la naturaleza física del libro. No es para menos; la historia no es solo lo que se cuenta, sino el soporte que la custodia. Hoy, mientras la luz del atardecer entra por el ventanal de mi despacho y acaricia las hojas de mi cuaderno de notas, quiero describirles cómo es —o cómo se siente— tocar un pedazo del siglo XII.
El ejemplar no es un libro al uso. Su encuadernación, de una madera de roble pesada y forrada en una piel de ciervo oscurecida por el roce de cientos de manos, exhala un aroma inconfundible: una mezcla de polvo antiguo, cera de abeja y ese rastro metálico que deja la tinta ferrogálica al oxidarse sobre el pergamino.
Al abrirlo, el crujido de las páginas de vitela (piel de animal finísima) suena como un susurro de otra época.
Lo más fascinante, sin embargo, no es el texto litúrgico principal, sino las glosas marginales. En el folio 43, justo donde comienza el rito de la consagración, aparece la anotación que ha cambiado nuestra visión del castillo.
La anotación está escrita con una caligrafía apretada, una carolina tardía que se quiebra en los rasgos, delatando la urgencia de quien quería dejar constancia de la profecía de la adivina romaní antes de que el olvido la borrase.
Entre sus páginas había un exvoto: una pequeña estampa de tela basta, descolorida, que parecía marcar el pasaje de la Reina Urraca como si alguien, hace siglos, hubiera querido rezar por el cumplimiento de esa promesa.
Al pasar los dedos por el relieve de las letras, se siente el surco de la pluma de ave sobre el cuero; es una conexión eléctrica con aquel escribano anónimo que, en una celda de esta misma fortaleza, decidió que el destino del pueblo romaní y de nuestra «Reina Temeraria» debían quedar unidos para siempre.
Conocer el contenido de libro tan antiguo, no es sólo un privilegio; es una responsabilidad que quita el sueño. Cada mota de polvo que desprende parece una palabra que el tiempo intenta recuperar. Y, sobre todo, una responsabilidad aun mayor, gigantesca, como es el encargo que la historia nos hace a todos: el de reconstruir el castillo, y crear dentro del mismo el primer Museo Internacional de Arte Romaní de España, para dar gloria y hacer justicia.