Numerosos conductores, y vehículos aparcados en diferentes calles de Mejorada, se vieron envueltos en la tarde noche de este jueves -aunque por fortuna no hubo heridos- en una persecución de película por las calles de Mejorada del Campo, localidad de cerca de 30.000 habitantes situada al Este de Madrid.
Al menos cuatro vehículos de la Guardia Civil, algunos procedentes de otros cuarteles de ciudades de la zona, persiguieron al atracador durante bastantes kilómetros por distintas calles de la localidad.
Para poder detenerlo y evitar que el vehículo en fuga siguiera rozando y dañando coches por las calles que transitaba a toda velocidad, poniendo, además, en peligro la integridad de transeúntes y agentes, uno de los vehículos de la Guardia Civil que le perseguían fue empotrado contra el coche del atracador.
Inmovilizado el vehículo, previsiblemente robado, el atracador salió corriendo y fue detenido al instante por efectivos del instituto armado. Sin duda, una gran operación de la Guardia Civil, que ha evitado que el atracador, multireincidente, siga cometiendo tropelías en Mejorada y otras ciudades de la zona.
Según vecinos de Mejorada, el fugitivo acababa de robar en un supermercado de la localidad provisto de un arma de fuego. Y estaba bajo la lupa de la Guardia Civil por otros atracos cometidos en días anteriores.
Fue una gran actuación de la Guardia Civil solo «empañada por la actitud prepotente y arbitraria de uno de los agentes», según explica José A. Hernández, ex jefe de la sección de Investigación de El País y en la actualidad editor del digital Fuentes Informadas.
Circunstancialmente, Hernández paseaba con su mascota por una acera adyacente al lugar donde media hora antes había sido detenido el atracador. Vio gente arremolinada y se acercó.
El único vestigio en ese momento en el lugar de la detención del suceso era el coche del atracador, que estaba dañado, en medio de la vía, al lado del supermercado Ahorra Más de Mejorada. También había un grupo de agentes de la Guardia Civil charlando distendidamente al lado de la acera y junto a ellos varios vecinos que miraban el estado del coche.
Tampoco había ningún cordón policial ni nada que impidiera estar allí unos minutos. Se supone que estaban allí charlando mientras esperaban que llegase la grúa para trasladar el coche siniestrado del atracador.
Hernández, que iba con su hijo y su mascota, se detuvo un momento para ver el estado del vehículo y preguntar qué había sucedido. La operación había concluido totalmente media hora antes con la detención del reo. Es decir, no era una operación en marcha. Estaba finiquitada totalmente, como se aprecia en la foto superior. En la foto inferior, uno de los coches abollados por el atracador en su huida.

Un agente de los del corrillo de guardias que charlaban al lado de la acera, justo en el momento en que llegaba Hernández se dirigió al periodista y le soltó: «Aquí no se puede estar, fuera», le espetó.
Hernández, que iba en chándal, le indicó que era periodista y que solo estaba observando desde la acera el coche dañado y paseando con su perro, «y que ningún perjuicio ni peligro causaba a nadie su presencia allí», señala el periodista.
Y añade: «Era una acera en una calle pública. Estaba allí, había otros vecinos, como periodista, para contar la noticia con la que me había topado. Le dije al agente que era periodista y que sí, que sin tardar seguiría mi marcha con la mascota, pero que entendía que no había ningún motivo, ninguno, para que me echase de allí, donde no pasaba nada, no había ningún peligro de nada, la operación estaba más que finalizada y yo solo pretendía hacer mi trabajo».
«Pero el agente», subraya Hernández, «con una arrogancia innecesaria e impropia de un guardia civil, me soltó que le daba igual que fuera periodista y que me fuera de allí o me denunciaría por desobediencia».
«Le insistí al agente que era periodista», agrega, «que no estaba haciendo ningún mal por estar allí cubriendo la noticia; y que sí, que iba a seguir mi marcha con la mascota, que solo se trataba de unos minutos. Ante su insistencia, me moví unos metros más abajo. Y le reiteré que no entendía por qué debía irme corriendo de allí, dado que estábamos en la vía pública y la operación estaba más que finalizada, y que en nada la comprometía mi pasó por allí».
«Deduzco», prosigue Hernández, «que la razón por la que no podía estar justo en ese punto de la acera, donde no pasaba absolutamente nada, es porque al guardia no le daba la real gana. No había ninguna razón para que no pudiera detenerme allí unos instantes y observar el estado del coche del atracador para luego hacer la crónica de lo que, por otra parte, fue una magnífica actuación, una más, de las que he cubierto de la Guardia Civil, y por hechos muchísimo mas graves. Y nunca tuve ningún problema».
Hernández añade: «No es esta forma de proceder lo que se enseña en la academia de Baeza, en la que estuve hace años invitado por un tema profesional. Entonces observé que uno de los aspectos en los que más inciden los profesores ante sus alumnos es en la necesidad de mantener la sensatez y no adoptar medidas arbitrarias por el simple hecho de llevar una placa».
«He de decir, por contra, que la actitud de los otros agentes que se me acercaron en algún momento fue de templanza y una profesionalidad encomiable, a diferencia de la absurda impulsividad de este agente».
«Ante mi sorpresa, de pronto, el agente me soltó: ‘Identífiquese, lo voy a denunciar por desobediencia’.
-«Pero si le estoy diciendo que me marchó, solo estaba mirando el coche y me iba ya. Agente, no llevo aquí la cartera, estoy en chándal dando un paseo con el perro. No llevo aquí el DNI ni nada. Si quiere voy a mi casa que está ahí al lado y le traigo los carnés de identidad y el de periodista».
-Me da igual que sea periodista. Identifíquese… Le he dicho que se identifique, y si no se identifica te viene al cuartel.
-Ya le dicho que no llevo aquí la cartera, cómo quiere que me identifique… Voy a casa y le traigo la documentación.
El agente me coje del brazo y me retiene cuando hago ademán de ir a por ella. Identífiquese, lo voy a denunciar por desobediencia, afirma.
-Pero agente, ¿qué he hecho para que me denuncie?
-Identifíquese, déme su nombre… – sus ademanes, malos modos, impropios de los innumerables agentes y mandos de la Guardia Civil que he conocido a lo largo de mi vida profesional, me dejan anonadado.
-¿Pero qué he hecho yo para que me denuncie, oiga?
Finalmente entiendo que lo que pide el guardia, dado que no me deja ir a casa a por la cartera, es que le dé verbalmente mi nombre y demás datos.
-¿ Y que quiere usted, que le dé mi nombre para que me denuncie sin haber hecho nada. No me parece justo… Por qué no identifica usted a esos otros vecinos que hay ahí. Yo me iba ya, solo pasé por aquí con el perro y mi hijo y me iba ya. Solo estaba mirando el coche, soy periodista y estoy trabajando.
-Ya no se va… se viene en el coche al cuartel por no identificarse
-Bueno, pues deténgame y me lleva usted al cuartel, vale voy con usted al cuartel. Hago ademán de subirme al furgón que él previamente me había señalado e incluso había abierto un poco la puerta.
-Haga usted lo que quiera, vale, venga, lléveme al cuartel… -le comento
«De pronto, cambió de opinión (debió de pensar que allí hay que justificar antes sus jefes el porqué de la detención, y no había un solo motivo) y volvió a decir que me identificase».
-Identifíquese, repitió, y es cuando se dirige a paso rápido hacia un coche oficial para coger el estadillo y denunciarme. Vuelve con el estadillo y reitera que me identifique y que le dé mi nombre. «No tengo aquí la cartera, agente», le reitero.
Entonces deduzco que lo que quiere es que le facilite mi nombre y demás datos verbalmente, aunque no tenga en mi poder la cartera, con la finalidad de denunciarme. Le doy todos los datos personales que me solicita. Y le pido a él que se identifique, y dice que ya lo veré luego en la denuncia. Solo hay un número, ni siquiera consta a qué cuartel pertenece.
Y empieza a redactar la denuncia por desobediencia.
«Cuando estaba haciéndolo le digo que que no me parece bien ni su actitud ni lo que estaba haciendo. Y que tengo mandos amigos en la Guardia Civil a los que he visto actuar siempre de una forma ejemplar, sensata y profesional. Y que obviamente les comentaré lo que me ha sucedido», afirma Hernández, quien, además de periodista, es abogado, y ha estado 33 años haciendo tribunales e investigación en El País.
Redacta la denuncia por, según él, una desobediencia. «Me dice que si quiero firmarla, la leo y le digo que no, que la mitad de lo que ha escrito es falso», resume Hernández.
A las fuerzas de seguridad les asiste la presunción de veracidad de lo que hacen, dicen y denuncian. Es decir, que los jueces han de creer lo que dicen los agentes en los casos en que es la palabra de uno contra otro. O sea, si el agente dice que una personas ha dicho o hecho algo y el afectado dice que es incierto, prevalece la palabra del agente.
Y como habitualmente siempre son varios los agentes actuantes, lógicamente se apoyan entre sí.
Hay condenas del Tribunal Supremo contra agentes (por ejemplo, un guardia civil de Toledo que le tomó fijación a un vecino y le imponía multas de tráfico inventándose ficticios lugares de la infracción) contra los que el alto tribunal recrudece sus condenas precisamente por utilizar esa prerrogativa falseando la realidad).
En ese caso, el automovilista tuvo la fortuna de que tenía tickets de haber estado en sitios totalmente alejados del lugar en que el agente hizo constar que se habían producido las infracciones. Hubo condena de cárcel. El Supremo fue implacable contra el agente.
«En este caso», señala el editor de este digital, «son falsos más de la mitad de los hechos que expone el agente en la denuncia, y que, en un episodio más de corporativismo, firman otros dos colegas suyos que solo asistieron a la conversación en algún momento, no a toda, pues se iban y al rato volvían».
Es muy importante como se redacta una denuncia y su contenido. «Una de las mentiras flagrantes que me atribuye el agente es que yo ‘le amenacé con represalias laborales tras manifestar que conocía a mandos de la Guardia Civil».
«Lo que le dije», subraya Hernández, literal, «es que no me parecía bien lo que estaba haciendo, ni su actitud, y que conozco a mandos de la Guardia Civil que son amigos y que por supuesto les iba a contar lo sucedido. Ni represalias ni tema laboral, nada de eso mencioné jamás, pero él, sin embargo, en un ejercicio de dudosa profesionalidad se inventa frases y palabras, y las coloca com0 reales en la denuncia, aun siendo totalmente falsas».
«Aunque imagino», agrega Hernández, «que por aquello del corporativismo, siempre hay compañeros suyos que le avalen, dejándome, como ocurre con muchas personas en casos similares, en una absoluta indefensión. El agente miente 100% cuando me atribuye esas palabras. Y por testigo está mi hijo, que sí estuvo allí en todo momento».
Menos mal «que no se le ocurrió inventarse que le agredí o lo rocé o algo de eso… En cuyo caso, no ha sido así, me podía haber atribuido también una agresión [el diálogo siempre fue correcto, salvo mi asombro porque me denunciase sin haber hecho nada y por cumplir mi labor de periodista. Hay casos de guardias y policías, pocos pero los hay, que lo hacen para fastidiar al máximo a un detenido]».
También hay casos en que una grabación inesperada desmonta la versión de los agentes.
«No sé qué cuantía de multa tiene esta infundada denuncia, pero si es menester llegaré hasta los tribunales para defenderme», indica Hernández. «Un servidor público debe abstraerse de arrogancias y recordar siempre lo que decían sus profesores de la academia de Baeza, prudencia, sensatez y respeto al trabajo ajeno, y más cuando se es un representante del instituto armado», manifiesta.
Y zanja Hernández: «En mi larga trayectoria profesional nunca había tenido un problema de este tipo. Siento mucho ser coprotagonista de este asunto, pero creo que hay que denunciarlo públicamente porque un agente es un servidor público y no tiene ninguna patente para actuar arbitrariamente contra un ciudadano, sea o no periodista. En la Guardia Civil, lo he vivido», finaliza Hernández, «hay mandos y agentes muy serios y competentes que actúan con criterio y no tienen empacho en actuar con quienes se exceden en sus funciones, sin corporativismo. La de ayer fue una buena operación, con muchos agentes arriesgando su integridad física para detener a un peligroso atracador. La denuncia y los modos de este agente sobraban».
«Los mandos deberían preguntarle por qué tenía que irse de allí sí o sí, sin ningún motivo, este periodista, que solo pretendía cubrir la noticia en un lugar público donde ya todo había pasado y no había ni cordón policial ni nada, solo un grupo de agentes charlando y esperando una grúa». Y, por supuesto, quitar la denuncia por infundada, salvo que el objetivo sea marear al informador.