Tras el carnaval, desechada la máscara, es tiempo de reconocer los propios laberintos en busca de una salida airosa y soleada. En el estribillo de muchas celebraciones litúrgicas se canta “Perdona a tu pueblo, Señor”, como la única urgencia generosa y fiable; los perdones humanos, casi todos, tienen una componenda vulnerada por los intereses.
Si no fuera porque se les ve demasiado el plumero, me alegraría de tener unos gobernantes misericordiosos que se pasan la vida política regalando indulgencias, como si las bondades de su corazón les desbordaran. Perdonan a los etarras confesos, a los levantiscos de la independencia, al exfiscal general de sus intromisiones condenadas… y ahora piden a Europa que dejen regresar a la comunidad colectiva de bienhechores a la infatigable Delcy, llena de maletas y posibilidades, Presidenta interina de Venezuela, por haber amnistiado a los que nunca debió condenar.
Lo dicho. Cómo se nota que estamos en Cuaresma y que nuestro Gobierno exhibe por doquier benevolencias. Perdónales, Señor, también a ellos porque no saben lo que hacen. O sí.
Pedro Villarejo