Pablo lleva años viviendo en Dubái. Es periodista. Está acostumbrado a contar lo que pasa, pero esta vez lo ha vivido en primera persona. La madrugada en la que comenzaron los bombardeos desde Irán no la olvidará fácilmente. “Al principio hubo miedo y nervios”, reconoce. Las primeras explosiones se escucharon a lo lejos. Después, más cerca.
Según explica, los ataques llegaron tras días de amenazas y tensión en la región, después de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra territorio iraní. Lo que parecía una posibilidad lejana se convirtió en una realidad. “Empezaron a llegar ráfagas de cohetes y drones cada dos horas”, cuenta. Muchos fueron interceptados en el aire, pero algunos restos cayeron en distintas zonas de la ciudad.
Las explosiones no solo afectaron a áreas militares. También alcanzaron entornos residenciales, hoteleros y turísticos. “Han causado daños, miedo, tensión y caos”, resume. Aun así, insiste en que el mensaje oficial ha sido constante: todo está bajo control. Las autoridades han pedido calma y han recomendado no salir de casa.
Uno de los momentos más impactantes llegó a medianoche. Todos los móviles de la ciudad recibieron una alerta de emergencia. “Sonó altísimo. Te despiertas con el corazón acelerado”, describe. El aviso pedía buscar refugio ante la llegada de nuevos cohetes y drones. La escena fue inquietante. Silencio en las calles. Mensajes cruzados. Miradas de preocupación.
Con el paso de las horas, la situación fue estabilizándose. Pablo reconoce que al principio hubo escenas de pánico. Personas saliendo apresuradamente de sus viviendas. Familias intentando entender qué estaba pasando. Sin embargo, ahora la sensación general en Dubái es distinta. “Se percibe que está todo más controlado”, asegura.
Como padre de dos hijos, la experiencia ha sido especialmente delicada. “Cuando escuchan explosiones, les digo que son fuegos artificiales”, admite. Los niños hacen preguntas. Notan la tensión. Y él intenta protegerlos con palabras tranquilizadoras, aunque por dentro también sienta inquietud.
A pesar del miedo inicial, Pablo destaca la gestión de las autoridades. Habla de información constante, mensajes claros y una actitud firme para evitar el pánico colectivo. “Han transmitido calma en todo momento”, afirma. En su opinión, eso ha sido clave para que la ciudad no se paralice por completo.
La vida en Dubái continúa, aunque con cautela. Comercios abiertos. Tráfico reducido. Conversaciones marcadas por la incertidumbre. Nadie sabe cuánto durará la tensión. Pero muchos comparten la sensación de que la situación no irá a más.
Desde su casa, con el sonido lejano de alguna sirena y el teléfono siempre cerca, Pablo resume lo vivido con una mezcla de realismo y esperanza. Ha habido miedo. Ha habido caos. Pero también resiliencia. Y, por ahora, una ciudad que intenta seguir adelante pese a la tormenta.