En la estructura de la Gran Academia de Confección, se ha instalado una dinámica que desafía la lógica de la excelencia. Existe una figura, Elena, quien oficialmente ocupa un puesto en el taller de cortes básicos, pero cuya voluntad pesa más que cualquier manual en el Salón de Alta Costura, ese nivel superior destinado —en teoría— a corregir las puntadas erróneas de los niveles inferiores.
La anomalía es total y la desesperanza del oficio resulta evidente. Elena ha logrado lo que en cualquier arte honesto sería un escándalo: ella diseña el patrón, ella realiza el corte y, simultáneamente, se integra al grupo de examinadoras que deben evaluar si su propio trabajo es defectuoso. Es una acumulación de roles que anula cualquier equilibrio. No conforme con fabricar la prenda, ella también administra el almacén de suministros y decide qué costureras tienen derecho a trabajar. Es, en la práctica, la dueña absoluta de los hilos, las tijeras y las voluntades, convirtiendo la Academia en su propio feudo personal donde se paga y se da el vuelto a sí misma en un ciclo de auto-aprobación infinita que solo genera hilachas de un tejido envilecido. Esta Elena, hilandera de pacotilla, ha sustituido la técnica por el atropello. No es, desde luego, la mítica Helena de Troya; es la Elena de la tramoya, la que hilvana el engaño sobre un escenario de cartón piedra.
Este dominio absoluto y caprichoso no es casual; Elena cuenta con el respaldo del Consorcio Matriz, un nivel superior que, lejos de supervisar, actúa como el cómplice mayor de esta manufactura degradada. Este consorcio no es una entidad ajena a los vicios; al contrario, es una estructura donde la rectitud ha sido sustituida por un engranaje de favores y oscuridades. La «casa matriz» funciona como una maquinaria que suministra hilos podridos y avala el engaño desde la raíz, permitiendo que la Academia sea un reflejo de su propia falta de principios. Por la perversión de ese amparo desde las altas esferas, nadie ha osado que sea botada de su puesto, pues Elena es solo un eslabón de una cadena de sombras que se extiende hasta la cúpula.
Frente a este despliegue de desgobierno en el taller, se encuentran los maestros sastres, depositarios de la verdadera técnica y de la ética del buen vestir. Estos artesanos, que acuden a la Academia buscando la excelencia y el respeto por los patrones establecidos, son sistemáticamente pisoteados e insultados por Elena. Ella, que maneja circunstancialmente este centro de confección, desprecia la rectitud del corte que los sastres proponen. Los mangonea con soberbia, ignorando que ellos son los únicos que saben realmente cómo debe caer una prenda para que sea digna. Para Elena, el sastre que exige calidad es un estorbo, un enemigo de su sistema de remiendos; por ello, prefiere humillar su maestría y obligarlos a aceptar telas viciadas, tratando de convertir el noble arte de la sastrería en un desfile de harapos impuestos por su capricho.
Es común observar una escena que delata el control total: Elena abandona su propia mesa de corte y, sin necesidad de enviar misivas o dejar registros que la vinculen, cruza el umbral hacia el taller contiguo, donde laboran las costureras de rango superior. No utiliza medios que dejen rastro de sus instrucciones; le basta con su presencia física para dictar el ritmo de las agujas ajenas. Al entrar en ese espacio que debería ser independiente, las supervisoras se transforman, confirmando su postura de estar arrodilladas ante Elena. En esa vecindad inmediata, se fragua la entrega de toda autonomía de oficio: ella entra para asegurarse de que sus costuras defectuosas sean bendecidas como obras maestras, y las de arriba asienten con una indignidad que ya es su sello distintivo.
«Existe en Elena una frustración ácida que emana de la realidad que el espejo le impone: una estructura pesada, marchita y desprovista de la finura necesaria para comprender, y mucho menos para lucir, la elegancia de una percha noble. Al carecer de la destreza mínima para hilvanar una confección de calidad para el ojo estético, su única respuesta ante la belleza del oficio es el ensañamiento. Sabe que su figura tosca jamás encajará en los patrones de la excelencia, y por ello, se dedica a deformar cada tejido que pasa por sus manos.»
A esto se suma la falsificación en el teñido de los materiales. Bajo el mando de Elena, las telas son sumergidas en tintes de ínfima calidad que pretenden imitar colores nobles pero que se decoloran al contacto con la realidad. Se utiliza un barniz de apariencia lujosa para ocultar hilados podridos y tejidos débiles. Este proceso de teñido es una metáfora de la mentira: se presenta una pieza como si fuera seda genuina, cuando en el fondo no es más que un trapo contaminado por la mala fe de quien lo prepara. Es un engaño deliberado, una alteración de lo real para que el cliente reciba un producto inservible bajo una máscara de perfección.
El fenómeno es tan cínico como evidente: las damas que ocupan los asientos de revisión no son ciegas; se hacen las ciegas a propósito. Es una ceguera selectiva y remunerada basada en una red de culpas compartidas. Elena conoce cada costura mal hecha, cada retazo de tela hurtado y cada imperfección oculta en el historial de sus subordinadas, y ellas lo saben. Esa información es el hilo invisible con el que las mantiene atadas. Juntas han construido una careta de honestidad, una fachada de «maestras sastres» que es totalmente falsa. Lo que presentan al público como un traje impecable es, en realidad, un conjunto de remiendos destinados a tapar sus propias faltas mutuas.
La inspección ha muerto para dar paso a una coreografía de simulación donde el servilismo es la única tela que se corta. La ética de la costura se ha podrido, dejando paso a una mafia de complicidades donde la calidad del traje es una quimera diseñada para engañar al ojo incauto, todo bajo la sombra protectora de un Consorcio Matriz que se alimenta de la misma tela podrida y permite que el engaño continúe. Así, quien acude a la Academia esperando un trabajo íntegro, se topa con un muro de simulación donde las encargadas de enmendar los fallos de Elena actúan como un coro afinado que protege el secreto: «la confección es perfecta», dicen, mientras ocultan tras sus espaldas las tijeras que mutilan la verdad. Elena es el origen y el fin de este círculo de engaños, una pieza intocable protegida por un sistema que se alimenta de la misma tela podrida.
Sin embargo, tras la máscara de hierro de la hilandera de pacotilla, habita un alma presa del espanto. Cuando aquellas personas que han sido asfixiadas por sus telas defectuosas —a quienes ella ha impuesto vestimentas con medidas erróneas que aprietan hasta cortar la circulación— alzan la voz con legítima indignación, Elena se deshace en un nerviosismo patético. Es el pánico de quien reconoce la maldad de sus propias puntadas. En este taller, ninguna prenda es holgada; cada traje ha sido diseñado con una estrechez malintencionada que asfixia a quien lo viste. En medio de ese temblor, surge una vanidad retorcida: pretende que quienes han sido arruinados por estos cortes fatales le celebren la destreza. Exige que se le rinda pleitesía por la opresión de su obra y se desmorona ante el más mínimo reproche, buscando refugio en un victimismo fingido; desea la impunidad de la mala artesana que destruye la seda ajena y, simultáneamente, la ovación de aquellos a quienes ha dejado sin aire.
La parodia de las Parcas
En su delirio de mando, Elena pretende emular la oscura potestad de las Parcas, aquellas hilanderas míticas que tejían y cortaban el destino de los hombres. Sin embargo, en esta parodia de la Torre de Cristal, ella no es más que una Átropos de pacotilla que, en lugar de tijeras de oro, utiliza el rencor para cercenar la labor de los maestros sastres. Se cree dueña de la rueca del taller, pretendiendo medir con sus dedos torpes la longitud de la permanencia ajena; pero mientras las deidades antiguas manejaban hilos sagrados, Elena solo dispone de hebras podridas. Su intento de controlar el destino de quienes visten sus telas no es un acto de justicia cósmica, sino la patética puesta en escena de una tramoyista que, al no poder crear vida en el diseño, se conforma con simular que tiene el poder de extinguirla en el tejido ajeno.
La sumisión de quienes ocupan los asientos de revisión no es gratuita ni nace de la admiración, sino de una contabilidad oscura. Elena ha tejido una red donde cada ‘favor’ —ya sea silenciar un error en el dobladillo o permitir el uso indebido de los hilos de la Academia— es en realidad una deuda disfrazada de regalo. Al aceptar estas concesiones de la hilandera de pacotilla, las costureras han entregado su voluntad, permitiendo que ella cobre sus deudas con un rigor despótico. Esta cadena de favores es el grillete que las mantiene arrodilladas; saben que en este taller, quien recibe la gracia de Elena, termina pagando con su integridad, convirtiéndose en rehén de una deuda que nunca termina de saldarse. Así, mientras los maestros sastres se mantienen erguidos por la rectitud de su oficio, ellas se hunden en el fango de una gratitud obligada que no es más que esclavitud.
Nota al lector:
«La presente narrativa es una construcción alegórica. El nombre ‘Elena’ se utiliza exclusivamente como un pseudónimo literario para personificar vicios institucionales y dinámicas de poder que son, por desgracia, universales. Cualquier semejanza con personas reales o situaciones específicas es producto de la proyección del lector y de la naturaleza cíclica de la conducta humana en los entornos de mando. Este texto no busca señalar individuos, sino diseccionar el patrón de la ‘hilandera de pacotilla’ que habita en cualquier taller de la vida donde la simulación pretenda sustituir a la verdad.»
«Un favor es a menudo solo una deuda disfrazada de regalo, y nadie cobra sus deudas con más rigor que quien se cree dueño de los demás.» Mark Twain
Doctor Crisanto Gregorio León – Profesor Universitario