Miguel de Unamuno: el rector de la palabra indómita

21 de febrero de 2026
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Miguel de Unamuno, uno de los miembros pertenecientes a la Generación del 98. | Fuente: Europa Press
Honor y rectitud en la cátedra española

«La verdadera autoridad de un rector no emana del decreto que lo nombra, sino de la coherencia entre su palabra y su conducta frente a la adversidad.» — Doctor Crisanto Gregorio León

Rector de la Universidad de Salamanca, figura capital de su región y de la nación entera, diputado, pensador y profesor universitario especialista en la condición humana. Por encima de tan honrosos títulos, este ilustre académico fue ante todo hombre de intachable proceder, de carácter indomeñable y de vida transparente como los horizontes que abrazan las tierras castellanas que le vieron ejercer su magisterio. Miguel de Unamuno no solo fue rector, sino que lo fue en tres periodos distintos de la Universidad de Salamanca, la más antigua de España. Su rectorado es legendario porque defendió la autonomía universitaria frente a dictaduras y regímenes autoritarios con una valentía física y verbal asombrosa. Al igual que el polímata venezolano Andrés Bello, quien fuera el rector fundador de la Universidad de Chile, Unamuno entendía que la universidad es el cerebro de la nación; por ello, su nombre evoca honestidad absoluta y un carácter inquebrantable que no se doblegaba ante el poder de turno.

Buscando siempre la verdad, decidió aposentarse en la ciudad del Tormes, donde a diario podía admirar las piedras doradas que espiritualmente le conectaban con la esencia misma del saber. Siempre exhibió orgulloso sus raíces, y hasta en sus escritos reflejó la nostalgia por el lar nativo, zona de hombres recios que con fe extraen de la tierra y del pensamiento los frutos más nobles. En su hogar y en su aula oyó hablar de luchas contra las tiranías y oyó también hablar de libertad. Ninguna institución había sufrido tanto la tensión de los tiempos como aquella universidad bajo la presión de las ideologías que ordenaban callar y obedecer. En esa batalla de rebeldía frente al autoritarismo regional y nacional, destacó como avanzado de primera línea, consolidándose como un humanista total. Para él, la lengua y la gramática no eran simples reglas de escritura, sino herramientas sagradas de libertad y pilares de la civilización.

Su periplo vital estuvo marcado por lo que podríamos denominar una coherencia dolorosa. Fue un hombre que no temió rectificar ni criticar con dureza a quienes antes había apoyado, en el preciso instante en que observaba que se alejaban de la senda de la justicia o la ética. Esa indomabilidad era su rasgo más puro: no servía a facciones ni a intereses de grupo, sino estrictamente a su propia conciencia, asumiendo con entereza el altísimo costo personal, el destierro y la incomprensión que sus convicciones le acarreaban. Su figura era de raigambre profunda, conectada con el sentimiento del pueblo y con una voz crítica que, con el paso de los años, le llevaría a ser reconocido como la conciencia moral de todo un país.

El punto culminante de su magisterio moral y de su estatura como hombre de Estado ocurrió en el propio Paraninfo de la Universidad, donde demostró una valentía asombrosa frente al fusil. Ante un auditorio hostil, rodeado de militares armados y bajo la amenaza directa de la violencia, se levantó con la sola fuerza de su palabra para sentenciar que vencer no es convencer. En aquel momento histórico, antepuso su deber como guía espiritual y académico de la institución a su propia seguridad física, recordándonos que la inteligencia jamás debe ser sometida ni sacrificada en el altar de la fuerza bruta. Sus palabras, lanzadas como flechas contra la intolerancia, siguen resonando hoy en los claustros como un mandato imperativo de dignidad.

En esas historias, transmitidas con fervor por sus discípulos y estudiosos, se inspiran las nuevas versiones de gestión donde la ética no es un accesorio retórico, sino el cimiento indispensable de cualquier construcción social. Sus textos nos transportan a aquellos escenarios para hacernos testigos de esas gestas de la historia académica española que hoy, más que nunca, cobran vigencia. Quizás ésta sea la faceta más necesaria del ilustre español que fue aquel Rector: su capacidad de decir la verdad al poder, incluso cuando el silencio parecía el camino más cómodo y seguro. Ante el hecho de su desaparición física, nos queda el consuelo de una vida ejemplar que sirve de brújula. Aún así, en este 2026, el corazón no puede dejar de conmoverse al ver cuán necesaria sigue siendo su palabra valiente y su ejemplo de rectitud. Es la transmutación perfecta para reivindicar el papel del intelectual en la vida pública y recordar que el prestigio de una institución se mide, fundamentalmente, por la estatura ética de quienes la dirigen.

«La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia y en la valentía de defender la justicia por encima de la propia seguridad.» — Sócrates.

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

1 Comment Responder

  1. Es fácil sostener la palabra cuando nadie impide su voz. Señalar la llaga que supura cuando todo es hostil, es un privilegio de los que son necesarios, que siempre pagarán su precio. Excelente evocación del gran Unamuno por el profesor Crisanto Gregorio.

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