La necesidad tiene rostro de hereje. Y esa necesidad no la ha ocultado María Guardiola, la presidenta que convocó las elecciones del 21 de diciembre y que, habida cuenta de su limitada subida -un escaño-, no puede formar gobierno por sí misma, según soñaba, por lo que ha sugerido -sin llegar a negociarlo- que, si al PSOE tanto le interesa frenar a la ultraderecha de Vox, pues, que se abstenga. Al tiempo, ha dicho que como eso no ocurrirá -sin, repetimos, intentar siquiera explorarlo- se siente abocada a persuadir a Vox.
Si se analiza aisladamente estos casos uno tiene la tentación de preguntarse: ¿por qué no va a tener arreglo? Para eso está el juego de las abstenciones.
¿No puede Pedro Sánchez, por ejemplo, considerar la abstención en Extremadura, por ejemplo, un instrumento para exponer a Feijóo y la política del PP?
A saber: el líder del PP apoya convocar elecciones anticipadas -es decir, no tocaba, pero decidió hacerlo por las bravas-, pasa a depender todavía más de Vox y como la factura de Santiago Abascal para formar gobierno son muy caras, pues ahí está el PSOE, la segunda fuerza menguante, para sacar las castañas del fuego con una abstención.
Y en Aragón, tres cuartos de lo mismo. Y ya se verá en Castilla y León, dentro de treinta y un días, que ya no falta nada para el 15 de marzo próximo.
En otra España política sería perfectamente posible.
¿Por qué la seña de identidad de Pedro Sánchez ha sido el “no es no” en 2016 a la investidura de Mariano Rajoy, el presunto origen del largo y brutal enfrentamiento de Felipe González con el actual presidente del Gobierno?
Esa seña de identidad -contra la abstención y contra una gran coalición a la alemana- forma parte de lo que es el personaje, cierto es, de Pedro Sánchez.
La pregunta a continuación sería: ¿hay que descartar, por tanto, la abstención como juego político o incluso como maniobra para desenmascarar a tu rival?
Un dirigente socialista de relevancia, consultado este jueves, dice: “Absolutamente. Porque nos haría mucho daño con nuestro electorado”.
Quizá el razonamiento completo sería: una abstención o ayuda, por así decir, a resolver un problema creado por la ambición e incompetencia de Feijóo introduciría un viraje de tal calibre en la orientación que añadiría una razón más para que los votantes socialistas decidan quedarse en casa en mayor número, como ya lo están haciendo.
Porque el contexto es lo que define la situación política. Feijóo no solo quiere que Sánchez se vaya o convoque elecciones anticipadas. Ha prometido cambiar la ley de Enjuiciamiento Criminal para evitar que Sánchez y el sanchismo escape a la ley, léase prisión. Y se ha subido a la ola de acciones judiciales contra el presidente y su entorno familiar, vaticinando, además, problemas judiciales al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y amenazando con citarle a ese tribunal de inquisición que es la comisión Koldo del Senado.
Para competir con Vox, asaeteado por Isabel Díaz Ayuso y Miguel Ángel Rodríguez, Feijóo ha declarado una guerra sin cuartel, tratando de superar en virulencia y regularidad a Abascal y a Vox, de lo que ha sido expresión la contratación del provocador Vito Quiles, bendecido por el secretario general Miguel Tellado, en la campaña de Aragón.
Cada nuevo episodio nacional – desde el apagón y la dana de Valencia del 29 de octubre de 2024 al accidente ferroviario de Adamuz- es una batalla de poder para demostrar que España se encuentra en virtual bancarrota.
Hasta Felipe González acaba de denunciar que “España no funciona” e Isabel Díaz Ayuso, quién a los 8 años, según ella misma ha confesado, escribió una carta en la que la España de González iba muy mal, ahora, ya de mayor, advierte que Sánchez “se carga la España de Felipe González”.
Este es, pues, el contexto en que hay que colocar las piezas de Extremadura y Aragón, y muy pronto, en cuatro semanas, la de Castilla y León.
La guerra seguirá, elección tras elección, solo cabe esperar más madera. La legislatura acaba el 23 de julio de 2027. Sánchez disolvió las Cortes Generales el 29 de mayo de 2023 y convocó elecciones el 23 de julio. En 2027, si vuelve a disolver por esas fechas, votaríamos el domingo 25 de julio.