Fueron casi 15 minutos. Felipe González empleó estos casi 15 minutos para cerrar el acto organizado en el Antiguo Salón de Sesiones del Senado para presentar el libro ‘El Rey’. Con la presencia del rey Felipe VI y altas autoridades del Estado, como el presidente del Tribunal Constitucional (TC), Cándido Conde-Pumpido, políticos como Alberto Núñez Feijóo, el expresidente Mariano Rajoy, presentó este libro, en el que se recogen tres dictámenes del expresidente del TC, Manuel García-Pelayo (1980-1986), que abandonó su residencia en Venezuela para regresar a España a fin de cumplir su mandato y regresar luego a su segunda patria, Caracas, donde falleció en 1991.
En su discurso, el expresidente, que es prologuista del libro, ofreció más bien una charla pedagógica siempre con la mirada, el énfasis y las alusiones dirigidas a Felipe VI. Habló al hijo de Juan Carlos I sobre su padre, autodesterrado con la aquiescencia de la Casa de Su Majestad el Rey en Emiratos Árabes Unidos (EAU), desde el 4 de agosto de 2020. Y Felipe González habló sobre el papel de Juan Carlos I durante el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.
«Yo creo que está todo dicho, señor», empezó González para refutar, exactamente, que todo estaba dicho. Comenzó por Ucrania para dejar constancia que han pasado cuatro años desde la invasión ordenada por el «sátrapa Putin», pero bordó en torno a la figura del jurídico militar republicano que fue García-Pelayo un ataque al Gobierno de Pedro Sánchez, lo que arrancó a una concurrencia entregada -es la Cámara que el Partido Popular utiliza, con su mayoría absoluta, como arma de desgaste del Gobierno a través de la comisión inquisitorial Koldo- aplausos que él mismo intentó apagar con poco éxito, habida cuenta que implicaba politizar un acto con presencia del monarca.
«Hay algunos que piden que se levanten las sanciones a Delcy Rodríguez como si hubiera hecho algún mérito en el momento salvo obedecer algo a Marco Rubio (aplausos). Por tanto (aplausos), por favor, tendríamos que situarnos, que situarnos».
¿Cómo «situar», para utilizar el término felipista, un ataque al Gobierno en un acto institucional con presencia del Rey de España? Se trata de una obsesión. Y punto.
González ha puesto a Venezuela como espejo ante la España actual. A buen entendedor, pocas palabras.
El diagnóstico de García Pelayo era, según González que «Venezuela no es una democracia fuerte, es una partitocracia fuerte con instituciones débiles. Y si algunos de los partidos dan esa imagen de fortaleza de la democracia venezolana y está falla, arrastrará al otro partido. Y sin instituciones podemos entrar en un periodo de inestabilidad. Eso lo decía poco antes de morir, y poco antes del intento de [Hugo] Chaves de asaltar [golpe fallido] el Palacio del Gobierno [4 de febrero de 1992]. Dicho sea de paso, yo advertí a Carlos Andrés Pérez que era una osadía, porque había pasado por todos los cargos, de que le Iban a dar un golpe de Estado, y me dijo que no, que eso era absolutamente imposible. Y algún día no sé si me dará tiempo contaré por qué. Por tanto, yo conocía mucho a Manuel García Pelayo y le pedí a Su Majestad el rey Juan Carlos que hablara con el» [antes de que Adolfo Suárez le propusiera para incorporarse al Tribunal Constitucional].
González no suele dar puntada sin hilo. Da la impresión de que ha trasladado lo que él llama «el diagnóstico de García Pelayo» a la España actual.
Aunque no mencionó al Gobierno, cuyo acuerdo para desclasificar una parte de los documentos sobre el intento de golpe de estado del 23-F tenía lugar este mismo miércoles 25 de febrero de 2026, señaló que era una anomalía no desclasificar todo lo que tiene que ver con esos hechos. «Por tanto, esa anomalía la tenemos que superar de verdad. No decir: vamos a desclasificar de una manera más o menos arbitraria a, b o c. A mí me gustaría que se conociera todo el proceso del 23-F . Sobre todo para comprender el papel, comprender de verdad, de el papel del rey Juan Carlos».
Pero la desclasificación limitada del material documental, que el PP ha atacado, no ha caído del cielo. González no puede ni siquiera en este asunto farfullar que aunque es un acto limitado le parece bien, algo es algo.
A Sánchez ni agua. Porque, aun con su limitación, el papel de Juan Carlos I, según lo desclasificado, coincide con el papel no solo «ejemplar» sino decisivo que Felipe González le ha conferido, en su charla, al actual Rey emérito. «Por tanto, lo lógico es hacer justicia a los comportamientos de los seres humanos, incluso cuando son reyes. Y del 23-F, la actuación de Juan Carlos I fue absolutamente, no digo que fue ejemplar, fue algo más, decisiva».
Y remachó: «Lo que sí quiero decir es que la Corona en España es la institución más refrendada por la inmensa mayoría de los españoles de la historia de todas las monarquías europeas en varias instancias. Por tanto, tiene una legitimación que merece la pena recordar. Y es verdad que en algún momento histórico, empezamos recordando ahora como el 23F se vuelve clave. ¿Por qué tardó tantas horas? Voy a decirle algo que nadie se va a atrever a decirle», señaló mirando al rey Felipe.
«¿No sería una estupidez imperdonable que no supiera como estaban todas las guarniciones militares para hablar con todos y tratar de controlar ese movimiento de contagio? (silencio) En ningún momento pasó por la cabeza del rey Juan Carlos, en ningún momento digamos, cometer el error griego. Eso no pasó por su cabeza (Se quedó mirando fijo a Felipe). Por tanto, señor, tengo siete minutos, ya los voy rebasando como es natural, hablo poco del esfuerzo de Eloy, pero le doy una traducción que va a llamar la atención de la gente y a lo mejor te compras más el libro (risas) que tampoco estaría mal y nos enteramos de cosas de un gran interés, enorme interés, con una muy buena investigación, de cómo era García Pelayo y entre otras cosas de cómo se comportó el Rey el 23F. Muchas gracias. Gracias, señor.
Esta referencia al error griego tiene interés. González quiere decir que el matrimonio de Juan Carlos I y Sofía de Grecia le había enseñado algo importante. Los pocos años en el trono de Constantino II se caracterizaron por su enfrentamiento con el primer ministro George Papandréu, como ya había ocurrido con otros reyes y otros políticos griegos.
En 1967, los coroneles griegos protagonizaron un nuevo golpe de Estado. Aunque al principio se le acusó de apoyar este levantamiento, Constantino II intentó luego un golpe contra el golpe y falló. De nuevo, la monarquía griega debió partir al exilio, esta vez, para nunca más volver. En 1974, un plebiscito arrojó que casi el 70% de los griegos no quería saber nada con la corona, en lo que el autor Roderick Beaton define como «el único referendo genuinamente libre sobre la monarquía en Grecia». Las propiedades reales fueron confiscadas y en 1994 Constantino II incluso perdió su pasaporte griego, porque se negaba a adoptar el apellido Glücksburg, lugar de origen de la casa danesa de la cual descendía. Tras pasar varias décadas en el exilio en Reino Unido, en 2013 se mudó a Grecia como un ciudadano más, razón por la que su último adiós no será un funeral de Estado.