De entre las muchas carencias que he de superar como español, sobre todo ahora en cuaresma, es mi escasa afición por asomarme al inefable relato de sorpresas que suponen los Premios Goya. Cada efemérides nos deleitan destacando a figuras distintas que uno no puede ni siquiera imaginar. Este año ha tocado meterse con las derechas, con el Rey, con la Iglesia (¡que ya era hora!) y, como se ha celebrado en Cataluña, tenía que resplandecer en la gala un idioma que, gracias al encomiable esfuerzo de los independentistas, está cobrando adeptos día a día: en todas las regiones de España, como brotes de olivo, se abren paso profesores para trasmitir al resto de los españoles la urgencia de parlar con el lirismo de sus adjetivos.
Confieso que parte de la noche la he ocupado en buscar, entre diccionarios y amigos de aquellas tierras, como se diría en catalán Rigoberta. Nadie ha sabido responderme certeramente. Y es que hay palabras, como personas hay, que no pueden traducirse.
Cuando acabé con el empeño me detuve en Silvia Abril, que ha empezado a amar el catolicismo del mismo modo primaveral que abril se abre en su apellido… ¡Así da gusto!